«¿Sabéis, Padre mío, con quién habláis»?. «Con la reina de Castilla, que es sangre y polvo como yo»

Editorial por Luís Fernández-Villamea

«¿Sabéis, Padre mío, con quién habláis»?. «Con la reina de Castilla, que es sangre y polvo como yo», contestaba el dominico Torquemada a una Isabel que acababa de firmar el Decreto de Expulsión de los judíos. Tronaban todavía en el corazón del Reino las palabras del inquisidor: «Judas vendió a Cristo por treinta dineros y Vos lo váis a vender por treinta mil». En el ambiente secular de aquel entonces europeo -no sólo sefardita- se palpaba el hábito de los miembros de aquellos grupos que poblaban Baleares y determinados pueblos de ambas mesetas. Y que con sus aljamas extendían su poderío económico y su fama de usureros. Pero la peor parte se la llevó España, como siempre, en manos de una leyenda que se ha calificado como negra, pero la verdad es que no tiene otro color que el del «árbol de odio» del que nos hablaba el historiador norteamericano Philip W.Powell.

La Reina tenía problemas de conciencia. La sinagoga le había ayudado en algunos momentos en asuntos dinerarios. Pero el pueblo empujaba en sus quejas ante el 400 por 100 de los intereses en los préstamos que cobraban las comunidades hebreas. Y a pesar de todo, mientras en el continente civilizado y cristiano de Occidente se las perseguía sin piedad espiritual ni humana, los reyes de Castilla y Aragón, la simiente de España, exigían la conversión a cambio de quedarse, establecían tribunales propios para sus miembros y éstos recibirían indemnización por sus propiedades si decidían marcharse a otras tierras – Salónica, una de ellas, fue la más elegida-. Y además se llevaban la llave de su casa en Toledo, que todavía guardan como una joya en el siglo XXI de nuestra era. Por llevarse se llevaron hasta muchas raíces lingüísticas del idioma de Castilla, en un habla que ellos cuidan y llamaron y llaman ladino.

Diagnóstico y tratamiento secular

Los reyes de aquellos días estaban transidos del llamamiento cristiano a la salvación del hombre. Así lo proclamó Isabel cuando Rodrigo de Triana anunció el descubrimiento de otra tierra y de otros seres de carne y hueso.        

Primero, leyes, tratamiento de iguales, catequesis consultada al P, Vitoria en Salamanca, derecho de gentes… Y espada, sí, pero no al lado, sino, por encima de ésta, la Cruz del misionero. Aquellos monarcas consideraron que la obra por hacer estaba al otro lado del océano, y aquella otra por deshacer en la península reconquistada por las armas pero con grandes dosis de perjuicios para sus sùbditos. Con los árabes de distintas dinastías hubo siglos de entendimiento, obras en la arquitectura y en el campo que ahí están todavía, escuelas de traductores…

Pero llegaron los benimerines y los almorávides, con un Islam «en xebre» que no llevaba en la punta de sus alfanjes el mismo mensaje salvador que el de los franciscanos de Méjico y California en sus pilas bautismales. Y fueron otra vez aquellos reyes, que dejaron al lado, por un momento, los latines de doña Beatriz Galindo, los que acudieron a Santa Fe. E hicieron llorar a Boabdil lo que no había sabido defender como hombre, según las crónicas de entonces. Sabían que cuando un pueblo pierde su unidad de pensamiento pierde también la de comportamiento. Eso necesitaba prevención, estudio del presumible enemigo para el futuro, seguridad verificada de su daño moral y material, y una dosis copiosa de fe. Y, sobre todo, el vivir en la tierra de tus padres formando ante el mundo ese núcleo de verdad genética y moral a la que llamamos, con toda razón, patria.

… y lo de ahora

Hoy nos acucian los restos del material de derribo histórico de la II Guerra Mundial. Tuvimos el privilegio de no participar en ella más que con la expedición militar de una División de voluntarios -que no es poco- para combatir al comunismo-enemigo del siglo XX, no de las centenas históricas anteriores-. Y tanto los judíos como los rusos de la Unión Soviética nunca fueron los enemigos de nuestros soldados. Ni de los españoles. Los gobernantes de aquellas calendas de hace varios siglos, y los más recientes, tras la victoria aliada de 1945, ya nos cuidaron para que no padeciésemos el mismo problema, que ahora estremece al mundo porque es un asunto sin cerrar. Y lo que llaman terrorismo islámico no es otra cosa que la vieja discusión de si son galgos o podencos: son actos de una guerra sin cuartel que seguirá viva y sin solución mientras continúen ardiendo las brasas de una decisión de aliño.

Dicha decisión nos salpica a todos en la actualidad, y puede que, de seguir así las cosas, por una eternidad. Nunca se distinguió entre religión judía, configuración política sionista y derechos de Palestina. A partir de 1945 se estableció un Estado al que las potencias vencedoras le dieron de todo. Decían que para restañar sus tremendas heridas. En realidad, era para echar balones fuera y quitárselos de en medio. Se hicieron cada día más fuertes; se fueron ensanchando sin dar cuentas a nadie, pasándose las decisiones de las grandes instituciones del mundo por donde han querido; quejándose del poderío nuclear de todos menos del propio; riñendo a Benedicto XVI por no ser contundente y único en condenar el holocausto en su visita a Jerusalén, recordándole con toda intención su nacionalidad teutona y su pertenencia a las juventudes de Hitler…

Y la verdad es que han sufrido mucho, pero los demás también. En la última guerra murieron muchos millones más de norteamericanos, alemanes, rusos, italianos, centroeuropeos, árabes y hasta más de cinco mil españoles en la estepa rusa. Después se han dedicado a barrer para casa, y España no tuvo relaciones con ese Estado hasta tiempo muy reciente. Primero, porque nunca había existido, y después porque siempre su diplomacia supo distinguir entre Sefarad – que era un tesoro del pasado- y Palestina, con su territorio habitual, aunque sin Estado a su servicio. Judíos y árabes siempre habían vivido juntos, y los problemas comenzaron cuando a los primeros las antiguas potencias colonizadoras les otorgaron el derecho -y casi el deber- de enfrentarse a los vecinos, quitándose así del plano doméstico un «marrón» muy enojoso en casa. Y armándoles hasta los dientes.

¿Qué hacemos hoy?

Muchos judíos de los que llaman ortodoxos andan ahora mismo, desde su ropa negra y sombreros de ala ancha, en sus barrios europeos y americanos, proclamando que ellos nada tienen que ver con los gobiernos de hoy en Israel. Ni con sus políticas. Se dedican a trabajar, formar familias numerosas y hasta muchos de ellos, si no viven muy ajustados en su economía, sí muy cerca de ello. Grupos y partidos de este cariz que viven hoy en las calles de Tel Aviv y Jerusalén tampoco reconocen a los gobiernos impuestos o dirigidos desde Londres o Nueva York. No tienen ni idea de lo que es el sionismo, ni de las repercusiones de este sobre el mundo, Y desde luego que no quieren verse asediados por el contorno hostil que les rodea.

Por otro lado, actúan los almorávides y benimerines, que mezclan, con toda intención, guerra santa con derechos históricos. Y ponen en un aprieto trágico a poblaciones que viven como pueden en medio del patrón medieval que marca el derecho de pernada vital del que manda. Pero siempre por delegación de Londres o Nueva York. Y ahora mismo por toda una Europa de sumisión canina. Todo ello configura un escenario de lucha total, cuyo final no se ve por ninguna parte. La Iglesia católica, que podría ser una mediadora muy eficaz en el asunto, no se encuentra en el mejor momento de sus 2.000 años de vida. Ratzinger se tiró al ruedo como un torero valiente saliendo a hombros de los que profundizan en el problema y lo quieren arreglar; pero los príncipes de la iniquidad se echaron encima de él como las turbas del Pretorio y acabó en la enfermería como fruto de una grave cogida. ¡Qué gran pérdida para la humanidad!

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