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España ha sufrido y sufre, como ninguna otra nación, una publicidad interna que trata de devaluar su historia. Son numerosos los artículos, comentarios en tertulias en radios y televisiones, actos culturales, etcétera, en los que se vierten argumentos despectivos sobre muchos de nuestros anales, que por el contrario deberían ser ensalzados en cada oportunidad que se diera. Los principales responsables han sido y son en número importante los intelectuales (y pseudo intelectuales), particularmente de zurdo pensamiento (que dicen por la América española) y de la variopinta progresía en general. Se menosprecia a nuestros héroes, se miente sobre la importancia de sus hazañas, se vitupera el extenso glorioso patrimonio que nos dejaron aquellos, cuyas memorias, en muchas ocasiones, no son defendidas ante las injurias, como debería hacer todo español de bien, razonablemente formado.

Fue la leyenda negra antiespañola, creada por el traidor neerlandés Guillermo de Orange —inspirado por el dominico Bartolomé de Las Casas, como bien sabemos—, el fenómeno divulgativo que abrió la veda. Hoy todo vale en la tarea de demolición.

Es por ello que he decidido compartir con los lectores de Afán el artículo que publiqué el pasado 1 de agosto en el periódico tinerfeño El Día, titulado Sí, la victoria de Santa Cruz sobre los británicos de Nelson fue una gloriosa Gesta, en contestación al de Rafa Muñoz Abad, quien se autoproclama experto en historia naval. Para conocimiento del lector, soy autor de El fuego de bronce, novela histórica en la que narro el ataque británico a Santa Cruz de Tenerife en julio de 1797, que se libró con nuestra victoria, a la vez que autor de unos cincuenta artículos y relatos referentes a diferentes circunstancias relacionados con los hechos. Hasta el día de hoy no se ha dado la contrarréplica.

Sí, la victoria de Santa Cruz sobre los británicos de Nelson fue una gloriosa Gesta

Es absurdo plantear que Nelson no preparó concienzudamente su ataque a Santa Cruz.

De vez en cuando, por estas fechas —este 25 de julio se cumplen 224 años de la Gesta de 1797— alguien publica  algún artículo en el que devalúa aquella victoria santacrucera sobre el más idolatrado marino en el mundo anglosajón, el por entonces contralmirante Horatio Nelson. El pasado 20 de julio, El Día publicó un artículo de Rafa Muñoz Abad titulado: ¿Y si Nelson hubiera hecho playa?, con el subtítulo: La posesión de una isla canaria era de gran valor estratégico para Inglaterra como escala oceánica previa al ‘middle passage’ hacia el oeste.

En él, el autor hace unas consideraciones, ex cátedra, menospreciando no sólo nuestra Gesta sino a todo aquel que la ensalza como gran victoria histórica: «Me hace gracia escuchar aprendices de Patrick O´brian o lectores de “fuegos de bronce” alejados de la más sana historiografía marítima».  No sabía que la historiografía pudiera ser sana. Creí que se puede considerar acertada o desacertada.  Asegura —¡cómo no!—: «Si los británicos hubieran tenido un interés real en tomar ya no alguna de las islas, sino una simple ensenada, lo habrían hecho».  Interés real por tomar Santa Cruz y luego la isla no había, aquello que les costó muchos muertos, amputados, heridos, a Nelson el brazo, y demás desgracias, no fue más que un pasatiempo, un entrenamiento acuático festivo. Más adelante añade: «los [nos] han engañado con argucias y cuentos románticos de un cañón tigre y de heroicas defensas isleñas contra piratas de parche y pata de palo y una Jolly Roger. Patrañas del bestiario popular. La defensa de las plazas insulares, descansaba más en la mala orografía costera, que en tropas y artillería. Un puñado de regulares y el reclutamiento de todo aquel varón que pudiera sostener una pica y ese era el ejército isleño en harapos » .  Más adelante: «Cualquier estudioso que conozca la proyección naval de la época, es consciente de que una flota en línea artillada y decidida a tomar una cabeza de playa en Tenerife, lo habría logrado.  La escuadra de Horatio Nelson se reducía a 7 naves, de las cuales solamente dos eran man of war con 37 piezas de artillería por banda: los HMS Culloden y HMS Zealous. El resto era lo que se conoce como out of class. Navíos menores en cintura de fuego. ¿Siendo la Royal Navy plena dueña de la mar, alguien tiene duda que una flota mayor habría tenido algún problema en tomar una plaza costera defendida en la mejor de las cifras por apenas una veintena de cañones y un puñado de regulares con mosquetes?». ¿Patrañas del bestiario popular?

Una vez señalados —para quienes no conozcan el artículo referido— algunos de los argumentos devaluadores de nuestra Gesta que expone Muñoz, haré las siguientes consideraciones:

Aquí, para empezar,  se plantea una gran contradicción (y otras cuantas y más de un totum revolutum): Para los británicos la posesión de una de las islas Canarias era pretensión de gran importancia, por obvias razones. Estamos de acuerdo. Sin embargo, según Muñoz, a Santa Cruz se llegaron los de Nelson improvisando, con buques inofensivos, sólo los navíos HMS Culloden y HMS Zealous eran merecedores de consideración. Me pregunto en qué fuentes ha bebido el autor del artículo. A Santa Cruz nos vinieron a visitar no 7, sino 9 buques de la Armada británica. Además del Culloden y el Zealous, la escuadra de Nelson la constituían el Theseus (donde enarboló su insignia el contralmirante), los tres navíos de línea artillados con 74 bocas de fuego; el navío Leander, de 50 cañones; las fragatas Seahorse de 38, la Emerald de 36 y la Terpsichore de 32; más el cúter Fox de 14 y la bombarda Terror que contaba con un mortero en proa. Un total de 393 bocas de fuego. La flota sumaba entre 3.400 y 3.600 hombres, oficialidad, marinería e infantes de marina, de los que participaron en el último desembarco unos 1.300. Una fuerza muy considerable que Nelson pudo elegir, aunque pretendió inicialmente más buques y más hombres.  Como así sugiere, en carta al almirante Jervis, comandante de la flota británica en el Mediterráneo, la participación en la empresa del general Burgh «con sus 3.700 hombres, cañones, morteros, y todo el equipamiento ya embarcado; ellos harían el trabajo en tres días, probablemente en mucho menos. Yo aceptaría con un pequeño escuadrón a realizar la parte naval». Si sumamos a las fuerzas con las que ya contaba el contralmirante, podían haber alcanzado casi 9.000 efectivos. Sin embargo, Jervis consideró no necesario que Burgh se uniera al proyecto. ¿A cuento de qué repartir el botín entre más invitados si entre los que somos nos bastamos para hacernos con él? Imagino debió pensar el almirante, ya por entonces muy rico.

Es absurdo plantear que Nelson no preparó concienzudamente su ataque a Santa Cruz.

 

Empezó a preparar la “empresa” apenas quedó el grueso de la Armada española bloqueada en Cádiz, cuando él mismo participaba en el bloqueo. Le presentó a Jervis su proyecto y se ofreció a llevarlo a cabo. Está de sobra documentado, además de lo que dicta el sentido común, dado que el británico mostró siempre un enorme afán de gloria y un gran interés por acumular fortuna, todo lo que aquella empresa podía traerle. Mostró una enorme confianza en el éxito de la misma,  como se aprecia en una misiva dirigida a Jervis, fechas previas al ataque a nuestra capital: «Pero ahora viene mi plan, que no puede fallar, que inmortalizaría a quienes lo pusieran en ejecución, arruinaría a España y tiene todas las probabilidades de elevar a nuestra Nación al mayor grado de riqueza que nunca haya logrado aún». No parece desde luego que Nelson improvisara dar un paseíto hasta las Canarias, a ver qué pillaba. Aunque poco más que eso argumentaron la prensa y los escritores de la época en la muy Pérfida Albión.

El tratar de menospreciar, negar, incluso ridiculizar tantos capítulos de la Historia de España, como es el de la Gesta del 25 de Julio, responde generalmente a factores ideológicos y/o a la pura ignorancia; quizá a algún otro más retorcido, es posible. No conozco las intenciones del autor del artículo en cuestión, pero sí observo en el texto un tono petulante elevadillo, irrespetuoso diría, innecesario, en relación a quienes hemos escrito sobre aquellos acontecimientos de 1797, a los que precisamente calificamos como tal nuestra Gesta.

Las brillantes investigaciones sobre la Gesta que llevaron a cabo Luis Cola Benítez, Pedro Ontoria Oquillas, ambos ya fallecidos (muy recientemente Ontoria), y Daniel García Pulido, dieron un fruto extraordinario y fundamental para el conocimiento de aquellos hechos. La búsqueda de documentos, en España y en Reino Unido, su selección, estudio, interpretación y traducción, tanto concienzudo trabajo, nos ofreció la publicación en 1997 de Fuentes Documentales del 25 de Julio de 1797 , con una adenda en 2008. En 1999, Luis Cola y Daniel García Pulido publicaron La Historia del 25 de Julio a la luz de las Fuentes Documentales, en cuyo prólogo, Antonio Rumeu de Armas habla de Gesta y alaba el trabajo de los autores. Estas obras, junto a la magnífica biografía del general Gutiérrez, El General don Antonio Gutiérrez, vencedor de Nelson, escrita por Pedro Ontoria, publicada en 2006, me fueron fundamentales para documentar los hechos reales, entrelazados con la trama de ficción, que narro en El fuego de bronce. A estas alturas, además de otros libros muy clarificadores, ya sólo los miembros de la Tertulia Amigos del 25 de Julio hemos publicado, desde la fundación de la misma, en diversos medios locales y nacionales, varios cientos de artículos en los que se argumenta el valor y el mérito de los protagonistas de nuestra Gesta. No consigo entender cómo hoy entre estudiosos aún los haya que nieguen el valor de aquella victoria sobre los británicos.

Veamos algunas cuestiones esclarecedoras para el lector. Las cartas entre Nelson y Jervis, en los preparativos y la del contralmirante a Jervis, la tarde antes al intento de desembarco del 25, son una evidencia más de la importancia que Nelson (y Jervis) dio al pretendido asalto y toma de Santa Cruz:

 

 

«Mi estimado señor:

No entraré en el asunto de por qué no estamos en posesión

de Santa Cruz; su parcialidad le hará creer que se ha hecho

hasta el momento todo lo posible, pero sin efecto: esta noche yo,

humilde como soy, tomaré el mando de todas las fuerzas destinadas

a desembarcar bajo las baterías del pueblo, y mañana

mi cabeza será coronada probablemente de laureles o de cipreses.

Soy su más obediente y fiel servidor,

Horatio Nelson».

 

La misiva del comandante del Theseus, capitán Ralph Willett Miller, en la que explicaba a Jervis cómo cayó herido Nelson (iba en una lancha paralela) y el brutal fuego de artillería y mosquetes que les recibió en los desembarcos;  las cartas  escritas por oficiales y marinería británicos a sus parientes, etc., que recogen las Fuentes Documentales no pueden mostrar de manera más evidente cuanto sorprendió a los ingleses la respuesta española.

Luego de dos intentos de desembarco el 22, desacertadamente dirigidos por el capitán de navío Thomas Troubridge, comandante del Culloden, Nelson tomó una decisión del todo errónea, como demostraron los hechos la madrugada del 25. Fue una osadía de altísimo riesgo que el comandante de la flota encabezase el desembarco. El teniente de Artillería de Milicias Francisco Grandi Giraud tuvo la iniciativa de abrir una tronera en el muro de piedra del baluarte de Santo Domingo, el mismo 24, embocando un cañón de a 16 hacia la orilla de la playa de la Alameda, por donde providencialmente consideró podían intentar desembarcar los enemigos. Y muy bien documentado está que fue principalmente fuego de metralla de aquel cañón —además del fuego de mosquete que hizo la dotación de cazadores provinciales de milicias apostados en la Alameda—,  lo que desbarató el desembarco y causó multitud de bajas entre los británicos en la playa, entre ellos el mismo Nelson. Los lugareños mantuvieron que aquel legendario cañón era El Tigre. ¿Qué interés iban a tener aquellos nuestros ancestros en señalar a El Tigre en lugar de a cualquier otro entre los cuatro que sumaba el baluarte de Santo Domingo? ¿Por qué se empeñan algunos en machacar, en menospreciar tan bonita historia dentro de nuestra gran historia? ¿O es que tampoco perdió Nelson en Santa Cruz su brazo derecho? ¿O es que las seiscientas bajas británicas entre muertos y heridos las causaron rayos caídos del cielo? O no fue el cúter Fox hundido por nuestra artillería, sino otro rayo de las alturas.

La victoria del 25 de Julio fue una Gesta porque las fuerzas británicas, en su conjunto profesionales bien instruidos y armados, superaban en mucho a los defensores españoles, y la fuerza de fuego enemiga superaba en mucho a los 89 cañones en 16 baterías, desde San Andrés al castillo de San Juan Bautista. El general Gutiérrez planteó la mejor defensa posible y se anticipó a los británicos, a los que ya había vencido en dos ocasiones y conocía bien. Fueron vitales las diversas intervenciones de los 150 soldados del Batallón de Infantería de Canarias que combatieron en las playas y calles de Santa Cruz (97 de los 247 totales se mantuvieron reforzando algunos castillos), bien instruidos y curtidos (la mayor parte había combatido tres años en el Rosellón), y muy acertadamente posicionados y desplazados por el teniente coronel Guinther, comandante accidental del Batallón, según las instrucciones del mismo Gutiérrez. Recordemos a los campesinos, artesanos, criados, gente humilde de Los Regimientos de Milicias de La Laguna, La Orotava, Garachico, Güímar y Abona  (este último dio media vuelta cuando supieron de la rendición del invasor), en su mayor parte descalzos, armados con aperos de labranza, rozaderas y chuzos facilitados por el Cabildo. Entre ellos hubo héroes, como hubo desertores. Los segundos fueron comprendidos por el general Gutiérrez. Los primeros han sido reconocidos por la historia. Entre ellos, valga como ejemplo, aquellos que subieron hasta la cumbre de Paso Alto y mantuvieron a raya a los británicos, cuando en el segundo desembarco del 22 por la playa del Bufadero se apostaron en la Mesa del Ramonal, Valleseco de por medio, en tormo a los 700. Y heroínas fueron las aguadoras chicharreras que hasta la cumbre subieron voluntarias por tres veces para suministrar a los nuestros agua, alimentos y lonas para protegerse del duro sol de esa mañana de verano, mientras los ingleses se tostaban y deshidrataban. Mérito del sol, no de los defensores isleños. No se me vaya a acusar de sumar méritos indebidos.

¿Entorpecieron las corrientes contrarias a los británicos?

 

Sí. Cojonudamente que nos vino. ¿Y qué? ¿Quién lo ha negado? ¿Y la orografía de la isla también? También, pero menos. ¿Y qué? De no haber sido efectivo el fuego artillero del Castillo de San Cristóbal, del martillo del muelle, San Pedro, Paso Alto, etc., la madrugada del 25 hubiesen desembarcado 1.300 británicos, con aguas contrarias y sin ellas. Así y todo, desembarcaron algunos más de 700, por el barranquillo del Aceite y la caleta de Blas Díaz, zonas menos protegidas por la artillería. El desconcierto sobre qué habría sido de Nelson, sin duda, tuvo que hacer mella en la moral de los británicos, especialmente en Troubridge, que además de cenizo, no parecía hombre de elevada moral. Como la incertidumbre de no saber qué había sido del Batallón de Infantería, en la madrugada del 25, desoló sobremanera a nuestro viejo y sabio general y a su Plana Mayor, puesto que aquel se consideraba (y lo fue) imprescindible para la defensa en tierra. Pero ahí estuvo la bravura del teniente Siera, que se fue en busca de los infantes, los encontró y a ellos transmitió las órdenes acertadísimas del General, de reunirse frente al castillo de San Cristóbal, dividirse en tres destacamentos, con apoyo de milicia, y salir al encuentro de los británicos dispersos por el pueblo, que hostigados, cargando con heridos, y dejando atrás ya a muchos muertos, se refugiaron en el convento de Santo Domingo. El final ya lo conocemos. Aceptar una capitulación honrosa para los británicos fue una sabia decisión de Gutiérrez, en aquel momento en éstos estaban aún más derrotados anímicamente. Tan sabia fue la negociación de nuestro general que hasta la promesa de no volver a atacar ninguna de las islas Canarias le arrancó a Nelson, quien se ofreció a llevar a la península la misiva en la que se comunicaba su propia derrota. Ambas circunstancias se cumplieron. ¿Te parece poco? A los planteamientos acertados del general Gutiérrez y a la acción de los nuestros en el combate se unieron otros factores que beneficiaron a los españoles, nuestros ancestros. Como en todas las batallas acaecidas a lo largo de la historia —y seguro que prehistoria— de la humanidad.

 

Afirma Muñoz a principio de su artículo: «Nada tiene que envidiar Malaespina a Cook, pero no lo hemos sabido honrar ni respetar, y mucho menos vender». Y cuánta razón lleva. Lo que no entiendo es por qué no se aplica el cuento.

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