La entrada de San Martín a Lima se producía el 5 de julio de 1821, a raíz de una serie de sublevaciones y traiciones de los realistas; tenían motivos de descontento, entre ellos las serias deficiencias militares del virrey Joaquín de la Pezuela, Primer Marqués de Viluma: el 29 de enero se sublevaban altos oficiales en el campamento de Asnapuquio, en las goteras de Lima, y sustituían a Pezuela con el general José de la Serna y Martínez de Hinojosa. Mientras tanto, San Martín sitiaba la ciudad, sitio que se prolongó varios meses durante los cuales los realistas llegaron a un acuerdo consistente en nombrar a José de la Serna regente del virreinato, con dos asistentes nombrados por las partes contendientes; el cargo iba a durar hasta cuando llegara un príncipe de la casa real española. Finalmente, los españoles rechazaron este esquema de sustitución monárquica. Se había llegado a un punto muerto. El hambre asediaba la ciudad y empeoraba una situación militar que tampoco se definía. Nuevos intentos de negociaciones fracasaron, hasta cuando al fin el regimiento Numancia, compuesto de venezolanos y neogranadinos afectos al Rey, decidió abrazar las armas de la República; el regimiento en cuestión había sido formado en Venezuela en 1816 por Pablo Morillo. El ejército realista se desmoralizó y La Serna abandonó la ciudad el 5 de julio, por lo que ese mismo día la ocupaba San Martín y proclamaba el 28 de julio la independencia de este antiguo territorio, no sin antes sacar el oro y el dinero público y privado de las cajas reales y ponerlos a buen recaudo en los barcos mercantes Jerezana, La Perla y La Luisa surtos en el puerto de Ancón; estos barcos fueron luego saqueados por el vicealmirante inglés Cochrane, quien se apoderó de los caudales y se fugó a Inglaterra, país que sacó más réditos del pillaje que del comercio con América; a partir de este momento los dos caudillos rompieron amistad y alianzas.

Este tipo de saqueos ya se habían producido en Buenos Aires en 1806 con Beresford, de quien se dice, embarcó 40 toneladas de oro amonedado en el navío Narcissus rumbo a Londres; Pueyrredón haría algo similar con la Casa de la Moneda de Potosí en agosto de 1811, de donde sustrae un millón de piezas de plata que envía a Buenos Aires y son entregadas a comerciantes ingleses a cambio de títulos de crédito; las piezas también terminan en Londres, como era de esperarse. En Santa Fe, Guatemala, México y otros lugares de la América Hispana se siguió el mismo ejemplo de saqueos, no siempre bien determinados en cuantía, pero cuyo equivalente se calcula en 2.000 billones de euros al día de hoy. Inglaterra, la eterna enemiga de España se convertía en la beneficiaria del pillaje independentista. La consiguiente escasez de numerario, como en el caso peruano, colombiano y venezolano, forzó a que el metálico fuese sustituido por papel moneda o, en su defecto, por promesas de pago en forma de bonos de deuda pública. La Casa de la Moneda de Lima, sin metales qué acuñar, fue pronto remplazada por el Banco Auxiliar de Papel Moneda; el hecho cierto es que, ya por falta de explotación minera, ya por el saqueo de las cajas, ya por ambas cosas, durante el “Protectorado” de San Martín, en palabras de José de la Riva Agüero, primer presidente del Perú.

“…La escasez de numerario fue tan rigurosa que incluso acabó por afectar al comercio minorista limeño, dándose el curioso caso de la creación de las fichas de pulpero, piezas de plomo, u otro material,  emitidas por colmados, pulperías y bodegas con el objeto de poder realizar compras que a futuro se hiciesen en el mismo establecimiento que las entregaba como cambio… El modelo aún resistió y compitió eficazmente con los cuartillos emitidos por San Martín… Hipólito Unanue, ministro de Hacienda del Protectorado, en el correspondiente decreto ratificó la desaparición de los cuartillos de plata de la circulación, la vigencia no permitida de las señas de plomo de los pulperos, y la emisión de la nueva moneda provisional de cobre de un cuartillo a modo de solución definitiva. Todo inútil, la circulación monetaria limeña de carácter fraccionario siguió descansando en unidades de contrastada solvencia y confianza, las «fichas de pulperos», a pesar de su falta de reconocimiento oficial…”

En el Perú la moneda privada vino a sustituir la devaluada pública, causa de la ruina inflacionaria; las tasas de interés se treparon del 5% al 15% mensual, lo que terminó destruyendo los proyectos productivos, entre ellos los agrícolas. Nos dice Riva Agüero, que “…los propietarios tocaban á cada instante la destrucción de sus propiedades rústicas, ya porque San Martin no respetando el derecho de propiedad, los obligó á que mantuviesen á su costa la caballada del ejército, y los numerosos ganados que éste les había quitado…”

San Martín hacía ostentación de un apetito personal por los bienes ajenos que otros personajes, como Bolívar, jamás demostraron y quien más bien los saqueaba para pagar o alimentar a sus soldados, o para dárselos a sus generales. Robos, igualmente, pero con destinos diferentes. El saqueo de las riquezas acumuladas durante tres siglos y la huida de la clase productiva de estos territorios en buena parte explica el atraso en que se sumieron estos pueblos tras la independencia respecto de los Estados Unidos, por ejemplo, país cuya independencia no tuvo estos dramáticos alcances. De este modo, San Martín se granjeó la animadversión del pueblo y, detrás de ella, la eventual sublevación contra su gobierno.

Fue así como la libertad se redujo a una simple aspiración que, incesantemente repetida y transmitida, llegó a ser para muchos el mayor legado material de la Independencia. Pero no se puede confundir Independencia con Libertad, porque a la eliminación de España como poder político, sucedió la activación de las dictaduras, empezando por la de Bolívar, y saqueos al Tesoro, guerras fratricidas y un largo etcétera de peculados y ruindades con toda su secuela de menoscabo de derechos individuales. Pero en la república vinieron otros tiempos y otros gobiernos que con inusitada frecuencia avasallaban la independencia del poder judicial y su propio poder se utilizaba para legalizar actos reprobables, sin control alguno, como los que ejerció Bolívar y el resto de caudillos alzados en armas.

El viejo orden quedó sustituido por uno nuevo, que ni era orden, ni era bueno. Sin embargo, para empequeñecer el pasado y exaltar el presente, se emplearon métodos abiertos para desacreditar lo antiguo. Así, la leyenda de la tiranía española se convirtió en historia; la rebeldía criolla en legitimidad; la ruina interna en dependencia externa; la pobreza en patrimonio; la barbarie en necesidad; la traición en patriotismo; la arbitrariedad en ley; el cesarismo en liderazgo; la sedición en libertad y la dictadura en democracia.