La defensa de la gran Obra de la Hispanidad  por Jesús Villanueva Jiménez      

                                   

El 12 de octubre de 1492 España comenzaba a protagonizar la más extraordinaria evangelización y sociabilización de la más grande extensión de tierra descubierta, primitivas sociedades aisladas hasta entonces de un mundo que evolucionaba en función de las nuevas ciencias y tecnologías.

El 12 de octubre, día de Nuestra Señora la Virgen del Pilar, celebramos el Día de la Hispanidad, conmemoración del común origen de los pueblos hispanoamericanos. Haciendo un poco de historia, este día se denominó desde principios del siglo XX como de la Raza, y fue el religioso vizcaíno Zacarías de Vizcarra y Arana quien acuñó el término Hispanidad, en su artículo La Hispanidad y su verbo, publicado en Buenos Aires en 1926, institucionalizándose el vocablo en octubre de ese año. Afirmaba Vizcarra: «Estoy convencido de que no existe palabra que pueda sustituir a Hispanidad, para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra Hispanidad y otras dos voces que usamos corrientemente: Humanidad y Cristiandad». En efecto, la gran obra de la Hispanidad fue —redundemos— gigante, sobre todo, por humana y cristiana.

Así, organizada la expedición al mando de Cristóbal Colón —por mandato de los reyes Isabel y Fernando de Castilla—, con la fundamental intervención de los hermanos Pinzón y los Niño, prestigiosos navieros andaluces, partió del onubense puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, la flotilla de dos naos, la Pinta y la Niña y una carabela, la Santa María, adentrándose en un Atlántico cuyas reales dimensiones se desconocían. Dos meses y nueve días después —luego de arreglar una avería del timón de la Pinta en La Gomera, donde fondeó también la Santa María, mientras la Niña lo hacía en Las Palmas, y de padecer días de angustiosas incertidumbres—, el 12 de octubre, el marinero sevillano Rodrigo de Triana, desde lo alto del palo mayor de la nave capitana, gritó: ¡Tierra a la vista! Se trataba de la isla antillana de Guanahaní. En aquel instante se había descubierto, aún sin saberlo, un inmenso continente. Aquellos españoles protagonizaban uno de los más trascendentes momentos de la Historia Universal, puesto que se daba el encuentro entre dos mundos que habían evolucionado de forma paralela, independientemente el uno del otro, desde el origen del hombre, circunstancia que cambió el curso de la Historia.

A partir de entonces, España realizaba la más grande proeza que ninguna otra nación haya llevado a cabo jamás. Sintetizando mucho, nuestra nación llevó al Nuevo Mundo un idioma común, una alfabeto —que permitió dar escritura a las lenguas aborígenes, ya que de ella carecían— y nuestra religión Católica, civilizando a unas tribus arcaicas que practicaban la antropofagia y los sacrificios humanos,  cuyos pueblos más poderosos —el Azteca y el Inca, sobre todo— mantenían subyugadas, esclavizadas y perseguidas a las poblaciones de su entorno. Pueblos que consideraron, desde un principio, a aquellos hombres de piel clara y rostro barbudo, los deseados liberadores de aquellas otras tiránicas tribus. Se construyeron escuelas, hospitales, calzadas e iglesias, y luego ciudades y universidades. Apunta la profesora e investigadora Elvira Roca Barea, en su libro Imperiofobia y Leyenda Negra (Siruela, 2016), que durante la época imperial los españoles fundaron en América más de veinte centros de educación superior, de los que salieron 150.000 licenciados «de todos los colores, castas y mezclas», cuando ni portugueses ni holandeses abrieron una solo universidad en sus imperios, y la suma de las fundadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, en la expansión colonial de los siglos XIX y XX, ni se acerca a nuestra cifra.

Acompañando a los conquistadores, o por su cuenta y riesgo, abnegados misioneros franciscanos, dominicos, jesuitas —y de otras ordenes— se adentraron en la incierta densa selva, y, aprendieron el idioma de los pueblos indígenas, enseñaron el Evangelio. Muchos de ellos, mártires, quedaron en el camino, dado que no todas las tribus —algunas violentísimas— aceptaron de buen grado la visita de aquellos clérigos.

Afirma también Elvira Roca en su libro: «El imperio se distingue del colonialismo y otras formas de expansión territorial porque avanza replicándose a sí mismo e integrando territorios y poblaciones. El colonialismo en cambio no». Porque jamás fueron colonias las tierras conquistadas por España, ni en América ni en Asia ni en África. Fueron provincias españolas de ultra mar, virreinatos, cuyos pobladores indígenas eran tan españoles como los nacidos en Andalucía, Canarias, Aragón o la mismísima Castilla. Circunstancia que engrandece sobremanera la obra hispana en las Indias Occidentales, particularmente, por la dimensión y trascendencia de la empresa. Por el contrario, ingleses, holandeses, portugueses, belgas, alemanes y franceses, que sí consideraron colonias sus tierras de conquista, nunca tuvieron por compatriotas a los pobladores aborígenes, siendo estos esclavizados, cuando no eliminados como animales. Recordemos el Congo sometido por el genocida Leopoldo II de Bélgica, en una explotación salvaje y criminal de su población, ocupada en la obtención del caucho, circunstancia que enriqueció al funesto monarca; o la aniquilación de las tribus del oeste de América del Norte por los anglosajones recién llegados; o la desproporción de veinte esclavos negros por cada amo blanco en la sangrada colonia francesa de Haití, en el siglo XVII, población esclava abandonada a su suerte, y hoy uno de los países más pobres e inseguros de la Tierra; o el genocidio cometido por los ingleses en Australia, cuya población aborigen rondaba los 500 mil a la llegada de sus verdugos en 1770, y tan solo 31 mil a principio del siglo XX, al establecerse allí los primeros asentamientos colonos.

Como toda obra humana, por definición imperfecta, en la América española, especialmente en los primeros tiempos, se cometerían injusticias y hechos condenables, siempre a espaldas de la Justicia. Como sucedía de un extremo a otro del planeta. Ni más ni menos. Pero sin lugar a dudas, las cifras de muertos indígenas, las formas y los hechos inicuos que divulgó la Leyenda Negra son falsos.

Absolutamente falsos. El contenido y las cifras de los textos de fray Bartolomé de las Casas —que el neerlandés Guillermo de Orange, enconado enemigo de España, tradujo a varios idiomas y difundió por Europa, acompañados de los funestos grabados del flamenco Théore de Bry, que muestran las supuestas atrocidades cometidas por los españoles sobre los indios— son desorbitados, pues el autor, pretendiendo polemizar, no dudó en exagerar, hasta tal punto que todos los historiadores actuales, españoles y extranjeros, consideran disparatados aquellos escritos. Es difícil explicarse el porqué del empecinamiento del dominico en una causa que no tenía una razón justificable. Sin embargo, lamentablemente, los ficticios  argumentos que constituyen la Leyenda Negra y su exacerbada hispanofobia fueron comprados y aireados por muchos intelectuales decimonónicos españoles, y lo siguen siendo también por cierta izquierda de la España de nuestros días. La hispanofobia practicada por españoles es un fenómeno que no se da en ningún otro país. No practican ni británicos, ni franceses, ni italianos, ni belgas, ni alemanes, ni estadounidenses ese fratricidio intelectual, esa ofensa a los propios ancestros, cuando aquellos sí tienen motivos más que de sobra.

Desde un principio, los Reyes Católicos, especialmente la reina Isabel, se ocuparon de proteger a los indígenas de la Nueva España —y no me refiero al virreinato—, sino al conjunto del continente descubierto. La reina Isabel dictó la Real Provisión de 20 de diciembre de 1503, en favor de los derechos de los indios, responsabilidad de los encomendados: «Mando a vos, el dicho nuestro gobernador (…) que hagáis pagar a cada uno, el día que trabajare, el jornal e mantenimiento que según la calidad de la tierra y de la persona e del oficio vos pareciere que debiere haber (…) Lo cual hagan e cumplan como personas libres, como lo son [los indios], e non como siervos, e hacer que sean bien tratados; e los que de ellos fueran cristianos, mejor que los otros. Y no consistáis ni deis lugar a que ninguna persona les haga mal ni ningún daño u otro desaguisado alguno». Luego vinieron en el mismo sentido las Leyes de Burgos, dictadas por Fernando el Católico, muerta ya su esposa, el 27 de diciembre de 1512. Y más tarde, las nuevas leyes de 1542, firmadas por Carlos I, que ratificaban, una vez más, el reconocimiento de los indios como súbditos libres de la Corona española. Y como no citar la llamada Controversia de Valladolid de 1550-1551, ordenada por Carlos I, donde importantes eruditos,  letrados, juristas y teólogos, principalmente los dominicos fray Juan Ginés de Sepúlveda y fray Bartolomé de las Casas, debatieron sobre los derechos de los indios frente al poder que ejercían los conquistadores, en base a las conclusiones del erudito, también religioso, ya fallecido entonces, Francisco de Vitoria. Aquellas conferencias y debates son consideradas por muchos historiadores como la primera convención sobre derechos humanos de la historia, en pleno siglo XVI, algo absolutamente inédito en aquellos tiempos y en absoluto considerado por ninguna otra potencia de la época.

No hay más que ver las cifras de los censos oficiales elaborados por UNICEF entre 2000 y 2008, que confirman que la población indígena identificada en Hispanoamérica alcanzaba por entonces 28.859.000 personas (mestiza es imposible de cuantificar), de la punta sur de Chile al norte de Méjico. No hay más que pasearse por ciudades mejicanas, bolivianas, colombianas, peruanas, ecuatorianas o chilenas, para comprobar cómo se mestizaron nuestros paisanos antepasados con los habitantes primitivos del Nuevo Mundo. O contemplar los edificios civiles, iglesias y catedrales presidiendo las plazas mayores; los castillos formidables desde donde se defendieron aquellas tierras de ataques piratas, corsarios y armadas enemigas. O estudiar la ingente obra literaria escrita en nuestro idioma, aquel que llevamos al Nuevo Mundo, por Sor Juana Inés de la Cruz, por  Rubén Darío, Gabriela Mistral, César Vallejo, Octavio Paz, Cortázar, Borges, García Márquez, Vargas Llosa y tantos otros, para reconocer la grandiosa obra que realizaron nuestros ancestros, aquellos españoles de los que hoy tendríamos que aprender.

Hoy, todo español de bien tiene la obligación de defender nuestra Historia y la memoria de los que la protagonizaron, la de otros siglos y la más reciente. Mirar a otro lado cuando alguien eleva la voz para mancillar nuestros anales, como sucede corrientemente contra la extraordinaria Obra de la Hispanidad, no es de prudentes, sino de cobardes. En estos tiempos que corren, en los que la mayoría de medios de comunicación son dirigidos por la extrema izquierda (que ya es toda la izquierda), y en las digitales redes sociales se desenvuelven como peces en el agua las hordas comunistas y separatistas, creando corrientes de opinión y adoctrinando a las masas —anestesiadas, cuando no atolondradas, en un preocupante porcentaje—, es cuando quienes amamos a España y consideramos principios fundamentales su unidad indiscutible, el respeto a la religión Católica, a la familia, y a tantos otros valores pilares fundamentales de nuestra Patria, debemos manifestarnos con rotundidad, sin pusilanimería, con argumentos sólidos que nos abundan, con la razón de la verdad, ante quienes vituperan y menosprecian nuestros principios y nuestra Historia, con el objeto de acabar con ellos. Cada voz que se alce en defensa de la Patria y de la verdad, en el bar, en la reunión familiar o con amigos, en el trabajo, en los comentarios escritos en redes sociales, allí donde surja la injuria o la falsedad, es una batalla librada, y digo bien, una batalla librada, en la que muchas lograremos vencer. Cuando son multitud las voces que se elevan, estas se tornan clamor. No permitamos que nos callen.

2 meses ago