Los separatistas y Cervera. por José María Manrique

No hace mucho, en marzo de este año, la alcaldesa de Barcelona determinó quitar la calle del “Almirante Cervera” y renombrarla “Pepe Rubianes”, el malnacido “humorista” que ofendió reiteradas veces a España (sin que le pasara nada, constatamos, entre otras cosas porque una Ministro de Defensa “lució” una camiseta en la que se leía “Rubianes somos todos” -participó en una manifestación con ese lema-); el cambio de calles se hizo oficial el 15 de abril. Mucha gente de buena fé pero poca información y, sin duda, algunos de mala fe y falso patriotismo, pusieron el grito en el cielo porque se retirara el nombre de, para ellos, un gran héroe nacional. Otros menos se llenaron de santa indignación porque, una vez más, el poder central, artículo 155 de la Constitución por medio, permitiera por millonésima vez agravios a España. Pero casi ninguno puso las cosas en su sitio, porque la primera premisa, la del “héroe de la Patria”, es falsa de toda falsedad. Es más, puede decirse que Cervera apoyó la causa de los secesionistas cubanos llevando premeditadamente la escuadra al desastre, además de producir a España una de las mayores heridas de su dura historia.

 

Vamos, que, en justicia, tan mal está poner una calle a Cervera como a Rubianes.

Pues sí, amable lector, ha leído usted bien, hoy se puede afirmar, con mayor firmeza que lo contrario, que Cervera hizo todo lo posible por perder sus barcos, eso sí, obedeciendo órdenes del Gobierno liberal- progresista y declaradamente masónico de Sagasta-Moret en un entorno de conjura masónica tanto internacional como nacional.

La traición del 98.

A primeros de julio de hace 120 años tuvieron lugar las Batallas de Santiago de Cuba (terrestre y naval), y, 120 años después,como demuestro sobradamente en mi libro “Los Misterios del 98. El inexplicado fin del imperio español”(Gallanbooks), hoy puede decirse que el “Desastre del 98” es la culminación de un siglo XIX en el que España fue, en grandísima medida, un “protectorado inglés”. Y, en ese contexto, el 98 es el culmen de los ataques a las Españas, el nombramiento de Wellington como Generalísimo de los Ejércitos Españoles, la pérdida de los Virreinatos, la colonización de nuestros recursos mineros, agrícolas, crediticios y de transporte, las Guerras Carlistas e incluso las revoluciones, pues en todos ellos estuvo la mano de la Pérfida Albión, bien abiertamente con las armas, bien a través de sus embajadores y banqueros, o bien desde las logias. También la actuación inglesa fue determinante en “El Desastre” pues nos proporcionó armamento en mal estado o demoró su entrega, impidió el paso por Suez y las telecomunicaciones por cable submarino, desmanteló nuestras redes de espías en Canadá y un largo etcétera (vetó el carboneo y la guerra de corso, influyó demoledoramente en contra nuestra en el tratado de paz, etc) dentro de un decidido apoyo a USA.

El 98 no se puede entender sin el “hundimiento” de Peral y su submarino, tanto por nuestros políticos y marinos como por los servicios de inteligencia inglés y yanqui, además de por el traficante de armas y

empresario Basil Zaharoff. Tampoco sin el magnicidio de Cánovas, sin duda impulsado por los norteamericanos y permitido por los que debían haber guardado su seguridad e investigado el crimen.

Por supuesto la Reina Regente, reina “masona” al decir de los carlistas, viuda de un rey educado en la academia militar inglesa y seguramente masón, puso su granito de arena encomendado innecesariamente el Gobierno a Sagasta, opositor al Jefe de Gobierno asesinado y su predilecto, y transmitiendo, apenas veladamente y en una entrevista secreta al embajador norteamericano Woodforod (A.XIII y la crisis de la Restauración, de Carlos Seco Serrano), que le interesaba más el trono que Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

En ese contexto, Sagasta maniobró, muy eficazmente a decir verdad, para que se cumplieran sus órdenes de que las escuadras de Filipinas y Cuba fingieran un combate desastroso con el menor número de bajas posible, para que así los Capitanes Generales respectivos “se vieran obligados a firmar la paz” y su Gobierno liquidar el “problema” sin grandes pérdidas de poder político.

Desde luego, no hemos descubierto esos documentos, posiblemente porque no se escribieran con toda claridad, sino que fueran directivas dadas verbalmente a los recientemente nombrados Capitanes Generales Blanco (Cuba), Augustin (Filipinas) y Macías (Puerto Rico), así como al Contralmirante Cervera, antes de partir para sus destinos; y a muchos otros “hermanos” a través de las logias militares o civiles.

En la práctica, las escuadras de Montojo y Cervera se auto-hundieron. La de Montojo tras encontrar éste inexplicablemente no artillado Subic, no hacer fuego la artillería de Corregidor contra los americanos y no poder acogerse a la protección del malecón y artillería de Manila; tras la primera fase del combate mandó los barcos retirarse a Bacor con la orden de irse a pique si volvían a ser atacados. Los de Cervera apenas si hicieron más que buscar varar en la costa, para salvar las vidas de los marineros, y el Colón claramente “abrió grifos” después de rendirse al enemigo del cual se estaba zafando. La del Almirante Cámara apenas pasó de Suez se dio la vuelta y resultó completamente inútil. La pérdida de las escuadras sentenció la guerra y salvó al régimen borbónico de la Restauración, pues el estado de depresión nacional que indujo evitó que los opositores al mismo, tanto republicanos como carlistas, ahondaran en las contradicciones de la versión oficial y derribaran a los traidores.

Cervera y la mayoría de los altos mandos del 98 (Sagasta, Moret – Ultramar- y los ministros de Guerra y Marina, los Capitanes Generales y sus Jefes de Estado Mayor, y el ignominiosamente laureado General Linares, además de otros mandos intermedios) fueron unos grandísimos traidores, muy obedientes al gobierno y a las logias, y por ello premiados. Pero traidores y responsables de muchísimas muertes entonces y luego: solo en la guerra Useño-filipina hubo un millón de tagalos muertos según fuentes norteamericanas.

Muchísimos detalles que demuestran lo anterior, y lo amplían, son recogidos al libro, pero no tienen cabida en un corto artículo.

Aquella historia arroja muchísima luz sobre nuestra actualidad, solo hay que aprender de aquellas traiciones y prevenir las actuales.

2 semanas ago