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Antonio Caponnetto _ Profesror en Historia y Filosofía

Una tras otra las dolientes lecciones que fue aprendiendo San Pedro la noche que lo negara a Cristo, que lo salvaron de la apostasía primero y lo condujeron después a la sapiencialiedad del santo, a la lealtad del Vicario y a la oblación martirial del testigo; una tras otra, desde hace ya demasiados años, las viene conculcando Jorge Mario Bergoglio.

                Su antropocentrismo declarado y manifiesto lo lleva a estar próximo al hombre y a las multitudes; o al hombre en la multitud. Su modo de concebir y de pregonar la proximidad con Cristo es hallándolo en el hombre; y sobre todo en aquel que habita los márgenes sociales y culturales; las afueras de la Fe, los extramuros de la Iglesia, los arrabales de la gracia.

 Y no es que el Señor no nos halla enseñado y propuesto y practicado este camino. O que no sea lícito. Es que una cosa muy diferente es que todo sea primordialmente una cuestión de Dios, empezando por el hombre, aunque haya que encontrarlo en los suburbios o en las aglomeraciones despersonalizantes, para rescatarlo.  Y otra cosa contraria y distinta es que todo sea primero y centralmente cuestión del hombre, empezando por Dios. Pero hasta que Dios desaparece por relegación en ese festín desorbitado de la centralidad humana.

La añadidura no se opone al Reino. Mas sólo buscando primero al Reino serviremos a la añadidura. El consejo recibido es mirar inicialmente los lirios del campo. Y ocuparse seguidamente de los graneros, las bodegas, los hilados y los labrantíos. Los cabellos de nuestras cabezas son los que están contados, no las revoluciones sociales.

                El antropocentrismo exultante y desmedido que predica y practica Bergoglio – “vivir la fe cristiana significa servir al hombre, a todo el hombre y a todos los hombres, a partir de las periferias de la historia” (Carta a Eugenio Scalfari, 4-9-2013)- es uno de los motivos principales que le impiden conocer a Jesucristo. De tanto querer meter el Evangelio en la vida del hombre se termina impidiendo que la vida del hombre ingrese en el Evangelio. El resultado es una Cristología mediatizada y subalternizada por la antropología y la sociología.

                En la Homilía de Santa Marta del 15 de septiembre de 2014 -por poner un ejemplo- Francisco sostuvo que “Jesús vino al mundo para aprender a ser hombre y, siendo hombre, caminar con los hombres. Vino al mundo para obedecer, y obedeció. Y la obediencia la aprendió del sufrimiento”.

                Otra vez el insufrible antropocentrismo. Otra vez la oscilación entre el desatino y el ultraje.

Cristo no vino al mundo para aprender a ser hombre, sino para cumplir la voluntad del Padre; y en todo caso, para que los hombres aprendieran a vivir a imitación de Cristo. Para “elevarnos a la divinidad”, definió San Atanasio. El Modelo no es el que tiene que aprender. Somos nosotros los que tenemos que aprender del Modelo.

Antes, durante y después del sufrimiento, el Señor practicó la obediencia. Y si en el Gran Suplicio obedeció hasta la extenuación, es porque ya desde antes había entendido y puesto en acto la virtud de la sujeción. Estamos recordando lo que dice el Catecismo. No hablamos con solvencia de teólogos. Hablamos como catecúmeno a quien se le enseñó que todos los milagros, los prodigios y las obras de Jesús son un canto de alabanza y de acatamiento al Padre. Nunca hubo disonancia o conflicto entre la voluntad del Hijo y la del Padre. Nunca hubo necesidad de que el primero aprendiera subordinación; y los misterios de gloria y de gozo, no sólo los de dolor, son la verificación irrecusable de que la tortura no era la escuela por la que Cristo debía pasar para ser dócil. El Señor, en suma, no debía pasar por ninguna escuela, porque era y es el Maestro.

Decir de Cristo que vino a aprender a ser hombre es desconocerlo brutalmente. Es temeridad, borricada o vituperio. Pero en ningún caso algo que se pueda emitir desde la silla petrina.

No; indudablemente, Bergoglio no Lo conoce. Lo niega a Cristo al tergiversarlo y desfigurarlo, al desnaturalizarlo y parodiarlo, al abajarlo hasta el límite mismo de la blasfemia. Y lo niega cada vez que prefiere comportarse como su caricaturizador antes que como su vicario. Como el gran innovador de sus palabras antes que como el Custodio del Verbo. Antes como hacedor de pantomimas y de simulacros que como Su representante fiel y temperado.

Ya hemos dicho en ocasiones que no se puede invocar el atenuante de la ignorancia invencible. “Si un hombre nacido entre las naciones bárbaras, hace lo que puede, Dios mismo le mostrará lo qué es necesario para la salvación, ya sea por inspiración o el envío de un maestro para él”. “Si un hombre no tuviere a alguien que lo instruyese, Dios le mostrará, a menos que quiera culpablemente permanecer donde está”. Son palabras de Tomás de Aquino (Sent. II, 28, q. 1, a. 4, ad 4, y Sent. III, 25, q. 2, a. 2, solute. 2) que nos ayudan tangencialmente a resolver este punto al que hemos arribado. Bergoglio no nació entre naciones bárbaras. Conoció la Verdad desde temprano; y conoció a los mejores maestros de la catolicidad que engendró su patria argentina. Tampoco careció de quien lo instruyese. Ortodoxos o heterodoxos sus instructores –y los tuvo de un lado y del otro, para preferir a los peores- es imposible sostener que estuvo huérfano de medios y de recursos para conocer a Jesucristo tal como Él es. Ha preferido deliberadamente no conocerle. Esta es la trágica y cuasi inédita situación que estamos viviendo, con un dolor que nos descalabra y una vergüenza que nos salpica a todos los bautizados.

No le conoce; y cada vez más, por sus conductas tan poco edificantes, le caben los versos de Quevedo:

“A Dios negasteis; luego os cantó el gallo, y otro gallo os cantara a no negallo;
pero que el gallo cante por vos, cobarde Pedro, no os espante:
que no es cosa muy nueva o peregrina ver el gallo cantar por la gallina”.

Una vez más, retratado el mal sin eufemismos, preferimos refugiarnos en la esperanza. ¿Es que acaso cabe alguna? No lo sabemos; pero si correspondiera, y así lo anhelamos, para eso, y por lo pronto, Francisco debería contemplar y llevar a la práctica la última lección que recibió San Pedro en la casa del Sumo Sacerdote.

En el relato de San Lucas, la sucesión de los hechos es lineal y estremecedora. El gallo deja oír su tercera y prevista trova, Jesús vuelve como puede su cabeza de prisionero hacia el discípulo. Pedro recapitula en un segundo infausto y tenso cuanto ha sucedido. Una sinergia nunca antes conocida, un tropo simultáneo de sus nervios, que ni siquiera percibió como pescador en las tempestades más recias, lo hace temblar y temer. Y “saliendo afuera lloró amargamente”.

Ese “salir afuera” contiene una clave fácilmente descifrable. Adentro estaba a merced de los demonios. De la Sinagoga, de la congregación de las naciones perseguidoras, de los ministros de las diferentes herejías; triple clasificación que trae San Agustín, no nuestra libre interpretación. ¿Cómo permanecer en tamaña compañía tras la mirada de Jesús? ¿Cómo quedarse alrededor de los malvados tras el vistazo celeste, escudriñador e imperativo del Rey de Reyes? Pero a la vez, se pregunta San Jerónimo, ¿cómo permanecer en las tinieblas después que se fue mirado por el Sol?

Felices tus lágrimas, Pedro. Bienaventurado tu llanto. Bendito tu plañido, que fue un nuevo bautismo para borrar las culpas de tan detestables negaciones. Dichoso ese desconsuelo que lavó las manchas de tu huida, con caireles de gotas que te rodaban sobre los pómulos quemados por la sal marina.

El Crisóstomo escudriña un poco más en la escena. Si pudiera le pediría a Fra Angélico que se la pintara para entenderla mejor. O buscaría un escabel para escuchar al Coro Nereydas del maestro Javier Ulises Illán, interpretando los madrigales castellanos sobre los quebrantos de Pedro.

Se maravilla de que Jesús, llevando la peor parte en aquel trance, se preocupara de estar atento a los pliegos del alma del discípulo, sabiendo que sólo si lloraba en señal de metanoia, podría liberarse del pavor esclavizante en que estaba sumergido. Vale la pena leer lo que al respecto ha escrito: “¿Cómo pudo mirar Jesús a San Pedro? No con la vista corporal, porque San Pedro estaba en el atrio, entre los que se calentaban, cuando lo referente a Jesús sucedía en el interior de la casa. Por estas razones yo creo que aquella mirada debió ser espiritual, y como se dice en el Salmo:<Mírame y óyeme, y convierte tu rostro hacia mi, Señor, y defiende mi alma>”.

Fue así, Pedro, ¿verdad? Sucedió como en el Salterio; y no hay ciencia de la óptica ni física ocular que lo expliquen. Porque si te hubiera mirado con los ojos carnales, hubieras bajado la vista de horror y de vergüenza, de estupor y de luto por tí mismo. Pero de aquella mirada espiritual no te era dable escabullirte, y ya no lo querías. No. Querías la regeneración y el perdón, la misericordia y la enmienda, el arrepentimiento y la reparación.  Era un llanto de purificación y de apoteosis, de expiación y de promesa. Estabas arrepentido, y no sólo desesperado. Buscabas penitencia y perdón, no únicamente autodestrucción sin esperanza. Por eso no terminaste como Judas, en la horca, sino como un Príncipe en el solio de la Cruz. Esa madrugada, Pedro, dejaste refundada la tercera bienaventuranza. Habría que ser Virgilio para describir ese llanto, o el juglar cidiano, o acaso el monje Turoldo narrando las aventuras de Roldán.

Como ha pasado otras veces en la historia, hay culpas felices, tachas que acaban suscitando frutos encomiables, yerros y tropiezos que concluyen cerrando una parábola redentora. Como ha pasado a lo largo de la historia, lo repetimos, hay congojas que cincelan, endechas que labran, gemidos que sostienen.

Es de Donoso Cortés aquella carta de 1849, dirigida a los redactores de El País y de El Heraldo. Para el caso da lo mismo. Lo cierto y atendible es que el gran español, hablando de Nuestro Señor Jesucristo, dice con admirable acierto: “Todos vieron las lágrimas de sus ojos. ¿Quién vio la risa en sus labios?”. Otrosí dirá Chesterton en Ortodoxia, atreviéndose a conjeturar que esa risa se hará visible en su Segunda Venida.

Si observamos el desempeño de Bergoglio, constataremos que en esto está en las antípodas de Cristo. Todos vemos la risa en sus labios. Nadie lo ve llorar. Lo conocimos más bien propenso a la compunción, al carácter taciturno y atribulado, con cierta acedia en el rostro, usando el término en el sentido corriente. Más bien magro, agroyco, calculando palabras, gestos, admoniciones y retos. Su cara se debatía entre el rictus de la delación y el acre de las advertencias.

Ahora en cambio se lo ve expansivo, gárrulo, festivo, carialegre; obesamente satisfecho en el ejercicio de su poder, complacido de los favores que el mundo le prodiga, con un aire de prosperidad que condice con lo que él mismo cree: que la Iglesia está pasando por su mejor momento. Para muy pocas y estudiadas –y tal vez, sobreactuadas- ocasiones, su semblante se vuelve cejijunto, agrio o inexpresivo. Lo que prevalece es la fiesta jocunda; y hasta los signos externos más grotescos de la misma, que no trepida en usar; desde la nariz de payaso hasta la corona de globos multicolores o las pelotas playeras y las camisetas futbolísticas que lo rodean por doquier. No se ha privado ni se priva de nada que denote jolgorio y jarana. Todos vemos la risa en sus labios. Nadie lo ve llorar. Ni por Nicaragua, ni por Cuba, ni por Venezuela, ni por su patria argentina. ¡Y vaya si sobran los motivos para llorar por las víctimas del marxismo y de las herejías!

Nos tranquilizaría saber –y mucho- si cerrada cada jornada que transita compartiendo el atrio con los demonios; si clausurada cada noche con las sirvientas de Caifás, con los lacayos de Anás, los recaderos de Pilatos, los criados del Iscariote, las fámulas de la Sinagoga y los esbirros de Lutero, este hombre se estremece de espanto por lo que está haciendo, se sobresalta de horror ante las negaciones que protagoniza, se consterna ante el espejo que le devuelve el semblante patético de quien transita hacia la apostasía. Y si en tan solitario trance, ya sin cámaras ni flashes ni telefonía celular, ni aviones ni parafernalia periodística omnipresente, se acuerda de San Pedro, a quien teóricamente sucede, y como él, sale afuera y llora amargamente. Tal y como ya explicamos que lloró San Pedro. De bruces, convulso, penitente, suplicante.

Recemos por el llanto de Bergoglio.

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