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La traición de los anglófilos

Pablo Victoria     |       Ex Senador y Congresista de la República de Colombia

                                                 

 

La desolación venezolana

Venezuela había concluido el año 1813 en medio del expolio, la ruina y la desolación. El comercio y las actividades económicas habían languidecido hasta la extinción. El dinero escaseaba, ya que también las exportaciones habían sufrido. Lo que circulaba era dinero de baja ley y hasta fichas de hueso llamadas «señas». El Estado obligó a las gentes a entregarle sus objetos de plata con un descuento del 25% de su valor para la acuñación de monedas que volvían a salir de circulación por las necesidades de importar bienes básicos y pertrechos de guerra. La escasez de numerario forzó al Estado a recurrir al clero, que fue obligado a entregar sus alhajas no indispensables al culto para convertirlas en moneda. El campo también padeció similar desolación. Los agricultores dejaban de cultivar por la caída general de los precios, a la par de que eran víctimas de los merodeadores que se ensañaban con ellos.

La inseguridad era total. Las fincas y haciendas eran abandonadas, por lo que el Estado procedió a confiscar muchas de ellas y a venderlas a precios ridículos. La gente se encontraba con que sus propiedades no valían nada y el dinero obtenido por ellas era devorado por la inflación. El país había quedado destrozado y las clases productivas habían huido llevándose lo poco que les quedaba. El hambre y la escasez de comida cundían. La vida social estaba paralizada; la justicia civil y criminal era inexistente, las sentencias escasas y sesgadas; los jueces, mayormente militares, corruptos o en vacancia. La contrarrevolución se había recrudecido en el año 14 y las bandas de forajidos pululaban por doquier, asaltando casas, merodeando caminos, extorsionando personas y asolándolo todo. El éxito de la secesión peligraba. Los realistas se hacían cada vez más fuertes a causa de los desmanes y abusos de los independentistas. Bolívar escribía: «Terribles días estamos atravesando: la sangre corre a torrentes: han desaparecido los tres siglos de cultura, de ilustración y de industria: por todas partes aparecen ruinas de la naturaleza o de la guerra. Parece que todos los males se han desencadenado sobre nuestros desgraciados pueblos››.

A mediados de junio la segunda batalla de La Puerta, donde el Libertador iba a ser derrotado por Boves,  estaba destinada a  ser la que marcaría un hito en el pensamiento político de quien posteriormente iba a alimentar la peor de las traiciones: entregar la América al enemigo secular de España, la Gran Bretaña, amén de haber propiciado, al mes siguiente, el desastre humanitario más grande hasta entonces registrado: el éxodo de Caracas que cobró la vida de miles de ciudadanos, hombres, mujeres y niños, obligados por Bolívar a huir de la ciudad y marchar durante 23 días hacia el Oriente, ¡en tanto el Libertador huía con 104 arrobas de  plata labrada y alhajas que había puesto en 24 cajones y hecho embarcar en La Guaira el 7 de julio rumbo a Cumaná, producto del saqueo de las iglesias!

Allí venían custodias, copones, cálices, candelabros, joyas, pedrerías y diversos otros ornamentos sagrados que, ya estaba acordado, debían repartirse entre Bolívar y Mariño, su émulo del Oriente a donde se dirigía.

 

La Nueva Granada, es cierto, estaba en una situación menos angustiosa, pero también se veía el quebranto por doquier. Las noticias de que España ya estaba liberada y se aprestaba a enviar tropas a las provincias sublevadas era otra fuente de preocupación para los insurrectos. En efecto, España comenzaba a levantarse de las cenizas de la guerra contra Napoleón, quien pronto tendría que defenderse en su propio suelo, el sur de Francia, invadido por las tropas inglesas y españolas a cuya cabeza iba el general Pablo Morillo. Así que los infortunios republicanos en los campos de batalla no sorprendieron a nadie en el año 15 cuando Venezuela y La Nueva Granada en el 16 fueron pacificadas por las tropas de Pablo Morillo y los cabecillas de la rebelión neogranadina puestos en capilla y ejecutados. La ley y el orden eran restablecidos en ambos territorios.

Sin embargo, ya se respiraba en América y, particularmente en la Nueva Granada y Venezuela, nuevos aires de afectación extranjerista. Bolívar olvidaba sus facciones y origen negroide y se regodeaba en la idea de hacerse vasallo del país más negrero del mundo, Inglaterra, que había llevado la discriminación racial a límites insospechados a sus colonias americanas, discriminación que se mantendría por los siguientes dos siglos de independencia. En efecto, mientras a partir del Tratado de Utrech Inglaterra hacía crecer su flota llevando esclavos por todas las tierras del Nuevo Mundo; mientras las fábricas de Londres y Manchester escupían el humo y el hollín sobre la cara de sus habitantes; mientras los niños respiraban el aire envenenado de las fábricas y el Támesis arrastraba las inmundas aguas de la peste y se creaba el infierno sobre la tierra, los criollos, que ya habían despertado del afrancesamiento, ahora abrían los ojos a la anglofilia para comenzar a cambiar de tercio y acomodarse en el mullido colchón del vencedor de Waterloo.

Bolívar, el llamado Libertador que sería de cinco repúblicas, desde su fuga a Jamaica en 1815, veía con mayor claridad que el sometimiento a la Gran Bretaña era la respuesta contra España, devastada por la guerra contra el tirano de Europa. Bolívar era un romántico y, como todo romántico, un soñador. Creía que entregar la América a los británicos era alcanzar «la dicha eterna», como escribió en 1826. Ya en 1811, a poco de ir a Londres, entretenía la idea de que a Inglaterra mucha gracia le haría desquitarse de la injerencia española en la guerra de independencia de sus colonias del Norte. ¿Acaso no sería posible proponer a los ingleses resarcir sus pérdidas coloniales entregándoles la América española a guisa de protectorado, de factoría, de colonia o de posesión, o de lo que fuera? ¿Acaso ya no estaban en la Costa de Mosquitos en Nicaragua y aun en el Darién? ¿Y por qué no empezar por entregarles Panamá? ¿Acaso toda esa comarca, desde Cartagena a Portobelo, no sólo estaba deshabitada, sino que era altamente vulnerable? Todas estas ideas debían airearse en Londres y nadie mejor para acometer dicha tarea que Andrés Bello, teórico representante de un gobierno revolucionario triunfante. Sí, Bolívar y Miranda, debían regresar para consolidar el triunfo que hacía ver a Inglaterra como la salvadora de España, ahora que su poder aumentaba a expensas de la guerra que crecía en ferocidad en la Península.

 

Era la misma guerra que Bolívar ambicionaba llevar contra España en suelo americano. Había que despedazarla, cogerla en dos frentes, simultáneamente; se debía barrer su legado y hasta adoptar la lengua inglesa, no importaba que él mismo tartamudeara en ella y a duras penas se hiciera entender de los amos que buscaba. Estos eran detalles menores, sin importancia alguna. Pero, ¿y qué decir de aquello que escribía más tarde de que «la experiencia nos ha demostrado que ni aun excitado por los estímulos más seductores el siervo español ha combatido contra su dueño?» ¿No había plena demostración de que eran muy afectos a la Casa de Borbón? Sí, pero Bolívar contaba con los criollos de pura cepa, los oligarcas, los afrancesados, que fácilmente podrían cambiar de bandera y adoptar la inglesa, porque ésta era la que ahora se perfilaba victoriosa, y no hay nada más halagüeño que estar con el vencedor. ¿O acaso ya en 1816 no se estaban formando en Santa Fe clubes sociales a la inglesa, y la masonería, antes francesa, no era ahora mayormente cripto-escocesa? ¿Acaso no estaba calando que era mejor rendirse ante el poder británico que ante el poder español que iba a cobrar muy cara la traición, cobro que en 1816 estaba en marcha?

 

Es por esto que Bolívar en Jamaica llama a Inglaterra para que imponga un Nuevo Orden en América a partir de la derrota de los Borbones que para esta fecha ya habían vuelto a posar sus reales en España. «La gran federación americana no se puede lograr si los ingleses no la protegen con su alma y con su cuerpo», habrá de decir. Por eso también escribió a Maxwell Hyslop, el comerciante británico que le prestaba ayuda económica a cambio de promesas aéreas y de embelecos tales como que «los montes de Nueva Granada son de oro y de plata…», ¾escribió, digo, lo siguiente: «Ya es tiempo, señor, y quizás es el último período en que Inglaterra puede y debe tomar parte en la suerte de este inmenso hemisferio que va a sucumbir o exterminarse, si una nación poderosa no le presta su apoyo… pero la pérdida incalculable que va a hacer la Gran Bretaña consiste en todo el continente meridional de la América, que, protegido por sus armas y comercio, extraería de su seno, en el corto espacio de sólo diez años, más metales preciosos que los que circulan en el universo… Yo deseo continuar sirviendo a mi patria para el bien de la humanidad y el aumento del comercio británico…»

Juzgue, entonces el lector, si el verdadero sueño de Bolívar era alcanzar la libertad que él quería darle a la América española. Bolívar encarnaba el idealismo más utópico, la grandilocuencia más pueril, la abyección más servil.


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