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Santiago dirige el índice hacia la tecla intro, duda un instante y al fin le da el toque a modo de picotazo de escorpión. Su comentario, ilustrado con una foto del famoso lienzo El grito, de Edvard Munch, se ha hecho público en Facebook. Se pone el sol. La tarde es gris. El silencio fuera es atronador.

 

«¿A qué te metes en estos follones?», se dice. Emitiendo un largo suspiro se asoma al exterior y observa el edificio de enfrente. Muchas caras también se asoman tras los vidrios de los anchos ventanales cerrados. Como Santiago, miran a un lado, a otro, al frente y hacia abajo, a la calle desierta. Desierta como todos los primeros viernes, sábados y domingos de cada mes, durante los cuales la población permanece confinada en sus casas, como parte de las prácticas obligadas en la prevención de futuras pandemias. El Gobierno del Nuevo Estado europeo vela por la salud de la ciudadanía, y la ciudadanía lo agradece, genuflexa, obediente, acrítica.

La ciudadanía es feliz.

 

Este domingo 4 de marzo de 2040 se ha celebrado el décimo aniversario de la ejecución de la Agenda 2030. No hubo televisión, radio, medio digital que no dedicara extensos espacios en los que se alabase las virtudes de aquel programa prodigioso que había salvado a la humanidad, al controlar estrictamente los nacimientos; flexibilizar el derecho a morir dignamente, cuando así, a partir de los 16 años, se solicitase por escrito;  como a esterilizar a varones y hembras que así lo decidieran, a partir de los 12, con el apoyo del Estado, aún en contra del criterio de los progenitores, que no padres, término obsoleto. Cualquier persona con capacidad de engendrar puede interrumpir el embarazo hasta minutos antes de dar a luz, circunstancia que también contribuye al equilibrio poblacional.

Otro éxito ha sido el abrir los ojos a la ciudadanía en cuanto a lo beneficioso para la sociedad de la formación de familias —mejor, grupos de convivencia— multigénero, fluidas, con el natural intercambio de roles: de progenitor varón a progenitor hembra o transgénero y de éste al otro o a la otra, de hijos e hijas a progenitor o progenitora y viceversa. En suma, la fluidez en la diversidad de actuaciones según qué toca ser: si progenitora o hija, progenitor o progenitora, de la familia de arriba o la de abajo. Todo ha contribuido notablemente a la abundancia de mentes abiertas y no encasilladas en lo primitivo. Hubo primero cierta resistencia, no muy beligerante, por parte del Vaticano. Se incrementaron los impuestos a los católicos por practicar su fe y aumentaron los impedimentos a las parroquias donde se oficiaba misa, que si el aforo; que si ofensa a la población musulmana mayoritaria en el barrio. La Iglesia cesó en su crítica.

 

 

Sin duda, también ha contribuido a salvar el planeta las medidas tomadas para frenar el terrible calentamiento global, el cambio climático provocado por la mala cabeza de los europeos, principales causantes del evitado desastre.

Especialmente la distribución de filetes y hamburguesas de carne sintética, muy sabrosa. Más sabrosa y proteica aún la procedente de enormes granjas de larvas de insectos variopintos. No sólo los vehículos con motor de explosión contaminaban la atmósfera con la emisión desenfrenada de CO2, también lo hacían las vacas, especialmente, con sus abundantes flatulencias y la consiguiente expulsión de metano. Horrible. Acabando con las vacas también se acabó con el sufrimiento de éstas y de sus terneros, separados sin piedad al poco de ver la luz. Desgraciadamente los gallos siguen violando a las gallinas. Marruecos es hoy el principal suministrador de huevos de gallina del Nuevo Estado europeo. Marruecos es el estado africano más rico, no por la venta de huevos, que también, sino por la explotación de los suelos submarinos riquísimos en telurio, cobalto, vanadio, níquel e itrio, en las antiguas aguas del que fue Archipiélago español de las Canarias.

«El nuevo orden mundial nos ha robado la libertad. Sólo los descerebrados son felices», recordó Santiago la primera afirmación de su publicación en Facebook. Pensó en eliminarla. ¿Estaba a tiempo? Por menos le habían suspendido la cuenta durante tres meses. «¡Que les den!», musitó.

A sus cincuenta y ocho años, Santiago, en paro desde los cuarenta, vive de una subvención que le otorga el Nuevo Estado europeo, en un piso de alquiler propiedad de un emporio multinacional que controla el 50% de las viviendas en suelo europeo. Están éstas mejor dotadas y amuebladas que las del otro 50%, propiedad de la República Popular China, que desde hace 10 años es la primera potencia económica y militar del planeta. Sólo el 0’001% de la ciudadanía dispone de inmuebles en propiedad, dirigentes políticos y clanes familiares millonarios que vienen de muy atrás.

«La propiedad privada es un derecho, como lo es el uso del dinero en efectivo. ¡Sin estos no hay libertad!», recuerda Santiago la segunda afirmación de su publicación en Facebook. Suspiró de nuevo, ahora con una punzada de ansiedad en el pecho. La supresión del papel moneda le enervaba. El único dispositivo electrónico de pago se bloquea en cuanto el ciudadano tenga el mínimo desencuentro con la administración del Estado, antes de poder decir esta boca es mía. El fiado está prohibido. El uso de un dispositivo electrónico de pago de un tercero está penado por la ley. Los hábitos y lugares de compra están al pelo registrados, asignados al titular del dispositivo. Una variante debe ser muy bien justificada, y de no serlo el titular es sancionado hasta con penas de cárcel.

Santiago echa de menos a su esposa y a su hija. A su ex esposa. Aún no lo ha asimilado. Pone hielo en un vaso, luego ron hasta la mitad. Da un trago. Se acerca a la ventana y observa de nuevo a los vecinos del edificio de enfrente, que siguen con la nariz pegada al cristal. Desde la 6ª planta tiene una visión amplia. Dirige el mando hacia el televisor.

«En la plaza vacía nada vendía el vendedor/ y aunque nadie compraba, /no se apagaba nunca su voz…», suena una canción de Mocedades, aquel grupo que tanto gustaba a los padres de Santiago. Aún se encuentran en YouTube algunas de sus actuaciones de hace 60 y 70 años. Aquellos conciertos multitudinarios ahora están prohibidos, por resguardar la salud de los ciudadanos.

Ya se ha puesto el sol. Santiago ve luces de azul añil, destellos parpadeantes que se reflejan en el edificio de enfrente. Se llenan los balcones. La gente señala hacia la calle. No hay una ventana ni balcón vacío. Caras de zombis parecen.

Escucha bloquearse la cerradura electrónica de la puerta de la calle. Va en el contrato que es potestad de la Administración hacerlo a distancia, condición sine qua non; o eso o la calle. De inmediato deja de sonar la canción, la pantalla del televisor se oscurece, la lamparilla de la mesa se apaga, la reducida vivienda se queda sin suministro eléctrico. Apenas entra luz del exterior que no sean los destellos azules, ahora más abundantes. Durante los estados de alarma, queda y confinamientos, que son necesarios de vez en cuando para preservar la salud de la ciudadanía, se reduce la intensidad de las farolas urbanas. A Santiago se le doblan las rodillas. La ansiedad apenas le deja respirar. Es entonces cuando se ilumina la pantalla del móvil que descansa sobre la mesita frente al tresillo. Santiago clava los ojos en el mensaje que acaba de recibir. Es de la Dirección Europea de Seguridad, que después de indicar su nombre completo, número de identificación y dirección, dice: «Ha cometido usted un grave delito de alteración del orden público. Manténgase en su domicilio, abandonarlo agravaría el mismo».

«¡Abajo la tiranía del Nuevo Orden Mundial! ¡Viva la libertad!», musita Santiago el último párrafo de su publicación en Facebook. Del pasillo exterior llega el sonido inconfundible de pasos acelerados, muchos pasos a la carrera, ya muy cerca de su puerta.

 

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