El llamado y glorificado “Cambio de opinión». Luis Fernández-Villanueva

Escribía en uno de sus libros Javier Cercas que muchos españoles de curriculum estimable habían cambiado bruscamente de adhesiones y servicios políticos a la llegada del régimen constitucional. Se atribuían en el actual régimen una serie de virtudes antifranquistas relevantes cuando estaban plagadas de unte empalagoso en el anterior a la figura y a la obra del Caudillo de la Victoria. En la antigüedad de los principios morales -que no tiene por qué ser la de los ancestros lejanos- a este trasunto lo llamaban «cambio de chaqueta». Pero en el discurrir dialéctico del momento lo denominan “cambio de opinión». Lo importante en este caso es conocer si ese cambio afecta a lo fundamental o a lo accesorio. En la prosa diaria cercana lo hemos palpado en Pedro Sánchez: «Nunca traeré la amnistía»… Y la amnistía vino, y acompañada del borrado de la sedición para que así no haya delitos ni delincuentes. Afectaba a lo sustantivo, que es la unidad de España, porque en el aspecto de la delincuencia común a un anciano de 81 años le piden una ristra de años de cárcel por matar a un señor, que a las tres de la madrugada, estaba robando en su casa con una motosierra en las manos. Y qué decir de Suárez, que descansa en el claustro de la catedral de Ávila: «Hay que cerrar el cofre del Movimiento con las siete llaves del Cid»… Y al día siguiente, pero en lo temporal, no en lo literario, dice que «en la ley tiene que ser normal lo que en la calle es normal». En ese instante en España se mandaba a la eternidad, mediante tiros en la nuca, a una media de un centenar de seres inocentes por año.
La descomposición de las meninges.
Un día del mes de abril de 1979 Blas Piñar y yo visitamos a Luis María Ansón, que nos recibía en su despacho de presidente de la Agencia EFE. Era un periodista laureado en tiempos de Franco, aunque se conociese bien su fijación «donjuanista», que le trajo algún disgusto con el antiguo régimen, exagerado por él en el devenir del tiempo político. Escribía que «la Cruzada española y la Victoria significaron el restablecimiento de las antiguas tradiciones y el camino abierto hacia la restauración definitiva de la Monarquía legítima. O como prefieren decir muchos: hacia la Instauración». Y respecto al sabor y al color de dicha Monarquía, que con respecto a la voluntad de su padre político era la de la libertad, añadía en otro momento que «la Monarquía perdió fuerza, su virtud, su eficacia, con la entrada en su seno del sistema liberal, institución perfectamente republicana.» Y no contento con su comentario, matizaba: «La monarquía liberal no es Monarquía. Todos los que se llaman monárquicos liberales son, en el fondo, republicanos o tontos».
La verdad es que esto lo escribió hace mucho tiempo, cuando el hoy nonagenario periodista era muy joven y todavía estaba seguro de que cuando «José Calvo Sotelo, el jefe de los monárquicos, fue asesinado de dos balazos en la nuca, estos hombres se alzaron en armas y con ellos lo más noble, lo único sano de la nación». Estábamos en 1957, el título de su obra era «La Monarquía, hoy», en un tiempo en que no había más monarca que Franco, que gobernaba como tal, con unidad de poder y sin liberalismos rampantes. ¿De qué se estaría acordando el periodista laureado cuando llega a afirmar con contundencia que «el jefe puede vivir, actuar y engrandecer a la nación bajo una monarquía? Una de las mayores agudezas políticas de Mussolini -continúa- fue aceptar la Monarquía y someterse a ella, cuando pudo haberla eliminado de Italia».
Todo este alegato se cohonesta mal con otro discurso posterior, escrito también en libros de éxito, cuando afirma que «Franco afrontaba el problema que tenía ante él con gélida crueldad». Y termina: En el general se va a cumplir ya para siempre el pensamiento profundo de Arnold J. Toynbee: «A una espada que ha bebido sangre una vez no puede impedírsele de forma permanente que la deje de beber». Y pone el florón de su infinito desarreglo mental en orden a su adaptación existencial: «Es el inevitable retorno al poblado del tigre devorador de hombres. El salvador por la espada, por la espada mantendrá el poder». ¿Cambio de chaqueta?, no, cambio de opinión.
¿Qué factor anda por medio?.
Pero nuestra visita tenía lugar en 1979. Ya no estaba Franco en El Pardo. Y en Cuelgamuros lo aprisionaba una losa de toneladas de kilos. Ansón tenía ante sí a un diputado del nuevo Congreso del régimen constitucional, que con Franco había sido destituido por uno de sus gobiernos por haber escrito un artículo en 1962 en el periódico del que él fue director, «ABC». Y también víctima de dos querellas por parte del fiscal general del Estado. Y el periodista que le acompañaba, que era el que esto escribe, había sufrido, siendo redactor-jefe en la Redacción de la revista que fundó el fundador de Fuerza Nueva, cinco secuestros de sus ediciones y la presencia ante el Tribunal de Orden Público en dos ocasiones. Pero la carga de la trayectoria moral debía de tener su peso en oro.
No habíamos «cambiado de opinión», a pesar de todos los pesares. El diputado seguía siendo el mismo que dirigía el Instituto de Cultura Hispánica en su día, columna vertebral del régimen anterior. Y el mismo que defendía esos valores éticos, jurídicos y políticos ante las Cortes suicidas de noviembre del 76 o ante el Congreso de la Monarquía liberal que repudiaba antaño nuestro interlocutor. Sin venir a cuento -íbamos allí para anunciarle un viaje a la América hispana- nos suelta a bocajarro: «El Rey no se da cuenta de lo que está sucediendo en España. Tienen que ser militares de su máxima confianza los que le den la oportunidad de poner las cosas en orden». ¿Había cambiado otra vez de opinión? ¿O el pastel de la democracia liberal endulzaba una vida plagada de vaivenes?. Estábamos a casi dos años de lo que después sucedió un 23-F. Y nuestro asombro fue, sencillamente, clamoroso.
El disfrute de la maldad.
Estos cambios de opinión, que acto seguido se convierten en cambios de actuación, han arruinado a los pueblos. Tienen una explicación cuando éstos, los pueblos, están amenazados por causas de fuerza mayor: cuando está en peligro la vida humana por guerra, por hambre, por plagas o por catástrofes que son ajenas al discurrir pacífico de los que viven en comunidad. Pero que esos cambios, que por el capricho de los que gobiernan, o de los que buscan el premio humano o el halago comprado, alquilado o mentiroso, produzcan más tarde crisis de convivencia, son la matriz de nuestra desgracia histórica. Y eso se hace por el cultivo desmedido del ego o de la cartera.
Me recordaba Blas Piñar, a la salida de aquella visita y en alguna otra ocasión tras la tragedia a la que se enfrenta España en muchos momentos, aquellas palabras de José Antonio tres días antes de ser fusilado, cuando ya se preveía el 18 de Julio: «Queremos una Patria para todos, no para un grupo de privilegiados. Una Patria unida, grande y libre, respetada y próspera. Y para luchar por ella rompamos hoy abiertamente contra las fuerzas enemigas que la tienen secuestrada. Nuestra rebeldía es un acto de servicio a la causa española». Amén.
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