Los intereses políticos, o étnicos, o históricos, o los grandes acontecimientos universales, siempre han dejado huella. Y ésta se ha acomodado a las necesidades de la obra por una especie de imposición que no ha necesitado, ni merecido, el impulso de una descomunal dictadura con el timbre y sello de ese nombre maldito. Pero que lo ha sido. Es el caso, entre nosotros, de la llamada Transición. Algo parecido ha ocurrido con la Revolución Francesa, que muchos sitúan en el comienzo de las libertades, aunque en sus prolegómenos y desarrollo no fue más que el hecho terrorista más grande de la historia, incluyendo en él al Estado, y que tuvo que ser reconducido por un militar antifrancés. O con la famosa Diada de Cataluña, encabezada por un español de convicción, Casanova, y por un general, Villarroel, que no pretendía más que la seguridad dinástica que aportaba la existencia de la tradición foral.

Algo parecido está ocurriendo con la Transición «de la dictadura a la democracia», que, establecida tras la muerte de Franco, parte de la Reforma Política -que jamás lo fue- y culmina en la ruptura actual, ajustada a los cánones institucionales de la Unión Europea, truncada por la acción antinacional de bastantes grupos políticos, entre los que destacan los terroristas y secesionistas, cuando no los que apoyan por sistema la demencia callejera o criminal. A esto se le llama democracia porque cada uno manifiesta y difunde lo que le da la gana, aunque después, ese mismo sistema, no sea capaz de distinguir ni corregir los excesos, a veces sangrientos, que se producen al separar las ideas de los comportamientos a que dan lugar las mismas. Otra gran mentira sin resolver.

Con la Transición pasa algo parecido. Ha sido la gran coartada histórica del régimen actual, que la ha situado en el plano de lo sublime al bautizarla, e incluso sacralizarla, con el adjetivo de «pacífica», cuando la más cruda, estricta y objetiva realidad desmonta esa mentira, repetida tantas veces que ha llegado a constituirse en una verdad para el hombre-masa orteguiano, que es el que recibe el mensaje y lo acomoda a sus necesidades.Así lo manifiesta hoy Stanley Payne, un historiador norteamericano que era de los pocos que escribían sobre la guerra en tiempos del régimen del 18 de Julio, entre otras cosas porque, según él mismo proclamaba, «los historiadores extranjeros éramos los únicos que teníamos abiertos los archivos», y lo hacía con objetividad testimonial y abría la puerta a los que, como él, quisieron optar por lo objetivo o por lo maniqueo, según el precio que fijaba la profesionalidad o la moral de cada uno.

Cerca de mil tiros en la nuca de inocentes, decenas de miles de heridos o mutilados, millares y millares de «refugiados» en otros territorios ajenos al propio, 360 crímenes sin aclarar a estas alturas, casi la totalidad de los pistoleros en la calle mandando con sus «armas» de ahora, la amenaza y la extorsión, en las instituciones, una región en pie de guerra por la indigencia mental de La Moncloa -con cualquier partido- en consentir «inmersiones» suicidas, y no sólo en lo lingüístico, ha desembocado en el único miembro de la Comunidad de Bruselas que mantiene problemas de supervivencia nacional a pesar de haber sido el primero de la clase en aportar unidad, civilización, sentido del Estado y la autoridad independiente de los alcaldes de Zalamea. Pero para eso el primer edil tiene que ser el Rey que reina y gobierna, y eso, hoy, es imposible porque el bastón de mando lo tiene el hombre-masa, que es como decir el éter sulfúrico de la plebe.