Jerusalén profanada por el Sionismo por José Luís Jerez Riesco (Abogado y escritor)

 

La ciudad de Jerusalén, mística y milenaria, hogar de la paz como su propio nombre indica, patrimonio de la humanidad desde 1981, alberga el espacio sagrado, la tierra santa, donde se asientan los principales iconos, que han servido de escenario simbólico y de veneración a las vivencias espirituales de las tres principales religiones monoteístas: cristianismo, islam y judaísmo, puede convertirse en el enorme cráter de un potente volcán en erupción, en la antesala del infierno, en vómitos sangre y ráfagas de fuego, en el apocalipsis donde se desaten todas las furias celestiales.

 

El factor desencadenante, el impacto nocivo, es la fanática y delirante obsesión, el empeño permanente, por parte del sionismo, de sembrar, siempre y en todo lugar, la discordia y el odio, tratando de convertir la Ciudad Santa en la capital del Estado de Israel, donde se concentra la semilla y el foco del poder mundialista de la denominada raza maldita, terror de la humanidad, al desafiar y conculcar las leyes internacionales y las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Para la Cristiandad Jerusalén es un lugar sagrado y de peregrinación por excelencia, al estar allí ubicados los vestigios del Santo Sepulcro, el Cenáculo, el Monte de los Olivos, la Iglesia del Padre Nuestro, la Vía Dolorosa, la Iglesia de Santa Ana, donde nació la Virgen María, el Edículo de la Ascensión… y para los musulmanes ser considerada, “Al Quds”, como la denominan en su lengua vernácula, palabra que significa “lugar sagrado”, tras las ciudades santas de Medina y La Meca, el tercer lugar en el orden de prelación del Islam, al estar allí situados, entre otros recintos sagrados, la Explanada de las Mezquitas, la imponente cúpula de la Roca, edificada a finales del siglo séptimo o la sacrosanta Mezquita de Al-Aqsa, que data del año 705. Conviene recordar que los primeros musulmanes oraban hacia Jerusalén, antes de hacerlo en dirección a La Meca.

No es difícil demostrar, históricamente, que los judíos se arrogan, con gesto demoledor, un pretendido derecho de capitalidad del Estado de Israel sobre Jerusalén, que no le corresponde en absoluto, a pesar de sus influyentes tentáculos mediáticos que controla, en régimen de monopolio y difunden sin cesar, la desinformación “erga omnes”. Basta para constatarlo un simple apunte: la ciudad de Jerusalén, en sus más de cuatro mil años de existencia, en la mayor parte de su proyección temporal, no ha guardado relación política alguna con el pueblo judío, salvo puntuales excepciones. Sus mil primeros años fueron ajenos a cualquier influencia o motivación judaica, carente por completo a todo vínculo, como queda reflejado en el libro del Génesis de la Biblia, que deja, bien a las claras, que el “padre” Abraham no guardaba relación alguna con aquella mítica ciudad y esa fue la tónica durante el periodo de los Patriarcas e incluso durante la permanencia depredadora de los israelitas en Egipto, donde el nombre de Jerusalén ni se invoca ni se cita. A su regreso a la “tierra prometida”, buscaban los israelitas, prófugos de Egipto, las tierras de Canaan, pero no se menciona, en absoluto, Jerusalén. Bien al contrario, en la época del sanguinario Josué, la ciudad de Jerusalén y sus habitantes fueron los que se opusieron a la invasión contra los judíos, siendo precisamente su Rey quien organizó una coalición de monarcas para hacer frente a los horrendos genocidios que las tribus judias perpetraban en todas sus conquistas, donde aniquilaban, de forma cruel e inmisericorde, a las poblaciones que lograban dominar con satánica saña.

 

La ciudad de Jerusalén sería, finalmente, conquistada por la tribu de Judá, tras la muerte de Josué, siendo saqueada e incendiada por los judíos, que no se asentaron en ella la metropoli. Jerusalén fue, pues, capital de los judíos únicamente durante los reinados de los Reyes David, Salomón y en los inicios del reinado sucesivo de Roboan, durante un breve lapso de tiempo, considerado en términos globales. Después vendría el largo periodo del destierro de los judíos en Babilonia, alejados de Jerusalén, y tan solo fue cuatrocientos años después de la destrucción del Templo, acaecida en el año 586 por Nabucodonosor II, cuando regresaron los hebreos a la Ciudad y la volvieron a tomar por capitalidad, pero solamente durante una corta etapa de cien años, concretamente hasta la conquista de la peculiar y codiciada urbe por los centuriones romanos y la coronación del Rey Herodes.

Con la demolición del Segundo Templo, en el año 70 de la Era Cristiana, y el inicio de la diáspora judía, la ciudad dejó de estar definitivamente en manos de los israelitas para pasar, de forma sucesiva, a ser patrimonio de sus nuevos y diversos moradores: romanos , bizantinos y árabes, hasta que, en 1.099, fue conquistada para la Cristiandad, por los cruzados, convirtiéndose Jerusalén en la capital de estos monjes guerreros durante 88 años, hasta que, en 1.187, Saladino la reintegra de nuevo al control islámico.

 

En el trascurso de los siglos venideros, por cientos de años, la población de la Ciudad Santa y sus entornos fue mayoritariamente árabe y, en 1917, cuando fue tomada por las fuerzas británicas, se convirtió en la capital de Palestina.

El plan de partición de la histórica fortaleza espiritual, impuesto por Naciones Unidas, en 1947, escindió la ciudad de Jerusalén en dos zonas, Este y Oeste, bien delimitadas, dos “Corpus Separatum”, que se administrarían internacionalmente, aprobando la Resolución 181, en la que se hacía constar: “La ciudad de Jerusalén será constituida como Corpus Separatum bajo un régimen internacional especial y será administrada por las Naciones Unidas”. Con ello se trataba de garantizar la protección, el libre acceso y la libertad de culto en los lugares sagrados, tanto para sus habitantes como para los extranjeros, sin ningún tipo de discriminación. Al año siguiente, en 1948, Israel tomaba, por la fuerza, la parte occidental, evacuando a la mayor parte de los residentes palestinos que allí moraban, quedando desde entonces bajo el control árabe la zona oriental.

Veinte años más tarde, de nuevo, el agresor Estado de Israel, de forma unilateral y contra toda ley internacional, se anexionó, ilegalmente, la parte oriental, bajo la protección de Jordania, comenzando, desde entonces, una política de exclusión, de limpieza étnica y cultural, contra las poblaciones cristiana y musulmana, aumentando los asentamientos judíos, denegando la residencia de sus anteriores y legítimos moradores, demoliendo los hogares de sus tradicionales habitantes, restringiendo sus libertad de movimiento y, por último, levantando el conocido como “Muro de la Ignominia” alrededor de la ciudad, para separar la urbe del resto del territorio palestino, sobre el que la Corte Internacional de Justicia se pronunciaba en los siguientes términos: “La construcción del muro construido por Israel, la potencia ocupante, en el territorio palestino ocupado, incluyendo en y alrededor de Jerusalén Este y su régimen asociado, son contrarios al Derecho Internacional”, por lo que “todos los Estados están bajo la obligación de no reconocer la ilegal situación resultante de la construcción del muro y de no entregar asistencia en mantener la situación creada por tal construcción”.

La anexión de Jerusalén por Israel, por otra parte, nunca fue reconocida por el Consejo de Seguridad de la ONU, que, en su Resolución 476, de 30 de junio de 1980, sobre territorios ocupados por el Estado judío, establece: “Todas las medidas legislativas y administrativas, así como las acciones tomadas por Israel, la potencia ocupante, que buscan alterar el carácter de la Ciudad Santa de Jerusalén no tienen validez legal y constituyen una violación flagrante de la Cuarta Convención de Ginebra” y tras la promulgación de la denominada “ley básica”, ley sionista dictada por los sionistas que dispone, “Jerusalén, completa y unida, es la capital de Israel”, de nuevo se pronuncia con contundencia el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la Resolución 478, de 28 de agosto de 1980, donde se condena, una vez más, el intento de anexión de la zona Este de Jerusalén por parte de Israel, importante Resolución que reitera y estipula: “Todas las medidas legislativas y administrativas, así como las acciones tomadas por Israel, la potencia ocupante, que han alterado o intentan alterar el carácter y status de la Ciudad Santa de Jerusalén y, particularmente, la reciente “ley básica” sobre Jerusalén, son nulas e invalidas y deben ser revocadas inmediatamente”. Los judíos, con su atávico desprecio al resto de la humanidad, que ellos despectivamente califican como “goyn”, y a las Resoluciones emanadas de los organismos internacionales, han hecho caso omiso al sentimiento de los hombres de fe y a la legalidad vigente.

 

Los judíos actúan en este caso como cucos, astutos y ladinos, se comportan de forma taimada y habilidosa para conseguir los fines que persiguen, tratando de engañar a los demás, apropiándose de lo ajeno, masacran a quienes les descubren, y después se van a consolar, fingiendo un dolor, que en realidad es gozo y burla, al muro de las lamentaciones.

 

Después de este nuevo y reciente crimen histórico contra el orbe creyente, que se quiere perpetrar y consumar por el nefasto Estado sionista, al apoderarse y profanar, por la fuerza y contra toda razón, del territorio sagrado de gran impacto espiritual para cristianos y musulmanes, de la ciudad abierta y santa que no les pertenece en exclusiva, contraviniendo, con prepotencia, el estatus y el orden mundial sobre Jerusalén, con menosprecio y desafío a toda legalidad y legitimidad. Una voz unánime de Justicia se debe elevar ante este atropello en todo el mundo cristiano: “¡Delenda est Israel!”

11 meses ago