Centenario de la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús por Alberto Bárcena (Historiador y Profesor Universitario)


Este mes se celebra el centenario de un acto de la mayor transcendencia para nuestra Patria y para la Iglesia universal: el 30 de mayo de 1919, Alfonso XIII consagraba la Nación, e inauguraba el monumento del Cerro de los Ángeles, al Sagrado Corazón de Jesús. Realmente, no era la primera vez; ya en 1911, al clausurar el XXII Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Madrid, dispuso que al término de la  solemne procesión que se celebraba el 29 de junio, el Santísimo fuese llevado a Palacio. Allí, en la entrada principal, le esperaban junto a los Reyes, el resto de la real familia: la Reina María Cristina, las Infantas María Teresa e Isabel —la más popular de las hermanas de Alfonso XII—

, presidenta ésta última del Congreso en cuestión; también estaban Don Carlos de Borbón Dos Sicilias y Doña Luisa de Orleans. Junto a ellos, el Nuncio Apostólico, Mons. Antonio Vico y el legado del Papa ante aquel XXII Congreso, cardenal Gregorio María de Aguirre, Arzobispo de Toledo. No fue llevado el Santísimo a la Capilla, como cabía esperar, sino al salón del Trono, símbolo del poder de la Monarquía Hispánica, por orden del Rey; y allí, improvisadamente, se consagró por primera vez la patria española. Con fórmula del claretiano Padre Postíus, secretario del Congreso Eucarístico. «Soberano Señor, vivo y presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Rey de reyes y Señor de los que gobiernan…», comenzaba diciendo. No fue un acto del agrado del Gobierno —liberal— de Su Majestad, presidido por Canalejas, empeñado en imponer una política laicista, cuyo exponente sería la famosa Ley del Candado, que trataba de impedir la instalación en España de nuevas congregaciones religiosas; en un momento en el que bastantes de ellas buscaban refugio ante la persecución, “incruenta” pero legal y contundente, de la III República francesa, y la que también se dejaba sentir en Portugal por obra de la nueva república, instaurada un año después del «regicidio de Lisboa». Tan masónica una como otra. A Alfonso XIII trataron de retenerle en La Granja durante aquellos día de «preocupante resurgir del clericalismo», como calificaba al Congreso la recién constituida Liga de los Derechos del Hombre, tendente a imponer la laicidad al tiempo que honraba la memoria de Ferrer Guardia, ejecutado en 1909 por su participación en la Semana Trágica de Barcelona. Pero el Rey se presentó en Madrid para el acto que acabo de comentar, y,   no satisfecho con ello, días más tarde renovó la consagración en la Cripta de la Almudena. En aquel congreso, además,  se acordó, que el templo del Tibidabo, de Barcelona, quedara constituido también como «expiatorio del Sagrado Corazón»

No era por tanto la primera consagración, pero sí fue la más solemne la celebrada en 1919. Volvió a estar presente la familia real, y, esta vez, también el Gobierno en pleno, presidido por Antonio Maura. La fórmula leída por el Rey en esta ocasión estaba inspirada en la anterior, había sido supervisada por el santo jesuita Padre Rubio, y elegida, previamente, por Alfonso XIII: «Corazón de Jesús Sacramentado, Corazón del Dios-Hombre, Redentor del Mundo, Rey de Reyes y Señor   de los que dominan…», comenzaba ésta vez. La izquierda entera, incluyendo al partido liberal, desató una violenta campaña contra la consagración. «Roberto Castrovido [Vicepresidente tercero de la Liga de los Derechos del Hombre, diputado y masón] dijo que el acto del Cerro  de los Ángeles era “dogmáticamente una herejía y estéticamente una aberración”; Julián Besteiro afirmó que era un “acto bochornoso y peligroso”, y Pablo Iglesias terminó su diatriba contra el Cerro de los Ángeles diciendo: “La locura ha hecho presa  en nuestros gobernantes”.»

El propio Alfonso XIII dejó testimonio de las presiones recibidas por  parte de la «masonería internacional»: le contó al Padre Mateo Crawley, director del Secretariado Central de Entronizaciones, las amenazas recibidas en Palacio por una delegación de la secta, presidida por el catedrático de la Universidad Central, Luis Simarro, Gran  Comendador del Gran Oriente,2 quien le garantizaba la permanencia en el trono de iniciarse en la misma, y su caída y «salida de España», de no hacerlo. Como sucedería, en efecto, once años después. Entrevistado ya en el exilio, Don Alfonso, hablando de su audiencia con el Papa, diría: «Era lógico […] que el Pontífice recibiera con el mayor gusto, no al Rey Católico por título tradicional sino a quien se ha jugado la cara en veinticinco años de reinado por la fe católica. ¿Qué rey en el mundo ha consagrado su patria al Sagrado Corazón de Jesús, soslayando el  consejo de los “prudentes” y rechazando las amenazas del anticlericalismo y de la Masonería?»3

1 D. Vicente Lázaro Sandoval, Director de la Obra Nacional del Cerro de los Ángeles y Rector del Santuario del Sagrado Corazón; Getafe, Cerro de los Ángeles, 15 de junio de 2009, -forosdelavirgen.org-http://forosdelavirgen.org

2 Ver Jakim Boor (seudónimo de Francisco Franco), Masonería, “La Ferrerada” (4 de junio de 1950), p. 89.

3 Julián Cortés Cavanillas, Confesiones y muerte de Alfonso XIII, Colección ABC, 2ª edición, Madrid, 1951, p. 46.

El monumento del Cerro fue fusilado el 28 de julio de 1936, y volado el 7 de agosto de aquel año. Días antes, fueron asesinados allí cinco obreros de las Compañías Obreras de San José y del Sagrado Corazón —Justo Dorado, Elías Requejo, Vicente de Pablo, Blas Ciarreta y Fidel Barrios, de diecinueve años de edad los más jóvenes—, que le hacían la guardia, tratando de evitar profanaciones; detenida ya la Comunidad de las Carmelitas Descalzas del Cerro, con la Madre Maravillas, su fundadora, al frente. El 6 de noviembre llegaban allí las tropas del General Varela; y el 18 de julio de 1939 se ponía la primera piedra del monumento actual. En 1944, en el veinticinco aniversario de la inauguración del primero, subía el Generalísimo para conmemorar esa fecha, acompañado de más  de cien mil personas, según la revista Ecclesia, aunque al monumento le faltaban más de veinte años de obras. Por fin, el 25 de junio de 1965 se inauguraba el actual, y Franco, acompañado por el Príncipe Don Juan Carlos, renovaba la consagración empleando la fórmula de 1919, con la única variación de incluir al ejército del Aire, que no se mencionaba en la primera. El cincuenta aniversario, 30 de mayo de 1969, volvía el Caudillo y volvía a renovar la consagración. Tiene sus riesgos, indudablemente, realizar estas consagraciones: el primer jefe de Estado, presidente de Ecuador Gabriel García Moreno, que la llevó a cabo, murió asesinado, a tiros y machetazos, dos años después de realizarla; en 1875. Es cierto que, además de esto, se distinguió por su protección a la Iglesia durante todo su mandato, pero, en cualquier caso, se sabía amenazado por ello,  y sus últimas palabras, dirigidas a los asesinos, fueron: «Dios no  muere». Mayores, mucho mayores, son los beneficios que las amenazas. En 1944, Franco decía en el Cerro que «se hacía patente» que el Sagrado Corazón había mantenido a España en paz, en medio de una contienda «que conmueve al mundo». Esa protección no fallará, por alto que sea el precio a pagar por la fidelidad al «Señor de los que dominan».

4 semanas ago