Editorial boletín Afán número 32
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Días pasados tuve la oportunidad de ver el documental “España: la primera globalización”. Resumiéndolo mentalmente te das cuenta de que la gran civilización se empieza a construir en el mundo a través del mar. Las naves transportan el talento del más allá a otras latitudes y, como decía Giménez Caballero, enlazan las Columnas de Hércules con el Nuevo Mundo. Y eso lo hace la tierra que vio nacer a emperadores de Roma, a soldados de Europa y América, a monjes de claustro que rezan y enseñan, a arquitectos que levantan escoriales día sí y día también y a gramáticos que producen, limpian, dan brillo y esplendor a una lengua universal. Algo a lo que a través de los siglos hemos llamado España.

Los reyes de entonces eran los que reinaban, pero también los que gobernaban, erigiéndose en los grandes emprendedores. Lo jurídico se elaboraba en Salamanca, lo militar en los alcázares, lo marítimo en las costas de Huelva, lo cartográfico en los astilleros de Santoña, lo político y administrativo en Sevilla… Pero todo bajo la atenta mirada de los monarcas que tienen a su lado mucho clérigo, sí, aunque con bastante cerebro y escasa o nula inclinación mundana. El Rey animaba al marino a descubrir y civilizar nuevos mundos, pero también lo metía en la cárcel cuando se quedaba con lo que no era suyo. Un comportamiento que tanto valía para el Gran Almirante como para el Papa de Roma.

Memoria histórica

El corte civilizador se ha dado en el planeta Tierra de forma radical y en poco tiempo. El asalto a las Tullerías y el Crimen Bolchevique inyectan en la sociedad universal un sabor cainita que impregna el alma del ser humano, arroja de su cuerpo la divinidad y basa en la anhelada justicia social y distributiva una actitud militante de rostro fruncido. Y de lanza descolgada con violencia del astillero y empuñada con aires de vendetta siciliana. Napoleón intenta reconducir la revolución de su cariz terrorista llevándola por el camino de la invasión del inocente y de la implantación de un orden que no deja poso. A Francia la sitúa en decadencia, y a Alemania, al pie de los caballos, buscando a un führer a la desesperada para que la saque de aquella situación irresistible.

Y tras la inevitable Guerra Mundial los parlamentos de Europa comienzan a legislar mediante el asalto a las leyes de todo aquello que tenga que ver con el orden natural. Entra en juego el aborto, la eutanasia, la ingeniería genética: en suma, el laboratorio de la intervención humana en el terreno de la Creación, no para curar, sino para matar. El terrorismo se organiza con oficinas y delegaciones territoriales. Mueren inocentes a mansalva. Se trata a los asesinos como a “señores de la guerra” y se condena, insulta, desfigura y asedia como bandidos a militares con dignidad y vergüenza que se han jugado el tipo y el pan para devolver la cordura a una sociedad enferma.

Los Gobiernos actuales se pliegan

El Occidente civilizador y civilizado se acomoda. La Iglesia, que era la gran reserva de la humanidad en la defensa de la ley natural, se pliega por el lado más sensible: el reino de este mundo. Las televisiones, los periódicos y “las redes” envenenan a la juventud hasta el punto de asesinar a padres y hermanos. Y cuando alguien, por pequeño que sea, reacciona, una marea tóxica se echa encima al grito salvaje de ¡fascista!. Se trata de seres atados a la poltrona, al dinero fácil y al escaso o nulo valor cultural. En unos casos ignoran el camino de la Verdad, y, en otros, en caso de conocerlo, lo desprecian con el desdén sonriente y amanerado del momento. 

De la España del documental referido sólo se puede extraer un resultado esperanzador: saberse súbdito e hijo de aquella descendencia. Y no aceptar, de ninguna manera, la ocasión que brinda el mundo actual de negociar, al precio del salario del miedo, la ocasión de suicidarse un poco todos los días. Los grandes pensadores de España, que llevaban la teología en las venas y el saber en el cerebro, sufrieron el calvario, pero siempre, aquellos ángeles con espadas apostados en las jambas de las puertas se erigían en centinelas para proteger al pueblo que, hasta el momento, nunca ha dejado de creer. Uno de ellos, y de los pioneros en anunciar el daño y comenzar la resistencia y el combate de hoy, fue Blas Piñar, cuyo octavo aniversario de su muerte tuvo lugar el pasado 28 de enero, festividad de Santo Tomás de Aquino.

Toda una indicación.

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