Extracto de la conferencia de don Luís Suárez Fernández en La Tribuna de la Historia

Vamos a hablar de Francisco Franco, es decir, de la memoria histórica, pero no desde el punto de vista de un político, sino de un historiador que ha tenido la oportunidad de manejar documentos originales, numerosos y, en mi opinión, de gran importancia. Para el público español es esencial tener una conciencia clara de lo que Franco significó en la historia de España. Aunque se pueden formular juicios favorables o desfavorables, no es esa la tarea del historiador. Su objetivo es explicar los hechos, dejando el juicio a sus lectores o espectadores.

Francisco Franco ocupa tres cuartas partes del siglo XX español, y a través de su vida podemos observar una serie de cambios de gran importancia. A menudo se habla de un “régimen franquista”, pero yo diría que hubo tres regímenes franquistas sucesivos, todos bajo un mismo signo: la autoridad. Sin embargo, es un error hablar de totalitarismo, ya que esta forma política somete al Estado al poder de un partido. Franco hizo lo contrario: sometió el poder del partido a la directriz del Estado. A esto los historiadores lo denominamos autoritarismo, que no necesariamente es algo malo, sino una norma que indica qué hacer. Al principio, este autoritarismo tomó como modelo los sistemas personalistas que estaban surgiendo en Europa, sistemas que podrían confundirse con dictaduras.

A partir de 1944, el autoritarismo de Franco evolucionó hacia un sistema personalista. Posteriormente, el régimen cambió para alinearse con las directrices de la democracia cristiana que emergía en Europa. En este periodo, figuras clave del régimen, como Ibaña Martín o Castiella, procedían de organizaciones como la Acción Católica o la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. El régimen buscaba superar las divisiones internas que llevaron al estallido de la Guerra Civil. Después de 1959, este sistema fue sustituido por otro más abierto, donde la economía y la restauración de la monarquía tomaron prioridad.

Franco era un monárquico convencido. En 1931, cuando dirigía la Academia General de Zaragoza, aceptó que España se convirtiera en una república, sin abandonar el ejército y prestando servicio a este nuevo sistema. No participó en conspiraciones como la de Sanjurjo en 1932 y ayudó a la República a sobrevivir al estallido de la izquierda extrema en octubre de 1934. Durante 1935, fue jefe del Alto Estado Mayor de la República. Sin embargo, en la Guerra Civil, Franco optó por el bando sublevado, defendiendo los valores religiosos y humanos frente a lo que consideraba una amenaza extrema. Católico convencido, su fe marcó muchas de sus decisiones.

Una vez asumido el liderazgo durante la Guerra Civil, Franco insistió en que su mando no solo fuera militar, sino también político, con la restauración monárquica como objetivo final. Reconoció la legitimidad dinástica de Alfonso XIII y, después de su muerte, trabajó en la educación de Juan Carlos como futuro rey de España. Durante la Segunda Guerra Mundial, Franco mantuvo la neutralidad española, una decisión que atribuyó a la “Providencia” y que benefició tanto a España como a las potencias beligerantes.

Desde 1953, los acuerdos con Estados Unidos y el nuevo concordato con la Santa Sede fortalecieron el régimen. Aunque a menudo se dice que la libertad religiosa en España fue resultado del Concilio Vaticano II, la documentación demuestra que España ya había permitido la práctica religiosa de evangelistas, judíos y musulmanes antes de 1962. Este periodo también marcó el inicio de la transición política, que comenzó mucho antes de la muerte de Franco, en 1959, con planes económicos que modernizaron el país.

En 1969, Franco designó a Juan Carlos como su sucesor, culminando un proceso de transición que evitó una ruptura abrupta. Esta transición fue posible gracias a un equipo de colaboradores como Luis Carrero Blanco y Torcuato Fernández Miranda. Aunque controvertido, el legado de Franco incluye la estabilización económica y la transición a una monarquía parlamentaria, sentando las bases para la reconciliación nacional tras la Guerra Civil.

Dios es amor y el diablo es odio

Luis Suárez concluye que no es posible alcanzar la reconciliación sin el componente religioso que ofrece el cristianismo, afirmando que “Dios es amor y el diablo es odio”. Esta perspectiva subraya el papel del catolicismo en la época franquista y en el proceso de transición política y social.

Pueden ver la conferencia completa en el siguiente enlace de La Tribuna de la Historia.

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