El 10 de febrero de 1937 el delegado de Cruz Roja Internacional en Ginebra confirmó la muerte de las enfermeras de Somiedo. Fue el primer caso conocido de enfermeras asesinadas premeditadamente por un bando en liza desde la fundación en 1863 del Comité Internacional de la Cruz Roja, por lo cual el estupor internacional ante el crimen fue notable.

Octavia Iglesias Blanco tenía 41 años, Pilar Gullón Iturriaga tenía 25  años y Olga Pérez-Monteserín Núñez tenía 23. Eran enfermeras de la Cruz Roja Española, se ofrecieron voluntarias para atender a los heridos en el frente militar.

El 27 de octubre de 1936, cuando prestaban servicios en el hospital de sangre de Pola de Somiedo, en Asturias, fueron apresadas en un golpe realizado por las milicias marxistas a ese puesto. El jefe del grupo coaccionó a las tres prisioneras para renegar de los principios de Dios y de la fe, y las tres dieron respuesta contundente de fidelidad a Dios…

Las encerraron en una casa del pueblo y, durante toda la noche, los milicianos abusaron de ellas. Con el fin de que la gente de Pola de Somiedo no escuchara los gritos, se ordenó que un carro de bueyes  diera toda la noche vueltas a la casa. A la mañana siguiente, volvieron a presionarlas sin obtener resultado. En vista de ello, las condujeron a un prado cercano en donde, una vez despojadas de todas sus ropas, fueron fusiladas por milicianas. Pilar Gullón, que no murió al instante, se levantó gritando Viva Cristo Rey, momento en el que la dieron el tiro de gracia. Era el mediodía del 28 de octubre de 1936. Sus restos mortales fueron dejados sin sepultar hasta la medianoche, cuando las enterraron en una fosa común con otros dos soldados asesinados momentos antes.

En la noche, del 16 al 17 de febrero de 1937 sufrió el martirio el beato Federico de Berga (Martí Tarrés Puigpelat), capuchino que fue beatificado el 21 de noviembre de 2015, en Barcelona, junto a 25 compañeros mártires.

Fr. Frederic de Berga había sido guardián, misionero en América Central  y Provincial por un trienio. El Obispo de Vic había dicho de él que era el predicador más apostólico que había en su diócesis. Al principio de la revolución era guardián en el convento de Arenys. Después de esconderse algunos días por los montes, llegó a Barcelona y participó activamente en la red clandestina de la Iglesia que se estaba formando.

Poco antes de la muerte, en febrero de 1937, calculaba haber distribuido, siempre con peligro de la vida, cerca de 1.200 comuniones. Celebraba la Eucaristía en casas privadas, donde se reunían pequeños

grupos de fieles, haciendo uso del permiso dado por la Santa Sede de celebrar sin ornamentos ni vasos sagrados.

Fue detenido en Barcelona, en el domicilio que había dado refugio. Preguntado sobre su identidad confsó sin ambages que era sacerdote. Fue asesinado la noche del 16 al 17 de febrero de1937.