Puede escuchar el artículo

La política de las potencias europeas y el congreso de Angostura

Pablo Victoria Ex Senador y Congresista de la República de Colombia

 

Bolívar, después de su confinamiento en Angostura tras los fracasos militares en La Puerta y en el Rincón de los Toros, amén de nuevas y  humillantes derrotas de sus secuaces en Cariaco, Río Caribe y Carúpano, volvió a refugiarse en Angostura, visto sus planes frustrados de tomarse a Caracas. Allí convocó un Congreso que se reunió el 15 de febrero de 1819 y que adoptó el nombre de la ciudad donde lo inauguró. Las pretensiones de Bolívar están consignadas en su célebre discurso, cuyo contenido fue ampliamente difundido en América, y sobre el que haré una breve referencia.

 

El proyecto de Constitución proclamado por Bolívar contrastaba con las costumbres consuetudinarias en materia política en los antiguos territorios españoles de América. Habían transcurrido trescientos años desde cuando los primeros colonizadores llegaron al continente y establecieron cabildos, leyes, ordenanzas y demás instituciones públicas que mantuvieron el orden y la paz durante tres siglos. A nadie se le había ocurrido que debíamos tener una constitución, si ya las leyes eran nuestra propia constitución, mucho más expeditas de cambiar cuando fuera necesario y adaptar cuando la necesidad y los tiempos lo requirieran. Así que en todo nuestro transcurrir histórico nunca necesitamos de constituciones para respetar las leyes, para imponerlas, o para vivir de acuerdo con los preceptos del respeto a la propiedad, a los derechos adquiridos con justo título, al debido proceso y a los fallos justos que todo juez debe proferir. Pero a este iluminado llamado Bolívar se le metió en la cabeza que debíamos imitar a los Estados Unidos y a la Francia en una organización jurídica que rompía unas larguísimas tradiciones que venían desde Alfonso X El Sabio con sus Siete Partidas.

 

En asuntos políticos la costumbre también había hecho carrera. Los cabildos eran ocupados por los súbditos más notables y acaso más virtuosos que pudieran aspirar y escogerse por el sistema de cooptación entre iguales que se había desarrollado. Tal sistema tenía la ventaja de que eran los pares quienes escogían a sus pares, todo bajo el ojo avizor de la Real Audiencia, que ni permitía malandrines, ni toleraba desafueros. Así nuestras ciudades adquirieron una independencia relativa de todo poder central y, hasta pudiéramos decirlo, se autogobernaban más de acuerdo con sus valores parroquiales que con dirección central. Eran, por tanto, recias, independientes, autónomas, dentro de la lealtad debida y dentro de una diversa cohesión política a España. Allí a nadie se le ocurrió poner condiciones para ser elegido cabildante o alcalde, distinta de los méritos personales y conocimiento  del lugar donde había nacido; pero a Bolívar se le ocurrió todo lo contrario, pero no por contrario, menos estrambótico y auto-benéfico.

Asamblea Constituyente convocada en 1819 por Simón Bolívar. Ésta se reunió en la ciudad de Santo Tomás de Angostura, en la actual Ciudad Bolívar, al éste de la actual Venezuela.

Por ejemplo, en su flamante Discurso de Angostura limitaba el voto a los hombres libres, es decir, excluía a los negros, que no eran libres, e ignoraba a los indios; también lo limitaba a los hombres casados, a los que tuvieran propiedades, y a los que tuvieran una renta o ingresos de por lo menos trescientos pesos. En este esquema, no podían votar los separados de sus mujeres, pero lo más curioso era que no excluía a los oficiales, sargentos y cabos, aunque por otros conceptos estuvieran excluidos. Es decir, era una constitución básicamente castrense y para militares, pues como Bolívar mismo lo dijo, «siendo del fuero de la guerra casi todos los sufragantes». Ni siquiera los reyes absolutistas españoles habrían podido ser tan absolutistas como Bolívar con la Constitución de Angostura. Ahora bien, si Bolívar imponía un castigo al sufragante separado de su mujer, ¿por qué no se imponía él uno vetándose de ser Presidente si vivía amancebado y en escándalo público con cuanta mujer se le atravesara en el camino y, ahí mismo en Angostura, vivía en concubinato con la hermana de Carlos Soublette, Isabel y,  en ocasiones, simultáneamente, con La Pepa, la señorita Josefina Machado? Este personaje hacía las leyes  para todos los demás, menos para sí mismo.

 

Como si fuera poco lo anterior, también manifestó su voluntad de que la Constitución permitiera un senado hereditario. Dijo: «Si el Senado en lugar de ser efectivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra República». Era una especie de república platónica y, por tanto, despótica en su naturaleza misma, por aquello de que los senadores debían ser educados desde su infancia por el Estado. Claro, nunca dijo que el Estado era gente de carne y hueso, no necesariamente probos ciudadanos, que podían inducir a sus alumnos a profesar prácticamente cualquier ideología de las que tantas por allí pululan. Es que Bolívar no concebía la libertad innata del hombre a opinar y a manifestarse libre de toda influencia oficial. De este engendro diabólico decía, refiriéndose a los tales senadores: «desde su infancia sabrían a qué carrera la Providencia los destinaba, y desde muy tiernos elevarían su alma a la dignidad que los espera». Para reforzar esta idea, excogitó en su discurso de instalación el Poder Moral, que debía atender la educación popular; un tribunal «verdaderamente Santo» para tutelar la educación y de «opinión en las penas y castigos», cuyos anales «serán los libros de la virtud», que debía corregir las costumbres con penas morales y cuyos libros debían ser consultados «por el pueblo para las elecciones, por los magistrados para sus resoluciones y por los jueces para sus juicios».

 

«O era muy ingenuo este soñador, o era un loco imbuido de un determinismo absolutamente tiránico. Pero ojo, que también había dispuesto que los primeros senadores de esa república fueran «los libertadores de Venezuela». Y luego pasa al punto donde él revela sus verdaderas intenciones cuando describe cómo debía estar integrado el Poder Ejecutivo: «Aplíquese a Venezuela este Poder Ejecutivo en la persona de un Presidente, nombrado por el Pueblo o por sus Representantes, y habremos dado un gran paso hacia la felicidad nacional». ¿A quién se refería Bolívar de manera tan general y abstracta? A él mismo, claro está, pues es evidente que no iba a dejar que nadie más lo ocupara, pues el tal poder vitalicio, en síntesis, era un rey, pero sin corona. Es decir, quería tumbar un rey para poner a otro rey, coronado con la gloria de haber tumbado al de España, y a fe que lo logró, pues el mismo día, o al día siguiente, de la instalación del Congreso fue elegido Presidente de la República.

¿Cuál era, entonces, el progreso alcanzado a costa  de  toda  la sangre derramada?

El progreso se circunscribía a que Bolívar mismo iba a ser el presidente vitalicio, inimputable como el Rey, pues sólo sus ministros podrían responder ante la Ley.

 

Este proyecto de constitución no fue más que una vulgar imitación de lo que se acostumbraba en Inglaterra y en Francia, después de la Revolución que la plebe francesa creía salvadora de la humanidad. En el caso inglés, la Cámara Alta era sólo ocupada por nobles y sus curules eran hereditarias; en cuanto a la de los Comunes, en esa época sólo la podían ocupar quienes poseyeran propiedades que generaran entre 300 y 600 libras de renta al año, con lo cual, se ha dicho, sólo podía votar el 1% de la población; en la  gran Francia, sólo 20.000 ciudadanos podían aspirar a los cargos representativos, dadas las exigencias de propiedad, y sólo el 0,01% de la población le era permitido votar por las mismas razones; es decir, menos aún que en Inglaterra.

¿Cuál, entonces, había sido el progreso respecto de lo que teníamos con el sistema de cooptación para la elección de dignatarios públicos?

El sueño incial de Simón Bolivar fue su “Gran Colombia “.

Bolívar había pasado de la monarquía a la monocracia, y ese era el régimen que quería establecer, según él mismo lo explicó. Menos mal que los propios amiguetes del Libertador no aceptaron su delirante propuesta del senado hereditario, ni del Poder Moral que pretendía implantar para establecer el llamado reinado de la virtud; todos sabían que el tal Poder Moral podía quedar en manos de seres perfectamente inmorales, como él, o como los que allí se habían reunido, la mayoría de los cuales estaba imbuida de sentimientos absolutamente discordantes, dispares y primitivos.

Fue una gran parodia y una vergüenza para que Bolívar pudiera ser nombrado por sus 26 amiguetes, que asistieron al tal Congreso, Presidente Vitalicio, Dictador, Rey, o como se quiera denominar, aunque lo que se escogió fue también volver a titularlo Libertador y Padre de la Patria. Sí, Padre, pero sin Madre, porque lo que quería era aniquilar a la progenitora España y que su nombre fuera extirpado de toda memoria y vilipendiado de todo recuerdo….


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *