General Benavides, un canario universal en la Nueva España por Jesús Villanueva Jiménez

Grandes hombres y mujeres protagonistas fundamentales de la historia de España —que es decir de la del mundo— son desconocidos, lamentablemente, para la mayor parte de los españoles, incluso por sus paisanos más cercanos. Éste es el caso de quien fue Teniente General de los Reales Ejércitos de España, don Antonio Benavides Bazán y Molina, a quien el rey Felipe V llamaba padre.

El 8 de diciembre de 1678, en la Ilustre Villa de La Matanza de Acentejo, una pequeña localidad al norte de Tenerife, nació Antonio Benavides, en el seno de una familia de agricultores propietaria de su tierra. Fue el tercero de ocho hermanos; María se llamaba su madre; Andrés su padre, capitán de las Milicias Provinciales. Precisamente por la condición de oficial de Milicias de don Andrés, a finales de 1698 se hospedó en su casa un capitán de la Bandera de La Habana, que recorría el norte de la isla reclutando a mozos para las filas de los ejércitos en la España a la otra orilla del Atlántico. El oficial observó en el joven Benavides grandes virtudes y condiciones para el oficio castrense, por lo que pidió a sus padres considerasen su alistamiento en calidad de cadete. No sólo el joven matancero era poseedor de un talante encomiable, además desde muy niño mostró un gran interés por la lectura, lo que le proporcionó una cultura muy superior a lo normal entre los paisanos de aquellos rústicos lugares.  Así, en julio de 1699 partió hacia Cuba el matancero y noventa y nueve reclutas más. Tres años pasó Benavides en La Habana, durante los cuales se distinguió por su entrega al servicio y por el sumo interés en el estudio y formación en el oficio de las armas, destacándose sobremanera como jinete y aguzado tirador, causando admiración en sus jefes y ganándose el aprecio de sus compañeros. 

Ya ascendido a teniente, Benavides viajó a Madrid en 1703 con los refuerzos que Felipe V pidió a las guarniciones de las Indias, al estallar la contienda con el austriaco Archiduque Carlos; la guerra de Sucesión. En una cacería por la Casa de Campo, en un descanso en la contienda, el Rey conoció al joven teniente canario y quedó admirado de su extraordinaria puntería además de su grata conversación. Por tales motivos, queriéndole tener cerca, ordenó su destino en la caballería de la Guardia de Corps, excepcionalmente, dado que sólo ingresaban como oficiales en ella jóvenes de sangre azul. La guerra continuó y Benavides se distinguió por sus dotes de mando y por su arrojo, siendo condecorado, y felicitado personalmente por don Felipe en dos ocasiones.

La tarde de 10 de diciembre de 1710 se dio una circunstancia fundamental en el devenir de Benavides, puesto que su determinación evitó un cambio trascendental en el curso de la historia de España y de Europa. En Villaviciosa de Tajuña, estando ambos ejércitos a punto de entablar un combate decisivo, el teniente coronel Benavides salvó la vida del Rey, cayendo gravemente herido como consecuencia de su acción. Su heroico acto consolidó aún más el afecto que don Felipe sentía por Benavides, al que a partir de entonces llamaría «padre», delante de nobles y generales.

Al término de la guerra, Felipe V nombró a Benavides Capitán General y Gobernador de San Agustín de la Florida. Pudiera parecer que lo hizo para recompensar los grandes servicios por él prestados a la Corona, sin embargo, seguro estoy de que Benavides respondía a las virtudes de excepcional militar y hombre prudente, honesto y honrado, a la vez que decidido y lúcido, que aquellas tierras lejanas requerían. En San Agustín, el gobernador Juan de Ayala y Escobar lideraba una trama de corrupción, en la que estaban implicados funcionarios y proveedores, cuya limpieza urgía emprender. Además, los conflictos con los británicos asentados al norte y las tribus indias aliadas eran constantes e iban en ascenso. Es a partir de esta circunstancia cuando nuestro compatriota dio la más alta talla en el cumplimiento de su deber, como español y como católico devoto que era. Treinta y dos años estuvo al frente de la Capitanía General de provincias del virreinato de la Nueva España, además de la Florida, Veracruz y San Francisco de Campeche en el Yucatán. Periodo en el que limpió de corruptos las administraciones y blindó las aduanas; mantuvo a raya a los ingleses —siendo eficaces centinelas de las lindes al norte de la Florida las tribus amigas—, y limpió los mares de la morralla pirata y corsaria. Documentado está lo mucho que lo quisieron los indígenas por sus muestras de amistad hacia ellos y por el cumplimento de la palabra dada; así como los lugareños de allí donde estuvo, por tantas obras de caridad que hizo, todas de su peculio, desprendiéndose de todo bien material a favor de los necesitados. A tal extremo fue así, que se entrevistó con Fernando VI en la Corte vistiendo un uniforme prestado por su amigo el Marqués de la Ensenada, dado que el único que conservaba no estaba en condiciones. Fue tan humilde que no se conoce de él ningún retrato, y apostaría a que así lo quiso «por no destinar un maravedí a tan inútil causa», me parece escucharle decir.

Abandonadas las españolas tierras del Nuevo Mundo, a sus setenta años de azarosa existencia, el Rey agradeció a Benavides su leal y ejemplar servicio y le ofreció la Capitanía General de Canarias, destino que rechazó —sólo ansiaba el sosiego al fin—. Viajó a Santa Cruz de Tenerife el viejo general, donde descansaría hasta el final de sus días, sin dejar de colaborar con las autoridades locales y hacer multitud de obras de caridad. Falleció en Santa Cruz, a los longevos ochenta y tres años, el 9 de enero de 1762. Fue enterrado vestido con el hábito de la Orden Franciscana, abrazado a su fe católica, a la entrada de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción —donde también descansan los restos mortales de otro gran militar: el teniente general don Antonio Gutiérrez de Otero—. Fue don Antonio Benavides un militar excepcional, un hombre bueno, un católico devoto y un español ejemplar.

5 meses ago