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Ante la tiranía: la desobediencia civil

El pasado 28 de mayo se celebró la final de la Liga de Campeones, entre el Real Madrid y el Liverpool, en el estadio parisino de Saint-Denis, sito en el barrio de mismo nombre. El comienzo del partido se retrasó como consecuencia del caos que organizaron hordas de jóvenes de origen magrebí —probablemente en su mayoría ya nacidos en Francia— que trataron y consiguieron saltar las vallas y atravesar entradas a la fuerza, hasta colarse en el estadio. Esto, después de asaltar a miles de aficionados españoles y británicos, robando móviles —con entradas para el partido digitalizadas—, carteras y todo aquello que lograron, entre empujones, agresiones, intimidaciones —de tal modo que evidenciaba la organización previa de los grupos de delincuentes—, ante la pasividad de la policía gabacha. Al término del encuentro, las mismas hordas reanudaron los robos y agresiones, campando a sus anchas, amargando la fiesta a los que se habían acercado a Paris —muchas familias con niños— para disfrutar de la final.

Es difícil entender por qué las autoridades francesas —conocedoras de lo muy conflictivo que es el barrio de Saint-Denis, por la barbarie que allí imponen las turbas de jóvenes magrebíes—, pudiendo elegir otro escenario, no sólo decidieran éste, sino que, para más escarnio, no organizasen un contingente policial capaz de blindar los alrededores del estadio y los accesos al mismo. La inmensa mayoría de los medios europeos no informó de los hechos reales, sino asumieron el comunicado de las autoridades de la UEFA que achacaron el retraso del inicio del encuentro a aficionados británicos que pretendían acceder sin localidad. Las mismas corruptas autoridades UEFA que bien se ocuparon de proteger un pasillo de entrada para las personalidades asistentes. 

¿Qué fue Saint-Denis?  Ni más ni menos que la escenificación de la realidad de multitud de barrios islamizados de ciudades europeas. Pequeñas —y no tan pequeñas— repúblicas islámicas como Saint-Denis; Molenbeek-Saint-Jean, en la Bruselas del estado fallido de Bélgica; los londinenses Tower Hamlets, o Leyton, y media capital británica, y no digamos el ya considerado «califato» de Birmingham, donde en barrios como Washwood, Bordesley o Sparbrook, la población musulmana supera el 70%. Más barrios de urbes de Suecia —estado a la deriva—, Alemania, Italia… están a la altura de Saint-Denis. En España vamos camino de lo mismo, si no ponemos remedio a la invasión de la inmigración ilegal que entra cada año como Pedro por su casa, alentada por el efecto llamada que suponen las facilidades dadas por las autoridades españolas, esos políticos al servicio de criminales manipuladores tales como George Soros, entre otros, y sus falsas ONGs. Son miles los distritos en ciudades del Viejo Continente donde se exhiben carteles que advierten textualmente: «Usted está entrando en una zona controlada por la sharia: reglas islámicas obligatorias». Zonas denominadas como «no-go». Barrios donde no se aplican las leyes del país, sino las propias del islam. Centenares, si no miles, de consejos de la Sharia Islámica administran justicia, al margen de las leyes del estado. Pero esta circunstancia la ocultan los medios, y el manifestar contrariedad ante ello supone ser etiquetado de xenófobo.

Recordemos: El 15 de abril de 2019 ardió Notre Dame, destruyéndose por completo su célebre aguja (levantada durante un proyecto de restauración en el siglo XIX), y la mayor parte del techo de roble, original del siglo XIII. Sobre las causas del incendio echó tierra el conjunto de medios informativos franceses y del mundo entero, con un mensaje calcado: no se sabe qué ocasionó el fuego, pero seguro que fue accidental. Da igual la incongruencia. La primera palada de tierra sobre la tragedia fue la del mismísimo Emmanuel Macron, el gran farsante. No importa la verdad, si esa verdad es contraria a los intereses de los urdidores del plan que lapida los cimientos de nuestra civilización. Porque nada tuvo que ver con el incendio de Notre Dame que, un mes antes,  el domingo 17 de marzo, se produjera otro incendio en la Iglesia de Saint Sulpice, la segunda más importante de París, y que en este caso sí asegurase la policía que fue provocado. Sólo en Francia, en 2017 se registraron 878 ataques a iglesias o símbolos cristianos, y 1.063 en 2018.  Nauseabundas profanaciones, imágenes destrozadas o decapitadas, incendios provocados, agresiones a religiosos, etcétera. Según los testigos interrogados por la policía, los autores fueron descritos como jóvenes islamistas. Pero el de Notre Dame fue sin duda un incendio accidental, aunque este se produjese a los pies de la gran aguja, un lugar cerrado, donde no operaba personal alguno y donde no había ningún elemento que pudiera producir algún chispazo. La orden dada era transmitir que el incendio se inició accidentalmente, y eso se hizo. Como se hace ocultando el origen de los agresores sexuales cuando estos son inmigrantes procedentes del Magreb o de cualquier otro lugar del islam. Como se hizo echándoles el muerto de Saint-Denis a la afición del Liverpool, que muy lejos de ser unos angelitos, en esta ocasión fueron más víctimas que verdugos.

La deriva autodestructiva que ha tomado Europa es consecuencia de la idiotización de su población, que, acomplejada, está dispuesta a la más perniciosa de las tolerancias. Se ha adoctrinado al europeo en lo favorable de las políticas de brazos abiertos y consentimiento a una inmigración ilegal (o legal) de individuos que no tienen el menor interés en integrarse en nuestra sociedad, donde dispondrán de libertad de culto, donde se les permitirá practicar sus costumbres y tradiciones, siempre que éstas sean compatibles con nuestras leyes y la razonable convivencia. Eso no les basta, por el contrario pretenden imponer sus costumbres sobre las nuestras: en este comedor escolar nadie come jamón. Las poblaciones procedentes de zonas sometidas al islam tienden a aislarse en lugares que crecen continuamente, que son abandonados por sus originarios pobladores porque se hace imposible la convivencia, como en los barrios antes mencionados. Es un hecho. Una parte de esa población inmigrante se somete a la que lidera la implantación de la sharia. A esto sumémosle la debilidad que parte de esa población, varones jóvenes, observan en la ciudadanía europea, desamparada por sus autoridades, fáciles víctimas de sus prácticas delincuenciales. Observemos Saint-Denis.  Y sumemos a estas circunstancias que son muchos los líderes musulmanes que adoctrinan en mezquitas y madrazas, en esos barrios, sobre el avance del islam en la conquista de Europa. Así lo dijo el presidente de Argelia, Huari Bumedian, en su famoso discurso ante la asamblea de Naciones Unidas en 1974: «Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria. Al igual que los bárbaros acabaron con el Imperio Romano desde dentro, así los hijos del Islam, utilizando el vientre de sus mujeres, colonizarán y someterán a toda Europa». Que nadie se engañe, el objetivo sigue en pie.

La debilitación moral e intelectual de la población europea, así como inducirle  temor y confusión, son «herramientas» que están utilizando las élites criminales que persiguen la consecución de la Agenda 2030, el Nuevo Orden Mundial, que nos llevará a no tener nada y ser felices. El multiculturalismo impuesto sobre nuestras raíces es un aspecto más dirigido a debilitarnos. Derribar los pilares que sustentan nuestra civilización es parte de la estrategia que permitirá eliminar el estado-nación, la soberanía del pueblo sobre su estado-nación. El objetivo es acabar con la Nación, así como con la familia, con la patria potestad de los padres sobre sus hijos, para dar el poder a un organismo supranacional todopoderoso —Naciones Unidas, esa cueva de ladrones y especuladores sobre las vidas e intereses de la humanidad; la ONS, en manos privadas, ahí vemos a Bill Gates como su mayor financiador—, que dirigirán ellos, las élites que congregan los grandes millonarios, emporios financieros y las consabidas familias, tales como los clásicos Rockefeller, Rothschild, Morgan… los nuevos ricos: Gates, Soros, Zuckerberg, Bezos, Musk… y tantos otros, todos carentes de escrúpulos, psicópatas enfermos de ambición. El objetivo es romper Europa, hacer de ella un conglomerado multicultural; debilitar sus principios, más aborto, más ideología de género, más ultrafeminismo, más enfrentamiento entre la ciudadanía. Y temor, mucho temor inoculado: cambio climático apocalíptico, pandemias genocidas por doquier —gripe aviar, covid 19 y sus múltiples mutaciones… la viruela del mono… ¿qué más nos traerán?—, y el consiguiente encierro, el bozal, la aniquilación de la voluntad… Las inoculaciones forzadas de un experimento génico que traerá graves consecuencias, el negocio que ha hecho más rico a los que ya lo eran y enriquecido a los siniestros mercaderes esbirros de gobernantes con quienes han repartidos comisiones. Y ahí han estado, están y estarán los secuaces medios de comunicación para transmitir el acojonante mensaje único; las furcias mediáticas, que dicen algunos sabios. Y los discursos y los mandatos y leyes que han dictado, dictan y dictarán los gobernantes vendidos a sus amos todopoderosos. No hay medios de comunicación, no hay banca, no hay industria que escape a las garras del gran acorazado que ha conformado el emporio Blackrock-Vanguard, el espolón de proa que todo lo puede, que todo lo demuele, para que llano sea el camino del total control de la ciudadanía, al menos, europea. Es un conglomerado infecto, poco —o nada— asimilable por la mayoría de los mortales. Y ellos, mafiosos, los saben, por eso actúan con total descaro; se saben impunes… de momento. Población abducida, acojonada, confundida, ¡ganado para ello!; instituciones nacionales, gobiernos enteros, parlamentos, todo en poder de políticos corruptos, cómplices del crimen, bien pagados… ¿Qué más quieren?  

Del 22 al 26 de mayo pasado se celebró en la localidad suiza de Davos la reunión anual del Foro Económico Mundial, allí, ante el mundo, los lacayos más poderosos y más serviles, carentes de moral, de ética y de honradez —ahí Klaus Schwab y su transhumanismo, Ursula von der Leyen y su vacunación obligatoria unida al pasaporte que nos hará esclavos—, hablaron de cómo seguir avanzando en el control de la población mundial, de cómo dirigir nuestras vidas por el camino que ellos han marcado; de cómo nos obligarán a comer lo que ellos quieran; de cómo no poseeremos nada, porque ellos decidirán dónde viviremos, cómo conduciremos nuestra vida y cuantos pinchazos nos meteremos en el cuerpo cada año. ¿Qué más queremos? Cómo nos controlarán el comportamiento y cómo nos castigarán según seamos o no sumisos. Esa especie de cartilla de racionamiento del vivir, según sean nuestros hábitos del gusto de los todopoderosos. ¿No te lo crees? Pues créetelo, porque el presidente del grupo Alibaba,  J. Michael Evans,  anunció en Davos, sin que se le cayera la cara a trozos de vergüenza, del desarrollo de un «rastreador individual de la huella de carbono», de una tecnología que registrará «qué comemos, qué compramos y cómo y a dónde viajamos». Si a esto sumamos la eliminación del dinero en efectivo que pretenden, que eliminará parte de nuestra intimidad y permitirá sancionarnos bloqueando nuestro sistema de pago electrónico (tarjetas, móvil, etc.), según seamos sumisos o no, como ya sucede en China, estaremos del todo en sus manos. ¿Quieres más? Millones de cámaras por las calles conectadas al programa de reconocimiento facial más avanzado del mundo. El estado macabro implantado en la China comunista es el que quiere establecer en Occidente, al menos en Europa, los urdidores de la Agenda 2030, el Nuevo Orden Mundial, el gran reseteo: el crédito social, una especie de carnet con puntos que crecerán o disminuirán según aceptes genuflexo, sumiso, las directrices del poder. EN CHINA ESTÁ IMPLANTADO, y los arquitectos del Nuevo Orden Mundial en él se han fijado.

En sus manos tienen las tecnologías para controlarnos. Cuatro días de confabulación criminal en Davos, a cara descubierta, echándole la culpa a Putin de todas las desgracias de la humanidad, mientras el más miserable Sánchez ha vuelto a vender España, arrodillándose ante los jefes de la mafia, en busca de su mejor futuro.

¿Qué nos queda ante la tiranía? Para empezar, la desobediencia. Desobedezcamos a la tiranía. Nos jugamos la libertad. 

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