Octubre de 1934 en el Seminario de Oviedo

Los revolucionarios, tras haber incendiado el Palacio Arzobispal de Oviedo, invaden e incendian también el antiguo convento de Santo Domingo en que estaba el Seminario diocesano. A primera hora del sábado día seis los alumnos habían asistido a clase, y acabada ésta, el secretario de estudios don Aurelio Gago, les dirigió palabras de aliento al martirio, si el Señor les llamaba; gloria a la que él se sabía también llamado.

Los mineros habían venido de las Cuencas y, a eso de las cuatro de la tarde sonaron tiros contra el seminario. Se les ordenó dejar la sotana y vestir de paisano. En una pausa en el tiroteo un grupo optó por escapar saltando por una ventana trasera y la tapia de la huerta hacia la vía del tren. Se ocultaban de día entre los maizales y por la noche se encaminaban hacia sus pueblos.

Tres superiores y treinta y cuatro seminaristas se refugiaron en una casa vacía en la colindante Travesía del Monte de Santo Domingo, pero denunciados por su dueño, una hora después eran descubiertos. La multitud pedía que los mataran, pero el miliciano jefe dispuso llevarlos  en un camión a Mieres, donde fueron recluidos en el teatro Orfeón convertido en cárcel. En una parodia de juicio, por ser curicas, les sentenciaron a pena de muerte.

En la sala donde estuvieron recluidos dos semanas, los milicianos habían colocado una carga de dinamita, que los seminaristas pudieron desconectar el día 19 momentos antes de ser liberados por la Legión. Otros siete seminaristas con el dominico P. Esteban, se refugiaron en un húmedo sótano del callejón lindante al seminario sin agua ni comida. Escribe el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz que pasaron la noche en oración y se prepararon para morir como mártires haciendo ofrecimiento de su vida; conscientes de que aquel sería su último día, recibieron la absolución y se despedían hasta el Cielo momentos antes de salir del refugio, sin odio en su mirada porque se asomaban a la vida verdadera desde los ojos del Señor. Mantuvieron hasta el fin la voluntad de sufrir hasta la muerte por fidelidad a la fe.

A la mañana siguiente Gonzalo Zurro salió a buscar algún alimento,  pero, apenas traspuesto el callejón, unos milicianos le dieron el alto espetándole: -Ya caíste, pájaro, ¿dónde están los otros? Bajo la promesa de que les garantizaban la vida, les condujo hasta el sótano. El P. Esteban y Juan Alonso se escondieron en el hueco de la escalera, pasando desapercibidos. Los otros seis subieron a la calle donde les esperaba una multitud que chillaba: ¡Matailos, matailos!  Anduvieron unos pasos, y casi a las puertas del Seminario les ordenaron ponerse contra la pared. Relata el sacerdote Andrés Pérez que «al ver que iban a ser asesinados, Gonzalo Zurro recordando el martirio del Padre Pro, gritó: ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva España católica!, secundándole los demás con un ¡Viva!».

Eran las primicias del martirio de 182 sacerdotes y religiosos asturianos.

Ángel Cuartas Cristóbal. Nació en Lastres, octavo de nueve hijos de familia humilde de la que su padre era pescador y su madre ama de  casa. Su amigo Benito afirmaba de él que era igual que un santo, nunca tenía una mala palabra. Desde el advenimiento de la República era consciente de que su vida corría peligro. Estaba en quinto de Teología y era ya subdiácono a sus 24 años cuando fue asesinado.

Gonzalo Zurro Fanjul. Nacido en Avilés, marchó con su familia  a Mieres cuando su padre entró a trabajar en la mina. Ingresó en el Seminario porque quería ser misionero. Cursaba segundo de Teología. Tenía especial devoción a la Virgen. Fue el primero en morir, a sus 21 años, dando el grito de: ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva España católica!, que secundaron sus compañeros.

José María Fernández Martínez. Nació en Muñón Cimero (Pola de Lena). Alumno del colegio de los Maristas, entró con su hermano en el Seminario en 1927. Consciente del peligro que corrían por la situación política, escribía a sus familiares que en el patio del Seminario desde la calle les insultaban y tiraban piedras. Estudiaba primero de Teología cuando lo fusilaron el 7 de octubre de 1934 a sus 19 años.

Mariano Suárez Fernández. Nació en la parroquia de San Andrés de Linares (El Entrego). Su padre era capataz de minas. Ingresó con su hermano en el Seminario. Su padre, conocedor de los movimientos sociales, en el año 31 les advertía: Mirad que entran tiempos difíciles y será perseguida la Iglesia. Cursaba cuarto de Teología cuando le  mataron a sus 24 años.

Jesús Prieto López. Nació en Bodecangas (Tapia de  Casariego), séptimo de once hermanos de familia campesina. Entró en el Seminario pagándole el párroco los estudios. En las vacaciones daba catecismo a  los niños. Su hermana Benigna recuerda que era cariñoso, amable, y muy bueno, porque para él todo estaba bien; nunca discutía. Era alumno de tercero de Teología cuando fue asesinado a sus 22 años.

Juan José Castañón Fernández. Nació en Moreda de Aller, ingresó en el Seminario menor de Valdediós, donde por su aspecto aniñado le llamaban Castañín. Cursaba tercero de Filosofía. Tenía especial devoción a la Virgen. Es el más joven de los ahora beatificados, con 18 años cuando fue fusilado.