Proceso a Franco (por Gonzalo Fernández de la Mora, 20-11-1980)

Cuestiones de método

Ser sometido a juicio histórico es una ley a la que escapan pocos hombres grandes. Franco no es una excepción en vida, y no lo está siendo después de sepultado. Pero pienso que él esperaba ser juzgado en su Patria, como Felipe III durante el reinado de Felipe IV, y no como Alfonso XIII durante la II República. En esta previsión (más trascendental para el bienestar de los vivos que para la fama de los muertos) se equivocó, pero estoy seguro de que la dureza del proceso a que continúan sometiéndole sus propios compatriotas contribuirá, aunque parezca paradójico, a que su imagen sea más acrisolada y más resistente a la usura del tiempo.

En toda tramitación judicial hay cuestiones de procedimiento, importantísimas. En el proceso a Franco hay asuntos de fondo y unas cuestiones de método que suelen ser pasadas por alto. Son las que, sobriamente, pretendo revisar.

Proceso al hombre

Acaba de transcurrir el primer lustro desde la muerte, y se han incoado dos procesos paralelos: uno al hombre y otro a la obra. En el primero, que ya’se acerca a las postrimerías, han intervenido como acusadores los vencidos, los frustrados y los desleales. Han sido cinco años de ejercicios literario antifranquistas, en los que el rencor, el resentimiento y la ingratitud, aliados y con viento de popa, han producido muchos improperios; pero no han aportado ni un solo dato que disminuya un adarme el decoro y la honestidad de aquel hombre. Los testigos de cargo han hablado con plena libertad y aun dadivosamente estimulados y, al cabo de sus parlamentos, la honra de Franco permanece intacta. Justo es decir que, aunque menos numerosos y de mayor peso, también han comparecido testigos imparciales como el doctor que atendió al anciano estadista en el camino hacia la muerte.

Arduo empeño el de hallar precedentes porque apenas ha habido poderosos de este mundo cuya grandeza no haya estado entreverada de hondas flaquezas. Si Franco las tuvo nadie las ha visto. El transcurso de este lustro de información pública ha consolidado la acerada dignidad personal de quien rigió durante cuarenta años los destinos de su pueblo. El saldo de esta prueba ha sido abrumadoramente favorable al encausado. Nuestros Ejércitos, que tienen al que fue su generalísimo al frente de sus escalafones, difícilmente podrán encontrar una figura histórica que encame más rotundamente el honor. La talla moral con que Franco está afianzándose en la historia de España no tiene otro par que el de Cisneros.

Proceso a la obra

El proceso a la obra apenas está empezando, y no podrá acometerse rigurosamente hasta que se haga un inventario crítico de fuentes y se disponga de monografías sobre las distintas áreas: la política exterior, la reforma administrativa, las transformaciones sociales, el desarrollo económico, la cultura, etc. Quizá a finales de siglo, la bibliografía científica y la perspectiva temporal permitan un justiprecio firme de lo que el mandato de Franco significa en la cuenta general de España. No voy a anticipar minuciosamente tal balance, aunque estoy seguro de que será, por lo menos, el más positivo de nuestra edad contemporánea. Pero sí quisiera analizar dos recetas arguméntales que se vienen utilizando, cual comodín exculpatorio, en las más variadas situaciones, y que resultan acusaciones para la gestión de Franco.

El endoso de responsabilidad

Los ejemplos de responsabilización retrospectiva podrían extenderse a todos los ámbitos de la política española; pero bastará circunscribirlos a las áreas más frecuentadas. Es dramáticamente innegable que el terrorismo crece. Pues bien, hay quienes dicen que la culpa es de Franco a causa de lo que hizo o de lo que no hizo. Aquí cada maestrillo tiene su librillo. Para unos, el terrorismo no existiría si Franco hubiera mantenido el concierto económico y demás privilegios del País Vasco. Para otros, todo se habría evitado si Franco no hubiera favorecido tan prioritariamente las inversiones públicas y privadas a las tres provincias vascongadas. En este marco, la argumentación podría llevarse hasta el infinito.

 

Un ejemplo de otro campo. Estamos atravesando una gravísima crisis laboral: record mundial de huelgas, baja productividad, indisciplina en la empresa y hasta sabotajes y secuestros. Pues bien, los usuarios del comodín retrospectivo dicen que si Franco hubiera actuado de esta o de aquella manera no se habría llegado a la penosa situación vigente. Unos opinan que todo se habría resuelto si hubiese autorizado la libre pluralidad sindical al término de la guerra civil. Otros aventuran que la solución hubiera sido evitar la industrialización de España, o nacionalizar los bienes de producción. Y así sucesivamente.

 

 

La estructura del argumento es muy simple: «Todo hecho histórico tiene unas causas anteriores; es así que el mandato de Franco es anterior a los problemas actuales, luego en su gestión está la causa de cuanto sucede». A esto se añade una inferencia complementaria: «Si Franco hubiera hecho esto en vez de aquello los efectos serían óptimos». Ambos esquemas son conceptualmente impresentables, o sea, indecentes en pura lógica.

 

El primero es un ejemplo del vetustísimo post hoc, ergo propter hoc (después de aquello, luego a causa de aquello). Este sofisma es uno de los más habituales en el pensamiento humano, y así se llegó, en ocasiones ya superadas, a groseros disparates en física, biología y otras áreas del saber (Hume redujo a este sofisma todo el principio de causalidad).

Un maestro es siempre anterior al discípulo, y sin embargo, casi nunca es la causa de que éste sea miope. Si el pasado histórico fuera la causa necesaria y suficiente del futuro no habría libertad, ni las sociedades tendrían otra actitud posible que la de esperar fatalmente los acontecimientos. El verdadero responsable universal o primera causa de la historia sería Adán, puesto que todos los demás habrían sido efectos inevitables de aquellos actos. Sería totalizar y llevar al límite la doctrina veterotestamentaria del pecado original. La interpretación causal del tiempo histórico no sólo eximiría a los gobernantes actuales de sus errores, sino a todos sus predecesores desde Franco hasta Abel, pasando por Cánovas, Olivares, Luna, Almanzor, Fernán- González, Viriato, etc. Todos irresponsables. Al revés que en los cuarteles, culpable únicamente el primero. Porque no será lícito que los actuales se lo endosaran todo a Franco, y que éste no pudiese hacer lo mismo con Azaña, y así sucesivamente hasta, por lo menos, el tartesio Argantonio, que es el más remoto gobernante peninsular de nombre conocido.

 

Los individuos y las naciones siempre tienen problemas, unas veces graves y arduos, otras leves y llanos. Y a las personas y a las colectividades se les ha de juzgar no tanto por los problemas con que se encuentran, cuanto por las decisiones que adoptan ante ellos y por el éxito que tienen al resolverlos. Franco llegó al poder en una de las coyunturas más difíciles y oscuras de nuestra historia, y lo dejó en uno de los momentos más brillantes. Juzguémosle por las decisiones efectivas y por sus resultados, no por las medidas que no adoptó y, menos aún, por las que están tomando o dejando de tomar sus sucesores. Si Franco hubiera declarado en 1939 «La España que nos ha dejado el marxismo no tiene arreglo» le consideraríamos como un gobernante incapaz. Es lo mismo que habría que decir de quienes ahora afirmasen que no tienen solución los problemas que, en gran parte, ellos mismos han creado.

El recurso al comodín de endosar a los predecesores los fracasos propios en una gestión libremente aceptada es una indignidad moral y un fraude lógico. A cada cual por sus propias obras.

Los futuribles

Y no puede quedar sin análisis la reiterada inferencia o apostilla de que

«si Franco hubiera hecho tal cosa, todo iría hoy de maravilla». Estamos ante lo que en lógica se denominan futuribles o proposiciones condicionales sobre acontecimientos futuros que puedan suceder o no. .Es, pues, claro que estas proposiciones no se refieren a hechos venideros necesarios, como un eclipse, sino a futuros inciertos como lo son todos los que dependen de causas incognoscibles o de los actos libres e imprevisibles de los hombres. Los futuribles contingentes que aún no se han cumplido pueden ser verdaderos o falsos. Ejemplo: «Si la próxima Nochebuena salgo a la calle seré atropellado». Habrá que esperar a que esa fecha transcurra para comprobar si la condición —el hecho de salir a la calle— y el efecto —el atropello— se han realizado. Entre tanto, lo dicho no es ni cierto ni mentirosa; no es nada. Pero los futuribles contingentes que ya están en el pasado son puros juegos de palabras, porque nunca podrán ser ni falsos ni verdaderos. Ejemplo: «Si César no hubiera nacido, los franceses hablarían una lengua germánica». Esta proposición, que es como casi todas las que se lanzan contra Franco, no tiene valor alguno porque jamás podrá comprobarse si es exacta o falaz. Los teólogos han polemizado encarnizadamente —nuestros Molina y Suárez entre otros— para averiguar si Dios puede tener alguna forma de conocimiento acerca de los futuribles contingentes. El hombre, desde luego, no.

 

Por todo ello, quienes dijeran «Si Franco, al cumplir los setenta años, se hubiera retirado y hubiese instaurado un presidencialismo unipartidista al modo yugoslavo, como propugnaban algunos falangistas, hoy tendríamos unidad nacional, paz pública, ocupación plena y desarrollo económico», serían tan vacíos como los que afirmaran «si Franco en 1939 hubiese establecido la legalidad constitucional republicana de 1931, hoy estaríamos como los ingleses». Cabe juzgar a los futuribles como es lícito jugar a las adivinanzas; pero tales ocupaciones son divertimientos de salón y sería una frivolidad supina reducir la crítica política a tales naderías mentales. Hacer el proceso a la figura de Franco con futurible no sería menos insensato que administrar la hacienda pública de una gran potencia entregando las decisiones al azar de los dados. La valoración histórica es una tarea seria que algunos malos y furtivos aficionados están degradando.

 

Coda

A Franco, como a cualquier otro protagonista de la Historia, hay que juzgarle por lo que hizo, no por lo que pudo hacer, por lo que logró y no por lo que hoy nos falta. A sus predecesores, a él mismo, y a sus sucesores, les ha de conocer la historia por sus hechos y no por nuestras imaginaciones. Las grandes partidas reales del balance final de la gestión de Franco son lapidarias: unidad Nacional, mantenimiento de España en el mundo libre, neutralidad en la guerra mundial más cruenta de las conocidas, industrialización de una sociedad agraria, transformación de anchos estratos del proletariado en clase media, pleno empleo, Seguridad Social generalizada, escolarización total, aproximación a los niveles científicos y técnicos de Europa, y el crecimiento de la renta nacional más elevado de Occidente.

Todos deseamos con la mayor firmeza que nuestros gobernantes superen esas marcas, pero, desgraciadamente, desde hace un lustro no cesamos de ir a menos. Aunque esto sea tristísimo para los que vivimos, resulta un factor accidental potenciador de la gloria sustantiva de Franco. Cuanto peor lo hagamos ahora, más colosal aparecerá en la Historia la figura del gobernante muerto.

El Alcázar, 20-11-1980

 

9 meses ago