Desbloqueo de la Gran Mentira por Luis Fernández-Villamea Silió (Periodista, director de Fuerza Nueva)

Los intereses políticos, o étnicos, o históricos, o los grandes

acontecimientos universales, siempre han dejado huella. Y ésta

se ha acomodado a las necesidades de la obra por una especie de

imposición que no ha necesitado, ni merecido, el impulso de una

descomunal dictadura con el timbre y sello de ese nombre

maldito. Pero que lo ha sido. Es el caso, entre nosotros, de la

llamada Transición. Algo parecido ha ocurrido con la Revolución

Francesa, que muchos sitúan en el comienzo de las libertades,

aunque en sus prolegómenos y desarrollo no fue más que el

hecho terrorista más grande de la historia, incluyendo en él al

Estado, y que tuvo que ser reconducido por un militar

antifrancés. O con la famosa Diada de Cataluña, encabezada por

un español de convicción, Casanova, y por un general, Villarroel,

que no pretendía más que la seguridad dinástica que aportaba la

existencia de la tradición foral.

Algo parecido está ocurriendo con la Transición “de la dictadura a

la democracia”, que, establecida tras la muerte de Franco, parte

de la Reforma Política -que jamás lo fue- y culmina en la ruptura

actual, ajustada a los cánones institucionales de la Unión

Europea, truncada por la acción antinacional de bastantes grupos

políticos, entre los que destacan los terroristas y secesionistas,

cuando no los que apoyan por sistema la demencia callejera o

criminal. A esto se le llama democracia porque cada uno

manifiesta y difunde lo que le da la gana, aunque después, ese

mismo sistema, no sea capaz de distinguir ni corregir los

excesos, a veces sangrientos, que se producen al separar las

ideas de los comportamientos a que dan lugar las mismas. Otra

gran mentira sin resolver.

Con la Transición pasa algo parecido. Ha sido la gran coartada

histórica del régimen actual, que la ha situado en el plano de lo

sublime al bautizarla, e incluso sacralizarla, con el adjetivo de

“pacífica”, cuando la más cruda, estricta y objetiva realidad

desmonta esa mentira, repetida tantas veces que ha llegado a

constituirse en una verdad para el hombre-masa orteguiano, que

es el que recibe el mensaje y lo acomoda a sus necesidades.Así

lo manifiesta hoy Stanley Payne, un historiador norteamericano

que era de los pocos que escribían sobre la guerra en tiempos del

régimen del 18 de Julio, entre otras cosas porque, según él

mismo proclamaba, “los historiadores extranjeros éramos los

únicos que teníamos abiertos los archivos”, y lo hacía con

objetividad testimonial y abría la puerta a los que, como él,

quisieron optar por lo objetivo o por lo maniqueo, según el precio

que fijaba la profesionalidad o la moral de cada uno.

Cerca de mil tiros en la nuca de inocentes, decenas de miles de

heridos o mutilados, millares y millares de “refugiados” en otros

territorios ajenos al propio, 360 crímenes sin aclarar a estas

alturas, casi la totalidad de los pistoleros en la calle mandando

con sus “armas” de ahora, la amenaza y la extorsión, en las

instituciones, una región en pie de guerra por la indigencia

mental de La Moncloa -con cualquier partido- en consentir

“inmersiones” suicidas, y no sólo en lo lingüístico, ha

desembocado en el único miembro de la Comunidad de Bruselas

que mantiene problemas de supervivencia nacional a pesar de

haber sido el primero de la clase en aportar unidad, civilización,

sentido del Estado y la autoridad independiente de los alcaldes de

Zalamea. Pero para eso el primer edil tiene que ser el Rey que

reina y gobierna, y eso, hoy, es imposible porque el bastón de

mando lo tiene el hombre-masa, que es como decir el éter

sulfúrico de la plebe.

1 mes ago