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El pasado noviembre, el rotativo italiano Il Corriere della Sera hizo público un documento interno cursado por la comisaria europea de Igualdad, la socialista maltesa Helena Dalli, en el que se instaba a los funcionarios de la Unión Europea a evitar «considerar que alguien es cristiano», a «ser sensible al hecho de que las personas tienen tradiciones religiosas diferentes»,  a felicitar las «fiestas» y no «la Navidad». Ante las críticas multitudinarias, la comisaria publicó en su cuenta de Twitter que el documento se había retirado y que «No es un documento definitivo y dichas pautas necesitan más trabajo». A no ser por la perversidad de las intenciones de esta iniciativa, diría de la comisaria que es imbécil. Lo cierto es que la jugada le salió mal a la secuaz de George Soros, en su campaña de demolición del Cristianismo en Europa, favoreciendo la penetración del multiculturalismo (que no pluriculturalismo natural no forzado) que lleva al Viejo Continente al precipicio. La Comunidad Europea —como Naciones Unidas y todos sus organismos, tales como la OMS, UNICEF, etcétera— está en manos de las élites que urden la consecución de la criminal Agenda 2030, y en consecuencia la implantación del «nuevo orden mundial»,  que hará, si no lo paramos, de los ciudadanos, particularmente europeos, sumisos borreguitos sin libertad.

Atemorizar hasta el pánico irracional a la ciudadanía es parte de la estrategia que siguen los globalistas, apoyados en los medios de comunicación más poderosos (y más cobardes, de todo tamaño), de los que son propietarios, junto con la canalla política corrupta hasta las cejas en su mayoría. Digamos, por ejemplo, que el conocido psicópata Pedro Sánchez sigue las directrices del aún más psicópata Soros; mientras que el amoral Ángel Víctor Torres, presidente del Gobierno canario, genuflexo hasta el vómito, sigue las del propio Sánchez.

Además del adoctrinamiento en la nueva ideología ecologista —cuyo pilar fundamental es el llamado «cambio climático», que nos lleva al apocalíptico «calentamiento global»—, desde hace casi dos años venimos padeciendo la inoculación en vena, ojos y oídos, de la llamada pandemia producida por el covid-19, ese virus que reconoce no haber aislado el mismísimo Ministerio de Sanidad. La misma llamada pandemia con cuya excusa nos encerraron durante meses a los sumisos ciudadanos de gran parte de Occidente (barrenando la economía de millones de autónomos y pequeños y medianos empresarios, no así, por supuesto, el negocio de la banca y de la mayoría de los emporios multinacionales), especialmente; y con cuya excusa se está pinchando a millones de ciudadanos inciertos engrudos, que enriquecen aún más a los accionistas de las farmacéuticas creadoras de las llamadas «vacunas» fruto de altísimas y avanzadas tecnologías, tan altísimas y avanzadas como las tecnologías que propiciaron la fabricación de los dos famosos artefactos que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki.

De manera muy destacada, trabaja en pro de la consecución de la criminal Agenda 2030 la presidente de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen, como lo hizo la también la alemana Angela Merkel.  La misma Ursula —cuyo marido, Heiko, está vinculado a las farmacéuticas Pfizer y Moderna, a través de la biotecnológica estadounidense Orgenesis (de la que es director médico), especializada en terapias génicas—,  trabaja enconadamente en hacer posible la obligatoriedad de la «vacunación» a la totalidad de los habitantes de la Unión Europea, llegando a proponer la derogación del Código de Nuremberg, y lo que fuere menester, ¡cómo no!, que para algo es la Von der Leyen de sangre azul (título que les concedió a los Von der Leyen el mismísimo Napoleón Bonaparte, cuando el genocida gabacho se hizo con aquella parte de la hoy Alemania, por lo amable y cariñosamente que le hospedaron en su castillo los heroicos antepasados de la presidente de la Comisión Europea) . El 22 de diciembre pasado, Ursula von der Leyen escribía en su cuenta de Twitter:

«¡Los países de la UE ya han emitido mil millones de certificados COVID digitales! Nuestro certificado Bandera de la Unión Europea ha establecido un estándar global, con 60 países y territorios conectados. Permite viajar de forma segura por la UE y más allá.»

Si la Unión Europea suma 447 millones de habitantes, y según el Centro de Documentación Europea, a fecha de 20 de diciembre de 2021, los vacunados de las dos primeras dosis son aproximadamente un 70% de la población, ¿de dónde salen los mil millones de certificados covid?

Afirma Ursula que la inoculación «Permite viajar de forma segura por la UE y más allá», cuando la mayor parte de los ingresados por covid-19 llevan en el cuerpo las dos dosis del engrudo.  Miente la baronesa. Mienten todos los secuaces, tan bien pagados, de Soros, Gates, los Rothschild, los Rockefeller y demás panda aficionada a las prácticas napoleónicas.

El 25 de diciembre —justo el día que escribo este artículo—,  Ursula von der Leyen publicaba en su cuenta de Twitter:

«La Navidad vuelve a ser diferente este año. Mis pensamientos están con todos aquellos que no pueden reunirse con sus seres queridos debido a la pandemia. Mantengámonos fuertes. Mantengámonos a salvo. Tengamos esperanza. Les deseo a todos una Feliz Navidad.»

Leí este tuit de la baronesa Von der Leyen y se me revolvió el estómago. Tendremos que mantener a salvo a nuestros hijos de tus garras, baronesa. Tendríamos que preguntarle si ha pinchado a sus hijos, o a sus nietos, puesto que los primeros, por edad, decidirán por sí mismos. Nos desea una feliz Navidad, la anfitriona del tirano comunista Xi Jinping, en el último Foro de Davos, aquel que concluyó que en 2030 los ciudadanos europeos no tendremos nada, pero seremos felices, especialmente felices las élites corrompidas, como lo son los participantes de aquella reunión. ¿Nos desea una feliz Navidad a la totalidad de los europeos? A los inoculados solamente, imagino, puesto que a los que nos resistimos a que nos arrebaten  nuestra libertad de elegir si nos pinchan o no; a los que nos negamos a que nos discriminen con un repugnante pasaporte-covid; a los que nos resistimos a admitir un pensamiento único, un mensaje único que enfrenta a la ciudadanía, a nosotros, no nos deseará feliz Navidad, la cínica baronesa.

Hoy ya son muchos los teatros, cines, bares, restaurantes y multitud de centros e instalaciones de organismos municipales, autonómicos y demás (éstos últimos mantenidos con nuestros impuestos), en toda España (y resto de Europa), que exigen el pasaporte-covid para poder acceder a su interior. Es ésta una medida anticonstitucional, que además se salta a la torera la  tan cacareada Ley Orgánica de Protección de Datos; discriminando a unos españoles sobre otros. Entre tanto, habrá millones de ciudadanos que harán uso de su pasaporte soñado, ese que le dará la posibilidad de moverse por España como pajarillos, de entrar donde les plazca, de observar el escenario del teatro con el bozal a modo de mascarilla de la nuez hasta las cejas, disfrutando de esa libertad prestada. Sí, ingenuos, prestada, con fecha de caducidad, según les dé a los que mañana difundirán el nacimiento de otra cepa a la que llamarán sigma, omega o como le venga en ganas a Tedros Adhanom o a quien le dé las órdenes a este lacayo del mal, puesto que poner nombre al asesino lo hace más terrorífico. Y ya hay una tercera dosis, y habrá una cuarta, y una quinta, y una sexta, y te la has pinchado o no habrá para ti el deplorable pasaporte, paisano.

Ingenuos los alegres y felices portadores del pasaporte-covid, ingenuos y cómplices del atropello aquellos que hagan uso de él, como un privilegio concedido a quienes clavan la radilla. Porque aquí se trata de la defensa de la libertad individual, la libertad de decidir inocularse o no, la de discrepar o no, sea de lo que fuere, y esta cuestión absolutamente fundamental nos debería atañer a todos. Aquellos que aplauden la obligatoriedad del macabro pasaporte, ingenuos, insisto, no han entendido que el pérfido documento a ellos los hace esclavos, porque quienes nos negamos a ser sometidos elegimos la libertad.

 

 

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