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Recuerdo con estupor lo que me contó un gran amigo, militar, a su vuelta de Afganistán; corría el año 2012. Tres meses había estado de misión en Qala-i-Naw (localidad con 9 mil habitantes, a 556 kms. al oeste de Kabul) donde se hallaba la base española Ruy González de Clavijo. Una mañana, al pasar el vehículo blindado por una calle donde se establecía a diario un mercadillo, observaron mi amigo y sus compañeros a unos lugareños entorno a un chiquillo que yacía en el suelo sobre un charco de sangre, mientras un hombre gesticulaba señalando a la criatura que parecía sin vida. Uno de los intérpretes de la base les contó qué había sucedido. El niño, de doce años (según la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán, 1,9 millones menores de 14 años trabajan en las calles) se había retrasado en el pago del alquiler del pequeño espacio donde vendía sus hortalizas, motivo que consideró justificado el propietario del lugar para, literalmente, partirle en dos la cabeza con la plancha de una pala. Supo mi amigo que nada le reclamaría la justicia al asesino, aquel niño que, era nadie, había pagado con su vida una deuda miserable. Al parecer, el asesino se sintió ofendido.

Conocer aquel terrible suceso me empujó a investigar sobre aquella sociedad primitiva y descubrí la práctica atroz arraigada en Afganistán, desde siglos, a la que llaman “bacha bazi”, que en los idiomas farsi (hablado en Irán y Afganistán) y afgano significa “jugar con niños”. Los niños son secuestrados o vendidos por sus familias, se les viste de mujer, se les maquilla, y se les enseña a bailar “femeninamente” frente a un grupo de pederastas que terminarán abusando de ellos, violándolos y haciendo de los pequeños sus esclavos sexuales. Esta práctica antiquísima está hoy prohibida en aquel país, pero militares, policías, señores de la guerra, hombres poderosos en suma son los “propietarios” de estos niños esclavos sexuales, a quienes se asesina si intentan escapar, mientras las autoridades hacen la vista gorda.

¿Sólo las autoridades afganas miran a otro lado ante tal atrocidad?

 

Ni mucho menos. De las violaciones a niños por parte de militares afganos tuvo conocimiento el ejército estadounidense que se hallaba en el país asiático, entrenando a esos mismos militares y milicia, durante el mandato de Barack Obama. Hubo quienes denunciaron los hechos, pero fueron silenciados por sus mandos que a su vez recibían órdenes de muy arriba. El corresponsal de The New York Times en Kabul, Joseph Goldstein, publicó el 20 de septiembre de 2015 un artículo titulado U.S. Soldiers Told to Ignore Sexual Abuse of Boys by Afghan Allies (A los soldados estadounidenses se les dijo que ignoraran el abuso sexual de niños por parte de aliados afganos); y en él afirmaba: «[El comandante] Dan Quinn fue relevado de su mando de las Fuerzas Especiales después de una pelea con un líder de la milicia respaldado por Estados Unidos que tenía a un niño como esclavo sexual encadenado a su cama». Goldstein dio luz a testimonios de la barbarie: «”Por la noche podemos escucharlos gritar, pero no se nos permite hacer nada al respecto”, recordó el padre del Marine, Gregory Buckley Sr., que le dijo su hijo antes de que lo mataran a tiros en la base en 2012. […] “Mi hijo dijo que sus oficiales le dijeron que mirara para otro lado porque es su cultura”». Nada se hizo al respecto, por el contrario, aquellos criminales pederastas hoy son más poderosos. Asumieron los mandos norteamericanos aquellas violaciones ante sus ojos como “daño colateral” para evitar incomodar a sus aliados afganos. ¿Conoció el presidente Obama aquella circunstancia? Tuvo que saberlo, porque la prensa lo denunció.

¿Actuaron las ONGs conocedoras de estos crímenes contra la infancia en Afganistán?

Me pregunté entonces, aunque dudaba mucho del compromiso de estas millonarias organizaciones al respecto. Me sacó de dudas la corresponsal en Kabul  del diario El Mundo, Mónica Bernabé, que había publicado antes de lo anteriormente relatado, el 15 de noviembre de 2013:

Mutismo entre las ONG.

La unidad de protección al menor en Afganistán de la ONG Save the Children declinó pronunciarse sobre la tradición de los ‘bacha bazi’. Su responsable de prensa, Nargis Azaryun, se limitó a declarar a EL MUNDO que la asociación nunca ha abordado el acoso sexual a menores aunque, aseguró, “en el futuro” pretende hacerlo. La organización afgana Aschiana, especializada en ayudar a niños y niñas de la calle —los más vulnerables a ser captados como ‘bacha bazi’—, evitó contestar las insistentes llamadas de esta periodista cuando solicitó información sobre esta práctica. “Nunca hemos tratado el abuso sexual a menores en Afganistán y es algo que, sin duda, debemos enmendar”, fue la respuesta de un responsable de otra ONG internacional, ChildFund Afghanistan».

Los portavoces de dos ONGs establecidas en Afganistán, Save the Children (Salvar a los niños) y ChildFund Afghanistan (Fondo Infantil Afganistán) admitieron ¡no haberse ocupado hasta ese momento de una “tradición” pederasta arraigada desde hacía siglos en el país donde operaban! ¿Cuándo irían a ocuparse de denunciar esa práctica criminal contra niños indefensos? ¿A qué tenían que esperar? ¿O es que el hecho de tratarse de menores varones no estaba en la agenda?

La ONG estadounidense Human Rights Watch, HRW, (Observatorio de Derechos Humanos), sí denunció en un informe en 2014 el desamparo de estos niños afganos, así como la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán (AIHRC) denunció que especialmente en tierras del norte de aquel país (donde más secuestros se producen) los señores de la guerra «compiten entre ellos para ver quién abusa sexualmente de más niños». Tamaña atrocidad es mayoritariamente desconocida en nuestra sociedad.

He buscado información durante horas sobre alguna acción o comunicado de la ONG Save the Children y de ChildFund Afghanistan en los últimos seis años en defensa de los niños afganos esclavos sexuales, sin hallarla. Ni el Gobierno afgano ha hecho nada efectivo al respecto. En la página web de la Chatham House, o Instituto Real de Asuntos Internacionales, en publicación de 6 de febrero de 2020 se afirma:

«En marzo de 2019, el gobierno de Afganistán tipificó como delito la práctica nociva del bacha bazi, o “juego de niños”, que desencadena una serie de violaciones de derechos humanos contra niños y jóvenes. Sin embargo, una investigación reciente realizada por el All Survivors Project y la Youth Health and Development Organization (Proyecto Todos los sobrevivientes y la Organización de Desarrollo y Salud Juvenil) demuestra que la práctica prevalece ampliamente debido a la pobreza, las normas de género imperantes y la impunidad generalizada. Este evento [se refiere a una conferencia prevista en la sede del Instituto en  Londres] analizará la investigación que se llevó a cabo en las cuatro provincias de Balkh, Herat, Kandahar y Kabul luego de entrevistas con más de 100 informantes clave, 24 sobrevivientes y con 13 discusiones de grupos focales.

El evento estará precedido por la proyección de un documental sobre la práctica del bacha bazi en Afganistán que incluye entrevistas con sobrevivientes, funcionarios gubernamentales clave y ONG. Los oradores discutirán cómo un aumento en la intensidad del conflicto en los últimos años ha eliminado los mecanismos de protección y aumentado la vulnerabilidad de todos los niños a la violencia sexual relacionada con el conflicto». Es importante conocer detalles.

Creo que el abandono de los niños afganos por parte de las autoridades de aquel país es una evidencia. Curiosamente, en la página web de Unicef Afganistán, en la pestaña dedicada a la “Protección de los niños más vulnerables de Afganistán”, se dice: « Las niñas afganas se enfrentan a matrimonios precoces, crímenes de honor, abuso doméstico y violencia sexual. Los niños afganos sufren muchos de los mismos riesgos, junto con el reclutamiento militar en conflictos armados y la explotación sexual. Tanto las niñas como los niños están expuestos a prácticas laborales peligrosas, contacto con minas terrestres y violencia en el hogar». En efecto terribles circunstancias que sufren los menores afganos, pero no se menciona en absoluto “bacha bazi”.

Desgraciadamente, la esclavitud sexual de niños ha existido siempre. Así como los pedófilos, los pederastas y los criminales sexuales. Sin embargo, en nuestros tiempos, al memos en Occidente, cuando y donde a un padre le puede costar la cárcel dar un bofetón a un hijo menor de edad, se está produciendo la expansión de abominables prácticas de abusos y violaciones a menores, así como asesinatos en prácticas satánicas, incluso de bebés, dignas de la más dantesca novela o película de terror.

Observemos qué está ocurriendo en la nación más poderosa de nuestro planeta

En una entrevista en Fox News el pasado 2 de octubre, Donald Washington, Director del Servicio de Marshals de Estados Unidos, afirmaba que sólo en lo que va de 2020 han desaparecido (en EE.UU) «cerca de 285.000 niños». Informó el entrevistado de que en varias operaciones realizadas en los últimos cinco años se han rescatado a 13.000 menores. En la más reciente operación se han encontrado 1.300 menores de entre 6 y 17 años desaparecidos entre 2016 y 2020, aunque «en una operación de “No olvidados” el niño más joven tenía 3 años». Afirmó también que el 20% de los niños estaban en manos de criminales vinculados al tráfico sexual. Lo que supone que, según la estadística resultante, unos 57.000 niños desaparecidos, sólo en 2020, estarían en manos de mafias de tráfico sexual de menores y en las de organizaciones pederastas. Sí, organizaciones pederastas.

Lo más destacado (o mediático) al respecto en los últimos años fue la detención del multimillonario Jeffrey Epstein, acusado de haber abusado sexualmente de decenas de menores de edad y condenado por tráfico de menores en 2008. Después de entrada y salida y de vuelta a prisión (no entraré aquí en los detalles) el 10 de agosto de 2019, se le encontró moribundo en su celda del Centro Penitenciario Metropolitano de Manhattan. Fue trasladado a un hospital y allí expiró. Informó el Departamento de Justicia de Estados Unidos, «fue encontrado inconsciente en su celda, por un aparente suicidio». ¿O lo suicidaron? Porque cantar podía cantar mucho y en altos tonos.

Jeffrey Epstein era un pederasta y depredador sexual que cometió multitud de violaciones a menores en su “isla de las orgias”. Ante el juez narró una de sus víctimas, Sarah Ransome, el infierno que vivió, hasta tal punto que trató de escapar adentrándose a nado en el Caribe, donde abundan los tiburones, tal sería su desesperación.

El pederasta millonario se relacionó con mucha gente importante del mundo empresarial, artístico y político, a los que invitó a sus fiestas. Era amigo íntimo de Bill y Hillary Clinton, y fue uno de los más importantes financiadores de la campaña por la Presidencia que la secretaria de Estado de Barack Obama perdió con Donald Trump. Bill Clinton viajó hasta en 28 ocasiones en el avión privado de Epstein y estuvo en su famosa isla, circunstancia que conocía Hillary. Y ahora algo que sorprenderá al lector: En 2017, el ciudadano estadounidense John Drake cursó una petición a Donald Trump a través de change.org con el siguiente enunciado: Investigar el papel de Hillary Clinton en la trama de niños, los delitos sexuales y el Proyecto Monarca. Argumenta el autor de la petición que cuando Bill Clinton fue denunciado por Paula Jones, Juanita Broaddrick, Kathleen Willey y Leslie Millwee de agresión sexual, Hillary emprendió contra ellas campañas de difamación. Se recuerda en la petición que Paula  Jones dijo de Hillary: «Ella lo sabía. Ella lo ha estado consintiendo durante años… Ella le ha estado escondiendo estas cosas durante años». Concluye: « Hillary Clinton también ha estado relacionada con Pizzagate, un escándalo que involucra tráfico de personas y abuso infantil ritual. Esto también es parte del PROYECTO MONARCA, bajo el cual miles de mujeres y niños estadounidenses son abusados ​​sexualmente cada año». El texto completo es escalofriante.

Ya son numerosos los indicios de la existencia de una organización pederasta nutrida de personajes poderosos de la política y de altísimos empresarios en  EE.UU., entre ellos el matrimonio Clinton. En breve WikiLeaks hará público informaciones sensibles sobre Hillary, que Julian Assange ha custodiado con gran mérito. Habrá que esperar.

Abundan quienes dicen preferir ignorar los males del mundo, por eso de que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Es una opción. Pero el crimen abominable de la violación, de la agresión sexual a niños y niñas, incluso a bebés, organizadamente, está en nuestra sociedad y más en “altas sociedades”. Los poderosos se saben proteger y cuentan con medios para ello. Los amigos pederastas de Jeffrey Epstein no están al alcance de cualquiera, ciertamente. Sin embargo, los padres con hijos menores tienen, en estos tiempos, la oportunidad de protegerles, con el adecuado control y seguimiento sobre el acceso a las redes sociales y multitud de espacios que ofrece Internet, por donde discurren muchos pedófilos y pederastas, criminales. Todo suma en la lucha contra el mal.

 

 

 

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