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Editorial del boletín número 34


España es un cúmulo de sorpresas. Franco tuvo que elegir en su día acerca de rey sí o rey también, porque nada se le ponía fácil. No había más que mirar a su alrededor y ver una república que había tomado el poder tras una monarquía en huida libre, dejando un país a su suerte. E inmediatamente después vino un régimen de notables con un partido y un periódico cada uno que acabaron entregando España a la revolución bolchevique. Lo tenía difícil, qué duda cabe. Pero tuvo que elegir. Y se inclinó por el régimen histórico y secular del rey, pero con una variable respecto a lo anterior: un monarca que reinase y gobernase. La culpa la tenía la democracia, pero no con nombre propio, sino con apellido recibido de la lucha partidaria: liberal. Eso lo estropeó todo.
 
El nuevo rey juró y perjuró casi simultáneamente. La monarquía que había jurado era católica, tradicional, social y representativa, y Europa, tras la II Guerra Mundial, se había consagrado, tanto en sus repúblicas como en sus monarquías, al partidismo liberal más entusiasta y encendido. Pero España contaba a su favor con que la transición, tras su propia y feroz guerra de liberación nacional -que es lo que verdaderamente terminó por ser-, la tuvo que hacer en 1975, cuando los demás la iniciaron 30 años antes, con las ciudades en ruinas, los corazones maltrechos y los países continentales -Alemania incluida y partida- sometidos a los vencedores. Y con el Este en el puño de Stalin. 
 
España fue distinta
 
La transición española no partía de cero como la europea. Se edificó sobre un país en puro desarrollo, con cerca de un 8 por ciento de crecida libre, con sistemas agrícolas y parcelarios secularmente yermos proyectados y regados por aguas poco menos que milagrosas, con estructuras en ritmo acelerado y con una industria -palabra impronunciable en el acerbo español por los siglos de los siglos- situada en el noveno puesto entre las naciones punteras del mundo. Pero había que cambiar. Se trataba -esto lo ha explicado Stanley Paine con pelos y señales- de establecer en la ley todo lo contrario a lo que estaba escrito. Sin reflexión, sin debate, sin miramiento, sin pensárselo ni un instante. Y echamos a andar. 
 
La Constitución del 78 servía para todo. Se inventó un sistema autonómico que sustituía la labor de las diputaciones por comunidades autónomas, pero que no eliminaba las primeras. Y creaba 19 parlamentos nuevos, bien remunerados, que por sus propias actuaciones y reconocimientos podían aspirar a todo, incluida la independencia. Cataluña decía en su estatuto que era una nación, con lengua propia y territorio, más con otras tierras irredentas. Y no le faltaba razón. Esa Constitución reconocía nacionalidades y regiones, y todos sabemos que nacionalidad viene de nación. Lo que no entendíamos es que en una nación secular como España cupiesen nacionalidades -caballeros mutilados- y regiones -jodíos cojos-. Es decir, ciudadanías de primera o de clase turista.
 
Surge la sorpresa
 
Pero un día cualquiera el rey de la Constitución jurada y perjurada abdica. El asunto se contemplaba, aunque no se esperaba. Y no ocupa el trono uno y el otro se va a su casa… No. Se quedan los dos. El primero abdica a pesar de los perdones solicitados como un niño compungido por una fechoría. Pero se ve obligado a marcharse por no perjudicar al otro, que también ha jurado. No tenía por qué irse, pero una especie de mezcla tóxica de bragueta mal orientada con cuentas sin reconocer aconsejan su alejamiento. Pero siente morriña y quiere volver con los suyos. Mientras, aquellos escribidores de periódicos que le jaleaban como el rey heroico del 23-F y de la Transición, y que desde la aparición de Tejero en el Congreso le secuestraron y movieron como a un polichinela, le condenan sin piedad. Y encumbran al otro porque ha reconocido sus bienes, paga a hacienda lo que debe y no se mete en nada que pueda perjudicar la buena marcha de este gran negocio que se llama partitocracia liberal.
 
Pero también hay dos reinas. Una -la madre- interactúa, como se dice ahora, como reina jubilada pero activa con representación aparentemente oficiosa, supongo que a cargo del erario público. Sigue habitando en su residencia habitual mientras se le niega a su marido, al que han retirado también, además de la cama y el techo, el pan, la sal y hasta el saludo. No están canónicamente separados, pero la familia, en todos sus ramales, está geométricamente desestructurada.
 
La otra reina, la oficial, me dicen que asiste a actos programados en horas de oficina, como una funcionaria acreditada y puntual, cuidando el gesto y la palabra como lo hacía -y muy bien- en los telediarios de las tres de la tarde en su día. Resumiendo: nos hemos encontrado con dos reyes, uno de ellos reprobado porque molesta a unos políticos que desde el Flick y Filesa, Malesa y los Eres andaluces, hasta la Gürtel, las cuentas de Bárcenas, las de la nueva casta podemita y las prevaricaciones de Garzón, han dejado España como un solar. Y con dos reinas como dos escaparates que van por el mundo representando la vergüenza en que se ha convertido esa cosa tan seria que siempre hemos llamado -desde la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza- España.

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