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Por Jesús Villanueva Jiménez

Autor de El Fuego de Bronce.

(Publicado en El Día el 29 de julio de 2018)

Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana (Aranda de Duero, Burgos, 1729 – Santa Cruz de Tenerife 1799) fue un Mariscal de Campo español, reconocido entre otros logros por haber repelido el ataque de la Marina Británica a la isla de Tenerife en 1797. Gutiérrez participó en 1770 en la expedición española a las Islas Malvinas tras zarpar el 11 de marzo de 1770 de Montevideo bajo el mando del capitán de navío Juan Ignacio de Madariaga. Durante dicha expedición derrotó a los ingleses bajo el mando del capitán William Malby y tomó Fort George, Puerto Egmont, con lo que restableció la soberanía española en el archipiélago. Antonio Gutiérrez asimismo participó en la expedición contra Argel de 1775 y en el Bloqueo de Gibraltar. Era por esa época Comandante de la isla de Menorca y Gobernador de Mahón y ostentaba el mando general de las Armas del Reino de Mallorca. Después de esa campaña fue ascendido a Mariscal de Campo y nombrado Comandante General de las Islas Canarias en 1790, teniendo su residencia en Santa Cruz de Tenerife. Durante los días 21, 22, 23, 24 y 25 de julio de 1797 la isla se vio atacada por una escuadra británica mandada por el contralmirante Horacio Nelson, formada por siete navíos y fragatas y un total de 900 hombres como tropas de desembarco, que pretendía la conquista de la isla. En aquellos momentos Canarias prácticamente carecía de unidades militares, por lo que la defensa corría a cargo de milicias formadas por los propios vecinos. A pesar de las escasas defensas, las milicias bajo el mando de Gutiérrez repelieron el asalto. La escuadra británica sufrió un total de 226 muertos y 123 heridos, incluyendo al propio Nelson que perdió un brazo, y los españoles tan solo 23 fallecidos y 40 heridos.

 

Acabamos de celebrar el 221º aniversario de la victoria de Santa Cruz, al mando del general Gutiérrez, sobre la invasora escuadra británica comandada por Horatio Nelson, nuestra Gesta del 25 de Julio de 1797. A estas alturas me atrevo a afirmar que la mayoría de los tinerfeños conocen, al menos en lo básico, el acontecimiento histórico, sin embargo no sucede así en todo el archipiélago y menos aún en las demás regiones de España. Aunque no es una circunstancia excepcional, lamentablemente, en relación a los anales de nuestra nación. Lo cierto es que —para orgullo de los españoles, particularmente de los tinerfeños y no digamos ya de los chicharreros— aquella victoria, nuestra Gesta, supone un hecho histórico de primerísimo orden y un anal universal. Quizá algunos lectores puedan pensar que exagero al hacer tal afirmación, y que nuestra Gesta no fue más que una refriega de segundo orden. Nada más lejos de la realidad. Así que, principalmente para ellos, expondré los argumentos que avalan mi afirmación.

 

Nuestra Gesta del 25 de Julio de 1797, un acontecimiento histórico de alcance universal

Consideremos primero que una parte importante de la sociedad española —ya desde la segunda mitad del siglo XIX— ha admitido como cierta la versión anglosajona de los avatares acaecidos entre España e Inglaterra durante los siglos XVI, XVII y XVIII, que sumaba al falaz argumentario de la Leyenda Negra el ocultar en su historiografía —cuando no falsearla— victorias españolas sobre los ingleses. De hecho, es comúnmente aceptado como cierto por gran parte de los españoles la hegemonía de la Armada británica sobre la española en la mar océano —que se decía entonces— en el globo terráqueo. Falso de toda falsedad, fruto de la propaganda anglosajona y el papatanismo de ciertos sectores intelectuales españoles. Vamos con algunos ejemplos. Se propagó la idea de que la Armada inglesa tuvo en jaque a la española durante la guerra librada entre 1585 y 1604, en el transcurso de la cual se creó la leyenda del desastre de la Armada Invencible —que así bautizaron los británicos—. Sólo leyenda, porque lo cierto es que hubo tres armadas españolas que trataron de invadir la Pérfida Albión, y que en los tres casos fueron los «elementos» quienes impidieron alcanzar el objetivo, y en ningún caso los daños a nuestra Armada fueron irreparables. Por el contrario, fueron los británicos los que sufrieron uno tras otro numerosas derrotas.  En ese —y en todos los periodos—, España defendió con éxito la Flota de Indias, a la que no pudieron hacer daño los ingleses, por más que lo intentaron. En esa guerra, todos los ataques a posesiones españolas en ultramar fueron rechazados, haciendo gran daño al enemigo. Sin ir más lejos, el corsario Francis Drake atacó el Real de Las Palmas el 4 de octubre de 1595, siendo derrotado de manera fulminante por el gobernador Alonso de Alvarado, que causó multitud de daños al inglés. Aquella guerra la ganó España, y así se refleja en el Tratado de Londres de 1604, en el que Jacobo I se comprometía con nuestro Felipe III a no intervenir en los asuntos continentales a favor de enemigos de España; especificándose la renuncia inglesa a prestar ninguna ayuda a los Países Bajos —como sabemos, en conflictos por entonces con nuestra nación—; también se comprometía el rey derrotado a franquear el canal de la Mancha al transporte marítimo español, permitiendo a los buques hispanos a atracar en los puertos ingleses y en ellos avituallarse. Asimismo prohibía a sus súbditos transportar mercaderías de España a las Provincias Unidas de los Países Bajos y viceversa, así como se obligaba a suspender la piratería contra barcos y posesiones españolas en el Atlántico. Las cesiones españolas fueron mucho menos importantes. ¿Acaso firmaría tales concesiones un rey victorioso? No, lógicamente.

Recordemos otra victoria española sobre los británicos falseada por los derrotados: la defensa victoriosa de Cartagena de Indias, alcanzada por el almirante Blas de Lezo en 1741, cuando fue atacada por una imponente flota de 200 buques con casi 30.000 hombres al mando del almirante Edward Vernon, contra tres navíos y una décima parte de españoles defensores de la plaza. Estrepitosa derrota británica —perdieron casi toda la oficialidad, 6.000 muertos, 7.500 heridos y 50 buques—, sobre la que el rey Jorge II prohibió hablar ni escribir, supinamente humillado e irritado, pues, para más inri, al haber adelantado Vernon la noticia de la derrota española —vendiendo la piel del oso antes de cazarlo—, el monarca inglés ordenó realizar varias series de miles de monedas y medallas conmemorativas de la victoria que nunca existió. La habitual práctica de redactar la historia a su conveniencia —más si con ello se menospreciaba los logros españoles— alcanza tal falta de escrúpulos, que hasta  atribuyen los británicos al corsario Francis Drake la primera vuelta al mundo, cuando fue el español Juan Sebastián de Elcano cincuenta años antes, expedición auspiciada por Carlos I; así como también atribuyen a Drake el traer desde América la papa a Europa —tubérculo que evitó las habituales hambrunas en el Viejo Continente—, cuando fueron nuestros conquistadores sesenta años antes; así como mantienen que fue James Cook el descubridor de las islas Hawái, falso de toda falsedad, puesto que fue el marino malagueño Ruy López de Villalobos dos siglos antes. Y así, suma y sigue.

Líneas de fuego con sus bocas saliendo por las troneras de un navío de línea.

 

En Gran Bretaña se ocultó la derrota de Nelson en Santa Cruz, y es ignorada por la inmensa mayoría de su población

Pues bien, refrescada la memoria del amable lector, que sepa también que no cambiaron su modo de proceder los británicos en relación a la rotunda derrota sufrida por Nelson en Santa Cruz. La población británica en su inmensa mayoría —incluso hispanistas reputados, aunque parezca mentira—, ignora este capítulo de la vida del idolatrado marino. Muchos creen que el brazo derecho lo perdió en Trafalgar, creencia disparatada, puesto que, como sabemos, en esa batalla perdió la vida. Desde un principio, los historiadores y prensa británica quitaron importancia a la derrota, argumentando que aquella expedición de Nelson no fue más que una escaramuza sin pretensiones de conquista, para luego ocultarla absolutamente, no incluyéndola en la biografía de Nelson. Curiosamente, el rey Jorge II, al conocer la derrota sin paliativos del de Norfolk, se mostró indignado y manifestó un enfado considerable. Actitud que abandonó al poco, condecorando al contralmirante a su regreso a Gran Bretaña, luego de la debacle. ¿Por qué? Imagino que, fiel a la política británica sobre estos asuntos bélicos, quizá aconsejado por el todopoderoso Almirantazgo, consideró más productivo quitarle hierro al asunto y elevar aún más los méritos del héroe de la batalla del Cabo de San Vicente. La leyenda de lord Nelson se incrementaba.

 

¿Por qué nuestra Gesta es un acontecimiento histórico de alcance universal?

Fundamentalmente, porque el comandante de la flota que atacó Santa Cruz, con la intención de invadir y apropiarse de la isla, al menos —escrito está que pretendían continuar desembarcos en las otras seis islas canarias—, no es otro que el marino anglosajón más valorado e idolatrado de la historia (y uno de los más considerados en el mundo), elevado a los altares por sus hazañas bélicas, causante de las derrotas más importantes de la Armada de Napoleón Bonaparte. En Santa Cruz, el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero derrotó al marino anglosajón considerado el más avezado estratega de la historia de la Royal Navy, lo que eleva el mérito de la victoria tinerfeña y la importancia de la misma en los anales universales.

Recordemos que poco antes del ataque a Santa Cruz, Nelson había sido nombrado Sir y ascendido a contralmirante, por su determinante audaz acción en la batalla del Cabo de San Vicente, que llevó a la victoria a la flota británica sobre la española el 14 de febrero de 1797 —por lo que nuestra flota se vio bloqueada en Cádiz, lo que animó a Nelson a proponer el ataque a un Santa Cruz desasistido de su Armada—, lo que le granjeó la admiración de sus hombres y del mismo almirante Jervis, comandante de la Armada británica en el Mediterráneo, beneficiado también con la victoria. Imaginemos que Nelson en vez de recibir el impacto de la metralla en el codo lo recibe en la cabeza y pierde la vida en el desembarco de la madrugada del 25 de julio. Ahí se hubiera truncado la leyenda que empezaba a nacer. Sin embargo, para beneficio de la Gran Bretaña, tan sólo perdió el brazo, como sabemos amputado en el navío Theseus, dado el estado del mismo, destrozado a la altura del codo por la metralla del legendario cañón El Tigre, providencialmente posicionado por el teniente Grandi, apuntando a la playa de la Alameda.

Nelson se convirtió en el peor enemigo del tirano Bonaparte en la guerra librada en el mar. Recordémoslo. Luego de un año de dolorosa recuperación en su casa, cuando creía que se vería abocado a abandonar su amada carrera, se reincorporó al servicio y al poco, entre 1 al 3 de agosto de 1798, en la bahía de Abu Qir, junto a la desembocadura del Nilo, al mando de una escuadra de 14 navíos, derrotó a la flota francesa allí fondeada, destruyendo una parte importante de la Armada francesa. Casi dos años después, el 2 de abril de 1801, en el puerto de Copenhague, ya emprendido el combate entre la escuadra británica contra las flotas de Dinamarca y Noruega, aliadas de Napoleón, siendo Nelson por entonces segundo del almirante Hyde Parker, desobedeciendo las órdenes de éste, que ordenó la retirada, su acción arrojada les condujo a la victoria. Su leyenda se incrementaba. Bien conocemos su última victoria, la dada en Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, contra la flota anglo-española, mitad éxito propio, mitad derrota entregada en bandeja por el inútil vicealmirante francés Pierre Villeneuve. Poco podría hacer ya Napoleón en los mares.

El lector no muy ducho en historia comprenderá ahora por qué alcanzó un mérito enorme la victoria tinerfeña sobre Nelson, aquel 25 de Julio de 1797. Victoria que aún más debe ensalzarse al darse entre dos fuerzas desiguales, puesto que los británicos —al margen de verse desfavorecidos por las mareas contrarias, a las que tanto enemigo de nuestros logros aluden—, contaban con una fuerza de asalto que podíamos estimar en el 75% de sus efectivos, 1.500 hombres de guerra (de los 2.000 que traía), bien armados, instruidos y experimentados, contra los 247 soldados del Batallón de Infantería de Canarias, la única tropa profesional y bien armada con la que pudo contar el general Gutiérrez. De los 1.500 campesinos de las Milicias Provinciales —recordémoslas: La Laguna, La Orotava, Garachico, Güímar y Abona—, sólo contaban con mosquetes el 15% de ellos, los demás fueron a la batalla armados de chuzos y rozaderas. Sumamos los 60 reclutas de las banderas de la Habana y Cuba, también campesinos inexpertos. Y los 110 franceses de La Mutine, más hombres de mar que soldados, aunque ciertamente se batieron con ardor. De nuestros artilleros sólo 60 eran profesionales, hasta los 360 necesarios para servir los 89 cañones de los baluartes, todos eran milicianos restados a los 1.500 citados.

Gutiérrez planteó la mejor defensa posible y acertó, con el concurso fundamental de la artillería y del Batallón de Infantería, que se vio reforzado por los ardorosos milicianos, que, dadas sus limitaciones, son dignos de admiración. Por su lado, Nelson menospreció las defensas españolas y tampoco tuvo en Troubridge, su segundo, precisamente un avezado colaborador, puesto que erró estrepitosamente al decidir dar media vuelta en el primer intento de desembarco, al amanecer del 22, al verse descubierto y desbaratada la sorpresa. ¿Pretendía el capitán del Culloden desembarcar dando un paseo por la playa, sin más estorbo que el solajero de aquel tórrido julio? Aunque, en mi opinión, fue el propio Nelson quien cometió el más grave de los errores, al mandar él mismo —comandante de la expedición— el desembarco del 25, exponiéndose al fuego español. Bien conocemos el resultado: perdió su brazo derecho, casi le cuesta la vida y provocó en sus hombres desembarcados una incertidumbre que les pesó como la losa del mausoleo que hoy custodia los restos mortales del contralmirante.

El general Gutiérrez —que murió año y medio después, sin saber la importancia real de su última victoriosa batalla— y aquellos hombres y mujeres abnegados, los que combatieron por su libertad e independencia, por su patria y por su rey, por su religión católica —no lo dudemos—, por su dignidad, por la seguridad de sus familias, por principios fundamentales que hoy se ven, lamentablemente, tan abandonados, todos ellos, nuestros ancestros compatriotas, merecen nuestro más alto reconocimiento y máxima gratitud. Y los que hoy poblamos este histórico suelo, esta bendita tierra española avanzada en el Atlántico, esta isla tinerfeña y todas las Canarias —que aquí combatieron paisanos de todas ella—, debemos sentirnos henchidos de orgullo, porque aquella nuestra Gesta del 25 de Julio de 1797 es, sin duda alguna, un acontecimiento de alcance universal, que engrosa brillantemente el libro de nuestra Historia.

 

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