Sánchez, chulo y despectivo con Casado, Abascal y Arrimadas; de rodillas, sumiso y humillado, ante la panda de comunistas, macarras independentistas y herederos de asesinos etarras que le darán el poder

Jesús Villanueva Jiménez

La deriva catastrófica a la que han conducido a España, a lo largo de sus gobiernos, PSOE y PP, aliándose con partidos vascos y catalanes enemigos históricos de la unidad de nuestra Nación, concediéndoles todo tipo de prebendas, a cambio de sus apoyos, no ha tenido igual en ningún Estado de Derecho de nuestro entorno geopolítico. Pero el extremo al que ha llegado Pedro Sánchez, acompañado de sus lacayos socialistas, aferrados al sueldo y a los privilegios, era difícil de imaginar, puesto que difícil se hacía poder contemplar cómo ha urdido Sánchez la traición a España, a cambio del poder.

Los días 4 y 5 de enero, durante la sesión de investidura, hemos visto en el Congreso de Diputados cómo Sánchez ha puesto en venta España a pedazos, ya a la luz del día, previa nocturnidad y alevosía. Y hemos podido escuchar al candidato a la presidencia del Gobierno —tan ególatra enfermizo como amoral sin escrúpulos—, mentir una y otra vez, aplaudido y jaleado por sus lacayos del PSOE y sus aliados comunistas, colaboradores de regímenes tiránicos, vinculados al narcotráfico; más los independentistas catalanes y los asesinos etarras. Hemos visto la expresión displicente y el tono, entre lo chulesco y lo peyorativo, en las contestaciones de Sánchez a las intervenciones de Casado, Abascal y Arrimadas. Por el contrario, hemos observado la actitud sumisa del mismo sujeto, su voz impostada, su humillación cual masoquista consentido, tras la intervención del chulo de burdel, de apellido Rufián, que no ha tenido reparo en espetar, a modo de recordatorio —bien sabe que tiene a Sánchez agarrado por donde más le duele—, los compromisos adquiridos por el socialista, en el infame mercadeo de los apoyos necesarios para su investidura. Ha concluido Rufián su primera intervención, cual inconfundible declaración de intención de cuartear España: «Viva Andalucía libre; Gora Euskal Herria askatuta; viva Galiza ceive; visca els Paisos catalans». Aquí la muestra de dos cosas: 1º, las oligarquías separatistas regionales se alían entre sí, atacando a España desde todos los flancos posibles; la unión (que estos detestan para el conjunto de la Nación) hace la fuerza. Las bandas criminales, en ocasiones, se alían con el objeto de alcanzar grandes, pero difíciles botines, como es el caso. Y 2º, la amoralidad de los independentistas, su hipocresía y cinismo sin límites, su odio desmedido a España —inoculado a costa de los presupuestos del Estado español— se refleja en el vómito de sus palabras, tanto como en las iracundas expresiones faciales.

En su intervención, Pablo Iglesias Turrión, ese comunista de opereta, hoy acaudalado burgués, ese gallo de corral, ha dicho: «Quiero tener unas palabras hacia los independentistas catalanes que están en prisión y en el exilio. He podido conocer algunos de ellos y tengo grandes diferencias políticas, pero he podido comprobar la profundidad incuestionable de sus convicciones democráticas. Me consta que algunos de ellos, desde la prisión, han trabajado para defender el acuerdo y el diálogo. Y desde esta tribuna quiero darles humildemente las gracias». El Iglesias furibundo anti casta, hoy casta con mansión, criados, escolta humillada y coche oficial, abrazó y alentó, una vez más, al separatismo catalán, como al vasco terrorista, como al gallego, al balear y al que surja en cualquier lugar de nuestra geografía. Ya gritaron sus abuelos frentepopulistas: «¡Viva Rusia! ¡Muera España!». Concluyó el comunista dirigiéndose al socialista: «Pedro, estarás al frente de una coalición progresista histórica. Para nosotros es un honor caminar junto a vosotros. Sí se puede. Adelante, presidente». Escuchaba Sánchez —tal su expresión, tal su lánguida mirada—, que parecía licuarse ante las palabras lisonjeras de su socio chavista-bolivariano. Quizá el socialista ya se veía de nuevo en su Palacio de la Moncloa, con su colchón nuevo; con su helicóptero; su Falcon 900B; sus vehículos blindados; sus patéticos poses fotográficos a lo John Fitzgerald Kennedy; sus encuentros forzados con líderes mundiales; sus discursos sobre lo que su amo George Soros quisiera escuchar; más libros que otros le escribirán; y, sobre todo, su «¡Yo soy presidente!».

Me pregunto si el felón recordará que a lo largo de la historia las izquierdas aliadas han terminado apuñalándose entre ellas. Y me pregunto, también, quién será el primero en tirar de navaja, si Sánchez o Iglesias.

No obstante, si fueron deplorables aquellas intervenciones, fue repugnante la de Mertxe Aizpurua —condenada a un año de cárcel por apoyar el terrorismo etarra—, portavoz en el Congreso de EH Bildu, la ETA viva que dirige el asesino Arnaldo Otegi. Dijo, entre otras nauseabundas cínicas afirmaciones: «España es un país autoritario, y una expresión de ese autoritarismo es el discurso del Jefe del Estado el día 3 de octubre de 2017», recordemos, cuando el golpe de Estado de los separatistas catalanes. Más cabos tendidos entre los enemigos de España. Pero lo aún peor fue la ovación de la bancada del PSOE al término de quien representa a los asesinos de los socialistas Enrique Casas, Fernando Múgica, Juan María Jáuregui, Ernest Lluch, Froilán Elespe, Juan Priede, Joseba Pagazaurtundúa e Isaías Carrasco. ¿Cómo se puede caer tan bajo?

Y cuán eficaz lacayo del felón Sánchez ha vuelto a mostrarse Meritxell Batet, la presidente del Congreso de Diputados, a quien el jefe dirigía sus miraditas a lo «deja a los nuestros que apabullen a Casado, mujer». Todo ha transcurrido ante su contemplación inmutable —como independentista encubierta que es— de todas y cada una de las ofensas a España y a los españoles, que ha vomitado la morralla que Sánchez ha comprado para alcanzar su ansiada presidencia de Gobierno.

Bien estuvieron Casado y Arrimadas, pero tarde, lamentablemente,  porque estos lodos envenenados vienen de polvos de una ponzoña de la que el PP fue partícipe y Ciudadanos veleta en esas tempestades. Terminante y sin tapujos estuvo Abascal, más aún en la réplica, en su línea de sentido común, de exposición de las graves consecuencias  para España de consumarse el Gobierno de extrema izquierda. «El señor Sánchez no cree absolutamente en nada», afirmó Abascal la irrefutable realidad.

La claridad en las manifestaciones de Abascal, así como la de los dirigentes de Vox en general, la defensa firme y sin titubeos de nuestra identidad, nuestras tradiciones y la unidad nacional, les ha llevado a los 52 escaños, con la rúbrica de 3,7 millones de españoles. Hoy supone Vox, por obvias razones, la fuerza política más sólida —y con más capacidad— para la defensa de la unidad de España; de principios fundamentales sobre los que se sustenta la sociedad, como es la familia y el derecho a decidir sobre la educación de nuestros hijos, a los que quieren adoctrinar en la Ideología de Género y en el pensamiento único; en la defensa de la verdad histórica, contra la execrable Ley de Memoria Histórica sobre un pasado que la progresía está reescribiendo a su antojo; y en la salvaguarda de la libertad de los españoles, en un presente turbulento, ante un futuro inminente que asoma un panorama desolador. Sánchez y sus socios pretenden imponer un nuevo régimen que nos llevará a la ruina social y económica. No lo dudes.

Ha llegado el momento de no quedarnos en casa.