La política instalada a la muerte de Franco, mal llamada nueva política, resulta acreditado que es vieja, partitocrática, sin ninguna verdad inmutable, tribal y trivial, en permanente campaña de intoxicación mediática; entre la egolatría de sus falsos líderes y la nadería de las encuestas que les anuncian el rumbo de los vientos, siembre al abrigo de lo que les han marcado, desde la transición, como políticamente correcto. Sin mayor honestidad, compromiso y rigor.

En trece elecciones generales, desde que se instala la actual democracia, ninguno de los graves problemas que han aquejado a nuestra patria, fueron solucionados. Mas bien se han visto agravados: Se ha desechado un Plan Hidrológico Nacional, no existe un plan energético que palíe la escasez de energía eléctrica nacional y lo que se propone, o resulta carísimo o depende del exterior; el paro no deja de aumentar; la unidad de España cada vez está más amenazada; la ley cede ante la arbitrariedad y, la propiedad, cuestionada o expoliada de sutiles maneras; la autoridad es preterida, tanto en las aulas, como en los tribunales o en el orden publico. El caos y la desconfianza hacia quienes nos gobiernan cada día resulta más patente. Las causas y posibles soluciones permanecen ocultas por los medios de manipulación de masas. El, qué hacer? subyace en la conciencia colectiva del pueblo, sin fácil respuesta en el panorama político existente, pues el mal  tiene raíces morales, de la mayor relevancia e institucionalizadas.

Someternos al análisis de la historia reciente es comprobar que llevamos cuarenta y cuatro años contemplando la autodestrucción de una Nación, la desvertebración de un pueblo, la frustración de innumerables  ilusiones, la desconfianza en un Sistema político que decía encarnar la soberanía popular, garantizaba la libertad y procuraba la justicia. La tristeza y también resignación, de un pueblo arruinado, sin horizonte cierto y una corrupción institucionalizada marca el horizonte de una nueva consulta electoral en todos los “chiringuitos” o circunscripciones del panorama nacional.

En este clima y tiempo se ha echado de menos algún “aldabonazo” al estilo del publicado por Ortega y Gasset el 9 de Septiembre de 1931. Nadie del mundo de las artes, las letras, la cultura; nadie desde la tribuna de ninguna institución avisó de la deriva separatista, de los graves errores que engendraba la Constitución, del cinismo del “consenso”, de la partitocracia endogámica que vacía de contenido el sistema parlamentario, la división de poderes y la independencia judicial. Y si alguien osó denunciar la impostura, la grotesca falsificación de la democracia, los defensores de lo “políticamente correcto” le denostaron con el epíteto de “extrema derecha”, “franquista”, desestabilizador, carca, preconstitucional o golpista, y un manto de silencio cómplice impidió, el eco siquiera, en los medios de comunicación del corrector “no es esto, no es esto”.

¿Es posible la rectificación que necesita España, dentro del Sistema?

¿Los causantes y responsables de todos y cada uno de los males que nos aquejan pueden rectificar sus conductas, aportar las soluciones y  merecer nuestra confianza?. La respuesta es sencilla, No. Ni aunque se jueguen la supervivencia, la de ellos, la nuestra les importa sólo como instrumento de su poder. Lo llevan en su naturaleza. En la reciente historia tenemos ejemplos de toda una clase política que decide suicidarse. Ocurrió en las Cortes de Cádiz, después de aprobar la Constitución; lo repitieron los monárquicos el 14 de Abril de 1931; y volvió a ocurrir al hacerse el hara-kiri, sin necesidad real, las Cortes de  la democracia orgánica, en la era de Franco, aprobando la Ley para la Reforma Política, rupturista y partitocratica.

La deslealtad institucional y constitucional de los distintos gobiernos, llamados democráticos, desde 1977, ha destruido todas las barreras que el juego político y el estado de derecho impone a quien gobierna. El ejercicio toxico y narcisista del poder ejercido por los distintos gobernantes, a izquierda y derecha, ha sustituido al parlamento y los órganos de control y fiscalización, en mero certificado del entierro de Montesquieu. El endeudamiento publico y gasto innecesario no sólo resulta inasumible, sino que lastrará a varias generaciones de españoles, si logramos salvarnos, antes de la ruina. La visión primaria de la política instalada en el pueblo español, muy próxima al forofismo futbolístico, impide una regeneración rápida y eficaz.

En la actual encrucijada electoral a la que nos han llevado los distintos gobernantes del Estado y de los distintos 17 mini-estados que soportamos desde hace cuarenta y cuatro años, son los responsables directos, sin paliativos y, como tal, deberían responder. Pero no, aún siguen con la gimnasia política de aparentar que se toman medidas, todas ellas cosméticas, para seguir desintegrándonos como nación y empobreciéndonos como pueblo. Las siglas y personas que nos inundan con programas, obligan a la toma de decisiones sin posibilidad de vislumbrar su efectivo cumplimiento, por las dudas que generan los liderazgos de “primavera” de la pasarela mediática.

La corrupción, característica esencial del sistema partitocrático republicano, ha dado paso a una monarquía republicanizada que ha caído, esperemos que ya sea pasado, en las redes clientelares del tráfico de influencias y de la corrupción. Es hora y estamos a tiempo de volver a un régimen de representatividad auténtica y directa, cuyos gobernantes ejerzan un papel primordial en la estabilidad del estado y la ética y leyes justas, presidan y controlen la acción de sus gobernantes.