La tormenta perfecta que desearía el mismísimo Belcebú.

La ministra de Igualdad, Irene Montero, pretende sacar adelante lo que se ha venido a llamar Ley Trans, que es de momento un proyecto de ley que así de rimbombante se enuncia: Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI. Solo teniendo en cuenta que, por la aprobación de esta pretendida ley, un adolescente de 16 años podría someterse, sin autorización de sus padres, sin necesidad de examen psicológico o médico, a un tratamiento hormonal y de químicos que alterarían su desarrollo natural, en la “transición” deseada, además de someterse a la amputación de los genitales y las mamas, estaríamos ante una  aberración que podría llevar a muchos niños y adolescentes a una terrible situación irreversible, dado que la mayoría de los menores que dicen sentirse del sexo contrario al que la naturaleza le ha otorgado, terminan rectificando en cuanto maduran intelectualmente. Sumemos a lo anterior que esta ley prevé tratamientos a menores no aconsejados por la Agencia del Medicamento; y, además, la denuncia de varias asociaciones feministas que han presentado informes que revelan «efectos secundarios graves» causados por los químicos con los que se trata a los menores transexuales. Algunos de los fármacos son utilizados en cáncer de próstata y en la castración química. Es escalofriante. La pretendida ley permitiría que un menor de 12 años pudiese, bajo la tutela del Estado, registrarse como mujer, siendo varón, o viceversa, así como someterse al referido proceso de aparente cambio, puesto que nunca podría cambiar la biología, los genes con lo que vio la luz.

Circunstancias como éstas supondrían —ya suponen de hecho con la legislación actual— incrementar el dolor, la angustia y la confusión a los padres de esos niños y adolescentes que manifiestan tal sentimiento y la consiguiente voluntad, a los que se les arrebataría la patria potestad de manifestarse contrarios a la voluntad del menor. Son muchos los miembros del colectivo LGTBI que visitan centros escolares impartiendo charlas y dirigiendo actividades que no pretenden otra cosa que captar adeptos a su perniciosa causa. Y muchos los menores, que, llevados por el mensaje de moda, por el adoctrinamiento subversivo a través del cine, series televisivas, cuentos infantiles, con la inmadurez propia de la edad, manifiestan sentirse del sexo opuesto al que nació. Es entonces cuando la máquina trituradora de docentes abducidos o cobardes o ambas cosas, de psicólogos y sanitarios de la misma ralea desplegarán todo tipo de argucias para conducir al menor, entre vítores y aplausos, al túnel negro de la transición, cuando aún ni tienen edad para votar o para salir de excursión con el colegio sin el consentimiento de los padres por escrito.

Ya son legión los adolescentes, chicos y chicas, hoy jóvenes veinteañeros, que manifiestan con amargura la decisión que tomaron algunos años antes, conducidos por el ambiente asfixiante hasta el muy agresivo tratamiento hormonal y químico, e incluso hasta el quirófano, donde un cirujano sin escrúpulos le amputó los genitales. Son cada vez más las víctimas del sistema que han denunciado a sus verdugos. En Reino Unido sobrepasan las mil familias que se plantean denunciar (algunas ya lo han hecho) a la clínica Tavistock, especializada en cambios de género en menores y con problemas de salud mental, por la agresividad de los fármacos aplicados que han afectado a la salud de los jóvenes, de forma irreversible. Son muchos los aspectos abominables de esta pretendida ley impulsada por Irene Montero —y la patulea de extrema izquierda más la progresía secuaz de la criminal Agenda 2030—, aplaudida por el sector LGTBI, desquiciado hasta la náusea. Proyecto de ley denostado por sectores feministas históricos —ex militantes destacadas de Podemos, muchas de ellas—, que principalmente denuncian la equiparación entre la mujer y el hombre que se registra como mujer, cambiando o no de nombre (circunstancia no imprescindible).  Afirman, con razón, que el tratamiento al que se somete un hombre para hacerse mujer no le hace mujer, puesto que la biología, la genética, son imposibles de cambiar. El hombre tiene pene y la mujer vagina. La mujer menstrua, el hombre, no. La mujer puede gestar un niño, ser madre; el hombre, no. Así como protestan las feministas clásicas por la incursión de mujeres-trans, hombres en toda regla, en el deporte femenino, con la desventaja evidente que supone para las mujeres la mayor fuerza y capacidad cardiovascular del varón. Ya están arrasando en diferentes disciplinas deportivas multitud de hombres auto-percibidos mujer, que en absoluto destacaban en su categoría masculina.

De la amoralidad enfermiza de sujetos como Irene Montero y Pedro Sánchez (quien apoya la ley, por razones obvias) pocos podrían extrañarse, pero la mansedumbre de una parte no pequeña de la población ante leyes criminales como ésta, así como la del aborto —un genocidio de inocentes—, sí debiera ser motivo de suma preocupación. Este escenario de anormalidades criminales, donde una parte abducida de la ciudadanía señala, vitupera, ofende, escupe, agrede… —porque de todo esto se da, según el grado de fanatismo— a quien defiende la vida en el vientre materno, o a quien ampara la patria potestad de unos padres sobre sus hijos, aun incapaces de defenderse por sí mismos. Este escenario, decía, no ha surgido de la noche a la mañana. Este adoctrinamiento lleva décadas inoculándose a millones de personas en Occidente, a varias generaciones, a través del cine y series de televisión (especialmente anglosajonas), a través de artículos y reportajes de prensa, programas y tertulias televisivas y radiofónicas, y en la última década con el apoyo de las llamadas redes sociales a los publicadores de mensajes políticamente correctos, mientras se censura y condena a los disidentes, a los defensores de la libertad de disentir.

Me refiero especialmente en este artículo a la Ideología de Género y su brazo armado, el clan LGTBI, pero el adoctrinamiento sobre la población occidental se viene aplicando sobre otras muchas materias: el cambio climático que nos conduce al apocalíptico calentamiento global, obra de la perniciosa mano del hombre; el animalismo irracional; el abrazo irresponsable al pluriculturalismo y a la inmigración ilegal, con argumentos inmaduros que denotan una enorme ignorancia sobre la cuestión; las pandemias igualmente apocalípticas y las consiguientes inoculaciones de fármacos inciertos, tan reciente. Se ha venido preparando a la población meticulosamente, sin dar puntada sin hilo. Las mentes de Occidente se han ablandado como la de los borregos, obedecedores ciegos, unos detrás de los otros siguiendo los ladridos del perro pastor. Se trata de atemorizar y confundir en extremo a la población, someterla hasta tal punto que, una vez de rodillas, te agradezcan que bajo esas rodillas les pongas un felpudo. ¿Cómo se consigue amansar a miles de millones de seres pensantes? ¿Quiénes puede lograr semejante empresa? Aquellos que alcanzan el máximo poder, como ha venido sucediendo desde el término de la Segunda Guerra Mundial, querrán dominar el mundo. Y hemos llegado a tan abominable circunstancia. Jamás se había concentrado tal poder económico (que lo es todo) como el que suman BlackRock y Vanguard Group, las gestoras de capital más grandes del mundo. La culminación del poder anglosajón, hoy por hoy la mayor amenaza que pende sobre las cabezas de los ciudadanos, al memos, de Occidente. BlackRock posee 7,091 billones de euros de activos, y Vanguard, 5,931; a fecha de noviembre de 2021 (fuente: FundsPeople). Suman 13,022 billones de euros, que les da un poder jamás concentrado, puesto que BlackRock está participada por Vanguard y viceversa. Las familias más ricas del mundo son también los grandes accionistas de este emporio, ahí están los Rockefeller, Rothschild, Morgan, Ford, Busch, etc. Y también están los Bill Gate, George Soros, Bezos, y tantos otros, los creadores de las nuevas tecnológicas. Este tándem financiero posee participaciones mayoritarias en banca, alimentación, farmacéuticas, industria, tecnológicas, energía, armamento, medios de comunicación y un largo etcétera. Son dueños del mundo. Y todos los mencionados (y muchos más) son los urdidores en mayor o menor medida de la Agenda 2030, del gran reseteo, del Nuevo Orden Mundial, que nos hará esclavos de eses élites.

Centrémonos en el negocio multimillonario que suponen las miles de millones de inoculaciones de fármacos mal llamados vacunas, que se han inyectado —a la fuerza, con patrañas y amenazas, previa atemorización mediática y política— y se pretende seguir aplicando con la excusa de la pasada falsa pandemia y las que vendrán. Y pensemos en los millones de personas sujetas a fármacos de por vida para mantenerse en la interminable transición trans. Tomemos como ejemplos estas dos circunstancias. Ellos —esas élites enfermas de poder, de codicia, de endiosamiento—, poseen las farmacéuticas que producen los fármacos; ellos poseen el 90% de los medios de comunicación, más editoriales y soportes tecnológicos del mundo —y sumemos las televisiones y radios estatales al servicio de los gobernantes, que a su vez han vendido su alma al mejor postor—, una máquina de adoctrinamiento brutal. Ellos controlan la banca mundial, dan créditos o los niegan a los estados dirigidos por mandatarios sumisos, corrompidos, o no, que son los menos con enorme diferencia.

Millones de médicos, científicos, periodistas, juristas, políticos, están al servicio de estas élites, de las que reciben cuantiosa plata, directa o indirectamente. Millones de corruptos delincuentes que mienten a sabiendas, que aprietan el gatillo cada día, sin, al parecer, remordimiento. Aquelarre siniestro que pagamos todos los contribuyentes, con las consabidas comisiones a intermediarios. Nos jugamos la libertad, la salud y la vida. Es la satánica tormenta perfecta. 

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