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Me gustaría transmitir optimismo y esperanza en el futuro. Pero la realidad de los hechos hace difícil el empeño. Porque cuando un día salimos de Guatemala, al siguiente nos encontramos en desembocamos en “Guatepeor”.

Basta con contemplar los acontecimientos cotidianos y la perplejidad que nos provocan.

Hubo una época en España que confirma el aserto popular de que cualquier tiempo pasado fue mejor. En ella, nuestra Patria pasó del dolor por la tragedia padecida en la guerra civil a la alegría del resurgimiento social, económico y moral; del proletariado desamparado, huérfano de todo tipo de legislación laboral, sometido a la dictadura de la lucha de clases, a la más vanguardista previsión y protección social. De la alpargata y la vivienda de “corrala” y “chabola” extramuros, al popular “seiscientos” y la vivienda de protección social; del trillo de pedernal y el arado romano en las tierras semidesérticas de secano, al tractor y la red de regadíos que convirtieron en productivos vergeles los campos otrora agostados.

Una nación que transformó las “fábricas de churros y patatas fritas” en poderosas industrias siderúrgicas, automovilísticas y navieras, productoras de hierro y acero, de grandes petroleros y cargueros de todo tipo; de un país de peones y jornaleros semi-analfabetos, en un imperio de especialistas expertos en todas las ramas de la actividad económica.

Y de esa renta acumulada durante cuatro decenios, aún seguimos viviendo.
Ciertamente que en precario, bajo la creciente amenaza de la descomposición nacional desencadenada por unos dirigentes políticos desarraigados de moral y de ética, de todo ideal superior y perfectivo, a los que con toda razón calificó Milovan Ghilas como “la nueva clase”, propensos al cambalache y la corrupción; al cantonalismo nacionalista y caciquil, que están colocando a España en el filo de la navaja de la división y el enfrentamiento.

Véase lo que sigue ocurriendo en Cataluña, fruto de la torpeza y “Dios sabe qué más, del Gobierno del señor Rajoy. Y lo que acontece en Navarra y Vasconia, en la comunidad balear; y en la mismísima capital de España que, ¡nada menos! que en la conmemoración del heroico 2 de Mayo de 1808, ofrece el triste espectáculo de una “fiesta” ausente de dirigente que la presida y represente.

Post Data: Con este artículo, cansado pero no rendido ni vencido, y pese a todo, esperanzado, me despido de mis amables y pacientes lectores con un irrenunciable

¡¡¡ ARRIBA ESPAÑA!!!

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