El parecido histórico entre José Tarradellas y Carlos Puigdemont resultará, de no torcerse los acontecimientos, en algo cada día más evidente. El que fuera en su día conseller, desde el término de la guerra en el exilio hasta ya llegada la Transición, fue una especie de gurú del nacionalismo catalanista, al que se le rendía tributo mediático y se le visitaba «ad limina», como a los Papas. Luego apareció de abuelito bueno, gritando desde el balcón de la Plaza de San Jaime «Ja soc aqui» y rodeado por Jordi Pujol, un truhán latente preparando la faltriquera del Estado español para congregar a sus huestes choriceras y levantiscas. Al final de la película aquella reliquia del exilio resultó un «encanto» proespañol frente a la voracidad confiscatoria de su sucesor, el marido de «La Marta», como era llamada por los suyos.

Regresó, en efecto, justificando el 23-F, ofreciendo consejos para el buen gobierno de Cataluña dentro de España y sacudiendo algún que otro mamporro a quienes le sucedían en la aventura histórica de la Generalitat, a la que Franco le había aplicado el artículo 155 durante casi 40 años sin tanta perafernalia leguleya, y así le fue: la convirtió en puntera, apreciada, rica, querida y elogiada por el universo mundo, en el interior y en el exilio del abuelito Tarradellas. Pero ¿quién había sido aquel anciano largo de estatura y dirigente de la Generalitat del asesino Companys?

Pues había sido el que trajo el aborto a Cataluña, el que había colaborado con las sacas y los paredones del Castillo de Montjuic, el que había perseguido a ilustres y fértiles poetas e intelectuales en lengua catalana y castellana, el que jamás se había rendido a la sublime evidencia del agigantamiento social y moral de su tierra, el que se retorcía de rabia cuando Franco era aclamado en la Cataluña industrial por obreros y en la Barcelona pujante por escritores y editores, el que esperaba el «Ja soc aquí» porque no había sido capaz nunca de superar el baldón de un error histórico clamoroso que había llevado a su querido pueblo a la ruina, empapado en sangre y soportando el insufrible remordimiento de la conciencia.

Carlos Puigdemont parece que va conducido al mismo desenlace, glorificado por los suyos como apóstol del neoindependentismo, atiborrado de bienes sustraídos a los españoles -en especial a los catalanes, en eso se diferencia de su anciano antecesor, que no le dejaron irse con nada- y esperando a sus legiones de diputados, consellers, adictos, «bienpagaos» y paletos con barretina a que le den cuenta y le hagan llegar su tributo de santón de la fruslería y el acomodo. Y lo puede hacer con impunidad, a pesar de la orden internacional que establece su busca y captura, de su desafío y burla a los españoles en televisiones cómplices de aquí y de allí y de su sueño de parecerse al abuelito Tarradellas. Aunque hay una diferencia abismal: áquel tenía enfrente a un estadista que había conocido lo arduo y trágico que resulta amar de verdad a una Patria y éste sólo encuentra a un mansurrón que no es capaz de avizorar la tormenta que se cierne sobre España.